3 de agosto de 2004: Teo-Santiago de Compostela

HERRU SANCTIAGU, GOT SANCTIAGU, EH, ULTREIA, EH, SUS, EIA, DEUS, AIA NOS!
Como al comienzo de cada etapa y cada vez que nos ponemos en camino, hemos lanzado nuestro grito de guerra, que viene escrito en el DINA 3 portugués, que nos imaginamos que son gritos de ánimo y petición de ayuda a Dios para andar el Camino.
Sin embargo, hoy hemos estado a punto de no gritarlo. Anoche cuando nos acostamos nos parecía que todo estaba hecho, que teníamos el objetivo final al alcance de la mano y que íbamos a pernoctar en nuestra bonita casa de montaña de ventanas amarillas… pero a las 2.30 de la noche M. se ha despertado con un fuerte dolor en el pecho, junto al corazón y ha empezado a imaginarse lo peor: ¿un infarto?, ¿una angina de pecho? En ese momento no nos ha hecho tanta gracia ser los únicos habitantes de estos parajes. E. ha intentado tranquilizarle, ¿serán aires?, pero tampoco él estaba demasiado tranquilo y el asunto se ha complicado con unas tiritonas… Así que hemos llamado al 061, atención al peregrino las 24 horas como ponía en una pegatina de la puerta, y M. le ha contado sus síntomas a una doctora que le ha tranquilizado diciéndole que probablemente se trataba de algo muscular. Algo más tranquilos nos hemos vuelto a acostar, aunque también con cierta pena, porque ya estábamos imaginando la placa que recordase el suceso: “Aquí, a pocos km de Santiago, falleció M., a sus 25 años, después de haber superado innumerables dificultades. Buen Camino”.
Ya por la mañana el dolor persistía, pero era más suave. Hemos desayunado gracias a la generosidad de otros peregrinos que dejaron unas estupendas galletas de chocolate y a la leche y los zumos de naranja que compramos ayer en el bar-supermercado. Hemos fregado, hemos dejado todo como nuevo, hemos escrito una larga dedicatoria en el libro de firmas para desagraviar al pobre Carlos, hemos cerrado el albergue y hemos echado la llave al buzón. A los 100 metros del Herru Sanctiagu, M. se ha dado cuenta de que iba demasiado ligero y es que se había dejado dentro del albergue el sombrero y el palo. No es que fuesen fundamentales a estas alturas, pero un peregrino que llega a Santiago sin sombrero ni palo no es digno de tal nombre. Así que nos hemos dado media vuelta y se ha puesto en marcha la mente del ingeniero: metiendo una astilla por la ranura del buzón hemos conseguido pescar la llave y hemos reemprendido de nuevo el Camino.
Entre risas y recuerdos de estos días los kilómetros se nos han hecho por primera vez cortos y, tras la subida al Milladoiro, ha aparecido ante nuestros ojos la ciudad del Apóstol a lo lejos, aunque no éramos capaces de descubrir la catedral por ningún sitio. Esa visión ha aligerado aún más la marcha y antes de que nos diésemos cuenta estábamos subiendo por las primeras calles de Santiago.
No importaba que la Catedral estuviese a rebosar de gente, ni que hayamos tenido que oír la misa de pie, ni que no funcionase el botafumeiro: no habíamos llegado hasta allí para verlo, habíamos ido a visitar al Apóstol y rezar ante sus restos. Hemos hecho muchos sacrificios para llegar, pero hemos acabado convencidos de que el Apóstol es buen pagador y que nos ha dado más de lo que nos podíamos imaginar: hemos aprendido a medir el tiempo y la distancia de otra forma, se nos han abierto los ojos del cuerpo y del alma para contemplar, ha crecido nuestra fe y junto a los pasos que hemos ido dando a lo largo del Camino hemos ido avanzando también en nuestro interior.
A la salida hemos ido a conseguir nuestro último sello y la compostelana que nos ayudará a recordar estos días… a pesar de estar en latín, para que M. diga luego que el latín no vale para nada.
Después hemos visitado la catedral con calma y hemos encontrado a los padres de E., junto a su hermana y su novio (el de su hermana, claro), que nos han invitado a unas tapas en un bar del casco viejo, con cierta prisa porque M. se vuelve en el avión que sale a primera hora de la tarde. Allí, en el mostrador del bar, hemos escrito nuestras prometidas postales: a la chica policía de Tuy y, muy especialmente, a la familia portuguesa del Ponte das Tabuas que ha sido quizá lo mejor que hemos encontrado en el Camino.
E. se va a quedar en Galicia unos días con sus padres y nos hemos hecho una foto de despedida en la plaza Cervantes (igual que la plaza de Alcalá), para lo que M. ha pedido la ayuda de una señora que estaba cerrando su puesto… de la ONCE. Nos hemos despedido con el abrazo del peregrino, llenísimos de buenos momentos y hemos hecho cuentas: en el próximo Xacobeo, 2010, volveremos… o antes, ¿por qué no? Ultreia.

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