1 de agosto de 2004: Pontevedra-Caldas de Rey

Definitivamente el peregrino medio es bastante madrugador: no ha sido fácil distinguir entre los peregrinos juerguistas que volvieron a las 3 de la mañana y los madrugadores que salieron a las 6, cuando es imposible que se vean las flechas del Camino. De hecho, nosotros, a eso de las 10, hemos visto a unos 200 metros un zorro que parecía un lobo y que era un perro.

Cuando hemos salido del albergue ya había un grupo de peregrinos esperando, ¿desde dónde habrán salido para estar ya aquí? Una mujer de gafas estrafalarias nos ha preguntado en italiano si ése era el albergue y ante nuestra respuesta rápida y afirmativa nos ha preguntado entusiasmada si éramos italianos y nos ha dado pena desengañarla. Después, con la solidaridad propia del peregrino, les hemos dejado que entrasen en el albergue y que ya se apañase con ellos la señora que había ido a limpiar.

A la misa de 11 en el convento de san Francisco nos ha acompañado Steven que ha conseguido mantener una conversación con un gallego cerrado mientras nos ponían el sello de la Virgen Peregrina. Nos hemos despedido y hemos buscado un buen sitio para desayunar, pero no ha sido fácil. En los pocos bares que había abiertos no tenían zumo de naranja y M. que ha conseguido demostrarse que es capaz de sobrevivir sin música, que soporta sin queja las ampollas y que puede pasearse tranquilamente con sandalias y calcetines por España, todavía no ha conseguido superar lo del zumo. Así que hemos hecho un bello recorrido turístico hasta que hemos encontrado una cafetería “decente”.

Nuestra idea inicial era hacer la etapa Pontevedra-Padrón, porque según nuestras informaciones de internet eran 31 km, pero resulta que son 42 y ya el cuerpo no está para muchas florituras, por lo que hemos decidido tomárnoslo con calma, llegar hoy a Caldas de Rey, mañana a Padrón y retrasar un día nuestra llegada a Santiago, que estaba prevista para el día 2. No ha sido ésta una decisión temperamental y precipitada, sino que ya desde ayer M. se ha ido encargando de hacer sutiles alusiones a la cantidad de kilómetros, a lo mal que estamos, a lo dura que estaba siendo la etapa… y al final E. ha acabado comprendiendo que era la mejor solución.

Una vez reducida la etapa a escasos 20 km nos la hemos tomado con mucha calma, paseando más que caminando y parándonos en pequeños rincones paradisíacos, como la fuente que había a la salida de Pontevedra. Tenía un cartel que advertía de que era agua sin garantía sanitaria y estábamos a punto de pasar de largo, pero un hombre que estaba por allí nos ha dicho que era un agua buenísima y que venían del pueblo a hacer cola para recogerla. Efectivamente, mientras hemos estado allí han llegado dos coches con unas cuantas garrafas. Lástima que los de sanidad sean tan escrupulosos, porque no hemos visto en todo el camino una fuente en la que dijese que era agua potable. Además en los albergues hay un folletillo que te aconseja vivamente beber sólo de las fuentes que ofrezcan todas las garantías para que el agua no te acabe estropeando el Camino. Se ve que el Apóstol nos ha ido protegiendo, porque en Portugal nuestro lema era “el que calla otorga”, es decir, si no ponía que no era potable bebíamos sin problemas. Desde que estamos en Galicia, sin embargo, en las pocas fuentes que hemos visto, o bien no pone nada o bien pone el cartel de que no había garantía sanitaria, así que el agua de esta fuente, sin garantía sanitaria, pero fresquísima, nos ha sabido a gloria.

Otro pequeño “locus amoenus” con el que nos ha sorprendido el Camino ha sido un pequeño arroyuelo que lo atravesaba de un lado a otro. Bastaba con dar un paso para cruzarlo, pero ha sido más que suficiente para descalzarnos y sentir correr el agua fresca por los maltrechos pies. Mientras estábamos allí han pasado tres señoras que tenían pinta de pseudoperegrinas porque no llevaban ningún tipo de mochila.

El tomarnos el día con tanta calma ha tenido como consecuencia que hayamos caído en un par de trampas del peregrino… A las 16.00, una vez más alejados de la civilización, hemos visto un cartel de un restaurante que ofrecía menú de peregrino, pero que se desviaba del Camino 500m. Después de dudar, como la distancia de hoy nos parece excesivamente corta, hemos decidido acercarnos hasta allí… Ya nos gustaría conocer quién es el hábil que va midiendo los metros tan alegremente. Encima el cartel no avisaba para nada de la pendiente del 20% que había que subir. Ya en el restaurante, como es domingo, resulta que no hay menú del peregrino y que tenemos que conformarnos con lo que haya, porque no son horas. Pero no nos ha venido del todo mal, porque de esta forma hemos podido, obligados por las circunstancias, darnos un pequeño homenaje: pulpo a la gallega y cordero. Después de comer nos han indicado por dónde podíamos retomar el Camino para no desandar lo andado y nosotros, ingenuos, les hemos hecho caso: se ve que van engañando a todos los peregrinos que pasan por allí: “bajáis por la carretera y al pasar una ermita a la derecha”… y luego ¿qué? Pero, claro, ningún peregrino ha tenido después ganas de volver al restaurante y decirles que sus indicaciones son incompletas. Tras unos minutos de duda, hemos seguido una carreterilla que iba justo en dirección contraria a dónde veníamos y al subir a una loma hemos visto las apreciadas flechas amarillas.

Íbamos una vez más en busca del sitio apropiado para la siesta, pero el Camino no daba muchas opciones pues pasaba junto a una carretera en construcción y los pocos sitios donde había sombra eran demasiado selváticos. Como nos habían hablado de las bonitas cascadas de Barro, de las que también hay una foto en el folleto editado por la Xunta, hemos decidido posponer la siesta hasta llegar allí, para lo que había que desviarse unos cuantos cientos de metros del Camino… Y ésa ha sido la segunda trampa en la que hemos caído. Según nos acercábamos nos iba escamando la cantidad de coches aparcados en fila en una carretera estrecha y que hubiera un par de personas vendiendo cupones. Como era de esperar, cuando hemos llegado al sitio hemos visto a todos los pasajeros de los coches, apelmazados a la ribera del río, en un chiringuito que le quitaba todo el encanto al lugar, o bañándose en las cascadas, convertidas en piscina municipal. Hemos renunciado a la siesta, hemos llenado la cantimplora en una piedra que hacía las veces de fuente por la que resbalaba el agua y hemos reemprendido el Camino asegurándole hipócritamente a la vieja que vendía chucherías a la entrada que es un lugar paradisíaco.

El Camino proseguía por la carretera, de la que se apartaba de vez en cuando para dar un rodeo por algún pueblo, hasta que hemos llegado a Caldas de Reis cerca de las 20.30 de la tarde. En Caldas el albergue de peregrinos no es de la Xunta, sino que es parte de la casa parroquial que el sacerdote ha cedido para atención a peregrinos. Eso sí, cuando hemos llegado nos ha dejado muy claritas las reglas: es para peregrinos, no para turistas; a las 22.00 se cierra hayas llegado o no; a las 8.00 hay que dejarlo libre… Da la impresión de que ha debido tener alguna mala experiencia, pero después ha suavizado el tono cuando ha visto que teníamos caras de buenas personas y, además, nos ha dejado la habitación para minusválidos, que es una habitación inmensa para nosotros solos con un par de literas y un Marca de hace tres días que nos ha valido para actualizarnos un poco. En la revisión física M. se ha encontrado una nueva ampolla bajo el dedo gordo, producida por las sandalias, pero llega un momento en el que ya no sabes realmente qué es lo que te duele y tanta ampolla te puede hacer olvidar, por ejemplo, la contractura de la espalda o el tirón del muslo.

Hemos salido a comprar unos bocadillos para cenarlos después en el albergue (cualquiera arriesga) y nos hemos acercado a la famosa fuente de aguas termales que da nombre al pueblo (Caldas<cálidas). Es una fuente normal, con un par de chorros, de los que mana agua casi hirviendo que se va acumulando en un receptáculo de piedra que sirve a la vez de banco. No era fácil mantener el pie dentro del agua más de cinco segundos, hasta que M. ha retado a E. para ver quién aguantaba más y entonces hemos conseguido estar varios minutos y todavía seguiríamos allí si M. no hubiese decidido sacar el pie. Junto a la fuente estaban también las peregrinas vallisoletanas que nos encontramos ayer en el albergue y nos han puesto al día con respecto a los demás peregrinos: el andaluz es el peregrino madrugador por excelencia, los belgas siguen avanzando como sombras y los peregrinos juerguistas han sufrido hoy las consecuencias de la etapa “nocturna” de ayer y tampoco les ha importado mucho que el sacerdote no les deje ni moverse.

Hemos despachado ya en el albergue los dos buenos bocadillos, echando de menos la mayonesa, que hemos encontrado en la bolsa cuando ya no nos quedaban ni las migas. Después, como cada noche, hemos encendido los móviles para ver si alguien del mundo exterior se había intentado poner en contacto con nosotros y E. ha recibido la llamada de sus padres que empezaban hoy sus vacaciones en Galicia y que habían tenido el detalle de acercarse a Barcelos a recoger a Braulio (el coche de E.), pero se han llevado un buen susto, porque cuando han ido al parque de bomberos no lo han visto por ningún lado. Resulta que el coche lo dejamos en el parque de bomberos… de Barcelinhos, que era el pueblo al otro lado del puente.

PS: Ya se ve que en esta etapa íbamos tan echos polvo que no hicimos ni fotos. Esta es de paisaje sin más (y sin menos):

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