2 de agosto de 2004: Caldas de Reis-Teo

Según el plan inicial, hoy tendríamos que haber llegado a Santiago, pero de todas formas vemos que la meta se acerca. En lugar de acabar la etapa en Padrón hemos decidido ir unos 10 km más allá hasta el albergue de Teo, que está a 13 km de Santiago, para mañana por la mañana poder tomarnos con calma el último tramo.
Hemos ido a misa de 8.30 al asilo de ancianos, donde unas monjas simpáticas y sonrientes nos han pedido que nos acordemos de ellas ante el Apóstol y nos hemos acercado a desayunar a un sitio que ya fichamos ayer por la noche para evitar vueltas en busca de zumo. El sitio ha debido desaparecer o quizá estaba todavía cerrado, pero no lo hemos encontrado y hemos acabado dando las vueltas temidas. Hemos retomado el Camino para cruzar el puente Bermaña, un puente medieval que en la foto parecía más grande y que estaba quizá empequeñecido por la afluencia de gente en el mercadillo, y hemos salido de Caldas internándonos en un bosque de pinos centenarios.
El Camino discurría por el valle, paralelo al río que sonaba demasiado abajo como para hacer un pequeño parón, pero seguíamos con la esperanza de que nos encontraríamos con él en algún momento y así ha ocurrido: uno de los locus amoenus más locus y más amoenus del Camino. En unas piedras, en mitad del río, hemos refrescado los pies y hemos tomado las habituales piezas de fruta. Allí E., como lleva haciendo en las últimas paradas, ha sacado su libro de poesías de Pedro Salinas y se ha emocionado con unas cuantas, tanto que ha acabado dándole un arrebato poético y ha empezado a recitar poesías sin ton ni son. El caso es que llevamos un par de días en los que el tema más habitual de nuestras conversaciones es el del poeta y el ingeniero, dos visiones del mundo que M. considera del todo irreconciliables, mientras que E. se inclina más por llegar a una “amalgama”: E. está agradecidísimo a todos los ingenieros que tan fácil y cómoda hacen la vida (la construcción de los albergues, la luz eléctrica, los aparatejos informáticos), permitiendo que uno se pueda dedicar con tranquilidad a otro tipo de cosas, como la contemplación y la lectura… En el fondo estamos descubriendo que M. es un poeta encerrado en un ingeniero, al que se le escapa con demasiada frecuencia la vena romántica.
Nuestro objetivo era llegar a Padrón a comer y lo hemos conseguido, a pesar del largo receso a mitad de Camino. Nos han recomendado un restaurante que estaba bastante bien, pero en el que desentonábamos un poco: dos peregrinos sudorosos, en pantalón corto, junto a un grupo de empresarios de chaqueta y corbata que estaría cerrando una importante gestión financiera a la vez que daba cuenta de una mariscada con la que nuestros bolsillos no podían ni soñar.
Según el folleto, al dejar Padrón, “a un kilómetro de distancia, el peregrino puede hacer una pausa y descansar en el Santiaguiño do Monte” y allí nos hemos encaminado para hacer nuestra “pausa”, pero después de andar más de media hora no hemos visto ningún Santiaguiño y ningún monte y como hoy sí que el objetivo siesta era prioritario nos hemos metido debajo de unas parras a descabezarla. Nos hemos quitado las mochilas, hemos sacado la esterilla, nos hemos tumbado, hemos cerrado los ojos… momento que ha aprovechado el paisano de la casa de enfrente para ponerse a cortar leña con la sierra eléctrica. A los quince minutos hemos continuado el Camino.
Por casualidad hemos encontrado abierto el santuario de A Escravitude, porque el sacerdote iba a salir a atender un enfermo. Nos ha contado el milagro al que hace referencia el folleto sin especificar más: un hombre enfermo acompañado de su mujer y su hija, que hacía el Camino de Santiago en 1732 bebió de la fuente que nace en el interior del actual santuario, empezó a sentirse mejor y se curó, diciendo: “viva la Virgen, Madre de Dios, que me liberó de esta esclavitud”. Nosotros hemos bebido también de la fuente y le hemos pedido a la Virgen que nos libere de alguna que otra esclavitud más bien interior que nos hace perezosos y comodones.
Hemos llegado al albergue de Teo cerca de las 19.30. Es un albergue pequeño, de dos plantas, con puertas y ventanas amarillas, de reciente construcción y un pequeño porche de uralita. Estaba cerrado y nos ha extrañado que no hubiese nadie. Hemos llamado al móvil de Carlos, el alberguero, que estaba apuntado en uno de los carteles y nos ha dicho que podíamos recoger las llaves en un bar que hay a 200m. E. ha ido hasta el bar, imaginando que estarían allí el resto de peregrinos, y le han dado la llave, pero de peregrinos no quedaba rastro. Hemos entrado en el albergue, nos hemos instalado cómodamente, nos hemos dado una ducha y al cabo ha llegado Carlos, un hombre de unos 55 años que ha estado hablando un buen rato con nosotros: se le ve dolido porque antes de ayer pasaron por aquí unos peregrinos que han dejado reflejado su disgusto en el libro de firmas porque no habían conseguido cama. Pero el resto del libro de firmas, por otra parte, consiste en elogios y panegíricos de Carlos, cada cual más engrandecedor. Nos ha contado también su estancia en Madrid, cuando hizo la mili, su visita al Bernabeu, el trabajo que cuesta llevar el albergue, el deseo de que su hijo de treinta y tantos se case pronto… Como se veía que podía seguir con nosotros hasta altas horas de la madrugada le hemos dicho que íbamos a subir al bar para comprar algo de cenar y se ha despedido. Cuando tres cuartos de hora después hemos subido efectivamente al bar allí estaba el bueno de Carlos departiendo con los parroquianos.
El bar es un sitio un tanto curioso: debe de ser el único bar en unos kilómetros a la redonda y está rodeado de dos o tres casas, a las afueras de cualquier parte. El encargado es un hombre mayor, bastante parado, que habla con mucha calma, pero no se le entiende nada. Le hemos preguntado si nos podía hacer una tortilla española para cenar y se ha dirigido a la cocina para preguntarle a su mujer. Ha salido su mujer, bastante más activa y nos ha dicho que lo sentía muchísimo, pero que estaba agobiadísima y que no se podía poner a hacer nuestra tortilla. Nos han ofrecido como solución unas latas de alubias y de callos y les hemos intentado hacer ver que eran un pelín fuertes para la noche. Tampoco tenían fiambre y apenas les quedaba jamón serrano. Finalmente hemos decidido hacernos unos macarrones que había en la cocinilla del albergue y completarlos con distintas latas: mejillones, anchoas, atún. También hemos comprado un bote de tomate y otro de mayonesa, grandes porque pequeños no había, una barra de pan, unos tomates naturales, unos conguitos para el postre y unas cervezas un poco más baratas que las de Pontevedra. A cada uno de los artículos que pedíamos, el hombre del bar se quedaba unos segundos parado, sonreía, daba la vuelta y ponía con desidia el producto sobre el mostrador. De vez en cuando, si no encontraba algo, se lo preguntaba a su mujer que salía rápidamente de la cocina, nos miraba con cara de “ya lo siento, pero estoy muy agobiada” y le señalaba dónde estaba.
Hemos vuelto al albergue dispuestos a organizar la fiesta del peregrino, después de haber confirmado que éramos los únicos que habíamos llegado hasta allí, aunque las vallisoletanas aseguraron que éste era también su objetivo. E. se ha encargado de los macarrones y M. de un aperitivo y un segundo con distintos canapés de pan, mayonesa, anchoas, mejillones… Hemos entrado con tanto ímpetu que nos ha dado la sensación de que nos íbamos a quedar cortos de pan y E. ha ido al bar a por otra barra. Allí seguía el parroquiano medio borracho que antes nos contó unas cuantas aventuras que no entendimos y el tipo tranquilo que nos ha puesto al día de los resultados del Madrid, pero Carlos ya se había marchado.
Los macarrones han salido bastante aceptables y bastante abundantes. Hemos cenado como auténticos reyes, escuchando algo de música de fondo y “sólo” nos ha sobrado barra y media de pan, media lata de atún, medio bote de mayonesa… que generosamente hemos dejado para los futuros peregrinos.
Nos hemos ido a la cama, cada uno con una habitación individual de ocho literas, pensando en que mañana llegaremos, por fin, a Santiago, después de 190 km oficiales y unos cuantos más que se han escapado de las guías.

PS: Gracias a un amigo, que no ha comentado aquí, pero que me ha enviado un mensaje al móvil, he descubierto que había una errata en la entrada anteriror en el nombre del pueblo: es Caldas de Reis o Caldas de los Reyes. En plural. Mis más sinceras disculpas a los caldenses.
PS: En esta etapa también nos olvidamos de la cámara de fotos.

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