31 de julio de 2004: Porriño-Pontevedra

Hoy nos esperaba otra etapa larga, 35 km, y hemos madrugado… aunque no tanto como los peregrinos madrugadores porque hemos sido prácticamente los últimos en abandonar el albergue. Hemos desayunado en la cafetería de la Estación y M. todavía medio dormido ha estado a punto de dejarse olvidada la riñonera en la que lleva los dineros, la cámara de fotos, la documentación… Quizá estaba muy preocupado por su apariencia externa: hoy ha decidido ir en sandalias, pero con calcetines, cosa que daña del todo su sentido estético y que todavía se habría podido permitir en Portugal, como extranjero estrafalario, pero en España, con la posibilidad de encontrarnos a algún conocido en cualquier momento…
De Portugal a aquí el Camino se ha ido haciendo más feo, pero mucho más organizado: aparte de los albergues, cada cierto tiempo encontramos mojones con la distancia kilométrica que nos queda, además con bastante exactitud, porque son carteles del tipo 98,734. Lo que sí echamos de menos son las fuentes, pues apenas hemos visto alguna desde que salimos de Tuy.
Al llegar a Redondela hemos divisado, a lo lejos, por fin, a dos peregrinos andando, a los que hemos dado alcance en el albergue: son la pareja de peregrinos catalanes que nos encontramos ayer en el albergue de Porriño. Les hemos pedido consejo sobre las ampollas. El chico es un experto y nos ha hablado del viejo truco de la aguja, el hilo y el betadine o de recortar una vileda para confeccionar una plantilla amortiguadora. Cuando le hemos dicho que no llevamos ni aguja, ni betadine, ni cosas parecidas se ha sorprendido y nos ha costado explicarle que nosotros sólo cargamos con las cosas necesarias e imprescindibles… como el balón de gomaespuma, la tienda de campaña o la cocinilla que E. no se decidió a dejar en el coche en el último momento por si… Y, desde luego, estamos pagando caros nuestros “porsis”: la tienda que creíamos tan necesaria tiene pinta de acabar en Santiago tan bien enfundada como el primer día; utilizar la cocinilla está bastante descartado a estas alturas, porque lo que menos apetece después de una caminata es jugar a cocineros; el balón está dando mucho juego… para lanzarnos puyas de vez en cuando; la sudadera es de todo punto inútil porque andando sudas y en el albergue no la necesitas; la capa de agua tampoco parece que vaya a abandonar el fondo de la mochila; la hamaca es una triste utopía; las pilas recargables que compramos en el Corte Inglés han resultado estar vacías y no hemos podido oír música… Los únicos “porsis” a los que hemos dado algo de utilidad son la esterilla para la siesta y el papel higiénico para eso.
Han aparecido más peregrinos que habían llegado antes que nosotros y la señora que limpiaba el albergue se ha compadecido y lo ha abierto para que entrásemos y dejásemos las cosas. Mejor dicho, para que entraran y dejaran las cosas, porque nosotros somos los únicos que vamos a seguir hasta Pontevedra.
A lo largo del Camino son muchos los momentos de silencio, las ocasiones de contemplar y de ir haciendo el camino interior, quizá por eso hoy ha sido el día de las conversaciones profundas y personales: el amor, la libertad, el sentido del dolor y el sufrimiento… tan profundas que preferimos que se queden en el fondo de nuestro corazón y que no salgan a relucir ni siquiera en este diario porque, si no, acabaría convertido en un libro filosófico de antropología.
Por la tarde hemos puesto modo contemplativo al ver la ría de Vigo desde lo alto de la montaña, el mar se ha metido en nuestros ojos como en la ría y nos hemos inmortalizado con unas fotos.


En realidad, M. va haciendo fotos a lo largo de todo el Camino con la tranquilidad que da hacerlas con una cámara digital. Al cruzar el puente de Pontosampaio hemos visto una playita de lo más tentadora, pero E., que quiere llegar pronto a Pontevedra se ha empeñado en seguir adelante. A la salida del pueblo hemos comenzado la subida del último de los montes serios que hay antes de Santiago: el Canicouva. A mitad de subida a M. le ha entrado cierta pájara, quizá por alejarse del mar sin haberlo probado, pero ha conseguido recuperarse: hay que ver lo que dan de sí sus 25 años. Hemos continuado el Camino entre historias de E.: Píramo y Tisbe, Júpiter y Calixto, Eco y Narciso… hasta que una vez más, cuando ya las fuerzas estaban demasiado justas, hemos llegado a nuestro destino: el albergue de Pontevedra, que está a la entrada de la ciudad, lo cual es muy de agradecer.
Sin ninguna duda, el peregrino más peregrino con que nos hemos encontrado hasta ahora, ha sido aquí: Steven, un canadiense, profesor de música, que dejó su trabajo, cogió sus ahorros, su bicicleta y una especie de viola y se marchó a Londres, desde donde empezó el Camino, recorriendo después toda Francia hasta llegar a España. En Pamplona, en pleno sanfermín, su pobre corazón canadiense sufrió demasiado y siguió haciendo el Camino del Norte. Había conocido a otros madrileños que habían ampliado su vocabulario: “joder, macho, suputamadre…”. La semana pasada llegó a Santiago, justo para las fiestas, y ahora continuaba su camino hacia Portugal con idea de llegar hasta Marruecos. Nos ha dado su correo electrónico y ha prometido avisarnos cuando pase por Madrid.
A las 20.30 ha llegado al albergue un tipo de la Cruz Roja, desampollador, para atender a los peregrinos que lo hubiesen solicitado, M, entre ellos… Las señoras cuarentonas a las que ha atendido no han acabado muy convencidas de que hubiese dedicado a tres chicas jóvenes veinte minutos a cada una, masajes incluidos, y a ellas las hubiese despachado a los cinco minutos. A M. le ha puesto unas tiritas que se le han caído según salía por la puerta.
También hemos conocido a otro tipo de peregrinos: el peregrino juerguista. Tres chicas y un chico de Valencia que van de albergue en albergue, dedican la noche a “visitar” la ciudad, andan de mañana y duermen de tarde. Como el albergue se cierra a las diez entrarán por la ventana cuando vuelvan. Hay además un par de belgas que deambulan como sombras y no se relacionan con nadie, un andaluz mayor, unas chicas-señoras de Valladolid y dos o tres chicas extranjeras, a parte de un japonés y una japonesa que hacen un plan parecido al de Steven.
Cuando todo el mundo (salvo los juerguistas) estaba acostado hemos hecho uso de otro “porsi”: la baraja de cartas. M. ha “barrido” en una partida a la escoba, amenizada por las canciones de Steven y por un par de cervezas que nos han salido por un ojo de la cara (1,50€ el bote calentorro, por un error en la apreciación de los precios).

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