Confianza

Tengo una buena pila de cuadernos que corregir en el despacho: haciendo un cálculo rápido son cerca de 2.500 caras tamaño cuartilla con letras de lo más diverso. Se trata de los cuadernos de escritura que les mando escribir a lo largo del trimestre, como ya conté en otra entrada. Con tener rellenas treinta caras tienes un punto de la evaluación y la mayoría entregan el cuaderno porque lo del punto les interesa. El problema es que lo dejan para el final y me lo entregan el último día de los posibles (les comprendo perfectamente porque el “ultimodiísmo” es algo que me ha pasado toda mi vida) y así no hay forma de corregirlo.
De hecho, les aviso de que corrijo los cuadernos de escritura que me vayan dando a lo largo del trimestre, pero de los que me entregan al final, sólo cuento el número de páginas y pongo la nota correspondiente… Bueno, esto no es del todo cierto, porque muchas veces empiezo a contar las páginas y, de pronto, me veo enganchado por alguna historia o algún texto y no puedo evitar quedarme un buen rato leyendo.
En principio pueden escribir de cualquier tema, aunque les insisto en que trabajen los textos argumentativos y literarios, pero lo que les suele pasar es que al final escriben de lo que tienen más cerca, que es su propia vida, y no deja de sorprenderme y de estremecerme la confianza que demuestran contándome algunas cosas que me cuentan. Tengo la lengua a punto de sangrar de tanto mordérmela, porque hay historias que me resulta muy difícil callar: hay historias divertidas e historias sorprendentes, hay historias tiernas e historias desgarradoras (el otro día corregía uno de los cuadernos mientras vigilaba un examen y tuve que hacer auténticos esfuerzos para que no se me escapase la lagrimilla). Y, de pronto, entiendes por qué X está siempre con la sonrisa llena de sombras, o por qué Y nunca hace los deberes (primum vivere, deinde philosophare), o descubres que el aparente mudismo de Z es sólo tapadera de un bullicioso mundo interior.
Tanta confianza me abruma: ¿quién soy yo para que me abran así su vida? Y me doy cuenta de que en realidad no es que cuenten lo que cuentan porque sea yo, sino porque necesitan contarlo y porque la palabra escrita es uno de los mejores desahogaderos inventados por el ser humano. Más de una vez me he encontrado un comentario del tipo “como ya no sé qué ponerte aquí, voy a contar mi vida, y además como dices que luego no te lo lees, pues así me desahogo”. Para algunos sé que el cuaderno de escritura es un pequeño martirio, pero cada vez son más los que, no sé si de corazón o por puro peloteo, me dan las gracias por mandárselo y dejarles escribir de lo que sea.
En fin, creo que la confianza tiene que ser compartida y por eso ellos también saben muchísimo de mí, bien porque se lo cuente directamente, bien porque ya no es un secreto para nadie que éste es mi cuaderno de escritura, ¿verdad, Sara, Esther, Jesús, Julia, Almudena, Marin, Cristina, Adrián, Javier, Pablo, Jenny…?

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