30 de julio de 2004: Tuy-Porriño

E. se ha levantado a las 9.00 y ha salido en busca de misa para evitar luego agonías, mientras que M. se ha quedado recuperando un poco más. Después de la misa E. ha sellado las dos credenciales en la catedral y se ha acercado al albergue, justo cuando abría la alberguesa que le ha confirmado que las llamadas que hicimos ayer por la tarde al número de teléfono del albergue que aparecía en la guía eran totalmente inútiles, porque no hay teléfono. Así, por la mañana, se ve que es buena persona, a pesar de que dejó muy claro a los doce peregrinos que durmieron en el albergue que no abriesen a nadie y los muy peregrinos lo cumplieron a rajatabla.
Ya de vuelta al hostal, E. se ha encontrado a M. en la calle, subiéndose por las paredes, porque se ha levantado poco después y lleva una hora esperando. Claro, que tampoco ha perdido el tiempo: se ha comprado calcetines nuevos y unos parches para las ampollas. Hemos recogido los bártulos, hemos desayunado donde ayer cenamos tan bien y hemos decidido acercarnos al centro de salud para ver si pueden hacer algo con los pies de M.
Al ir a preguntar cómo se llegaba, hemos visto a Cristina, esta vez vestida de policía auténtica, que nos ha acompañado hasta la misma puerta del ambulatorio y como allí iban a tardar en atendernos y M. tiene Adeslas nos ha llevado hasta una clínica privada. Durante el camino ha ido por supuesto desfaciendo todo tipo de entuertos: aplacar la ira de un conductor por un coche mal aparcado, no poner una multa porque se “ha olvidado” el bloc, indicar a una ambulancia por dónde tenía que ir… incluso ha subido con nosotros en ascensor y hasta que no ha visto que nos atendían no se ha marchado. También le escribiremos una postal cuando lleguemos a Santiago… si es que llegamos.
El médico le ha reconocido a M. que la ampollología no es su fuerte, le ha puesto un par de esparadrapos y le ha recomendado que ande con sandalias. M. empieza a ser un retablo de dolores y una auténtica estampa del peregrino: escoceduras, tirones, ampollas, quemaduras solares…
El Camino ha transcurrido tranquilo y apacible hasta el ponte das Febres. Hemos recargado vitaminas con unas piezas de fruta y, después de leer en la guía de la Xunta (mucho más completa que el Din A3 portugués) “aquí se presentan dos opciones: continuar el camino que surge frente al puente, de difícil tránsito en invierno, o tomar el de la izquierda, dando un pequeño rodeo”, nos hemos decidido, acostumbrados a los caminos imposibles, por el de difícil tránsito, con el pequeño inconveniente de que éste no estaba señalizado y al final no hemos evitado un “pequeño rodeo”, sino que lo hemos hecho más amplio.
Como la hora de comer, para no perder la costumbre, se nos echaba encima, tras preguntar a un paisano nos hemos acercado a una casa en la que venden algún material fungible. Hemos comprado la materia prima necesaria para hacernos un bocadillo: jamón serrano, tomate, queso… y la señora, muy amable, nos ha dado incluso un chorrito de aceite y una pizca de sal. Ya comidos hemos reemprendido la marcha con la mente fija en un “locus amoenus” porque hoy no estábamos dispuestos a prescindir del sueño reparador que facilita la digestión. Al poco hemos encontrado una praderilla sombreada, cerca de un río, un “locus” bastante “amoenus” si no fuese por el pestilente olor que a rachas llega del río Louro.
Antes de la siesta hemos pegado un par de patadas (y sólo un par) a aquel balón de gomaespuma que nos iba a dar tanto juego… Tras la siesta reparadora ha llegado uno de los momentos más increíbles del Camino, unos paisajes totalmente inesperados y sorprendentes: una recta de unos tres kilómetros flanqueada por fábricas y distintas empresas del polígono industrial de Las Gándaras, con camiones para todos los gustos que nos han volado los sombreros varias veces.

Pero no hay etapa que no se acabe, ni polígono industrial infinito y hemos llegado a Porriño a eso de las 19.00 y tampoco hoy hemos visto peregrinos andando, a pesar de que esperábamos que a partir de Tuy hubiese aglomeraciones. De todas formas es cuestión de esperar, porque esta mañana nos han dicho en Tuy que les llegarían hoy 700 peregrinos y mañana 2.000 porque el día 5 es el encuentro europeo de la juventud en Santiago.
En el albergue nos han recibido dos chicas simpáticas y sonrientes. Una de ellas, Vossana (¿?), es una chica polaca que lleva nueve meses en España con una beca, gran conocedora de Antonio Palacios (un arquitecto que ha hecho los principales monumentos de Porriño y alguno que otro en Madrid… nosotros sin saberlo), está acabando veterinaria y ha estado este último mes atendiendo el albergue como voluntaria (precisamente hoy es su último día). Tanto dato es consecuencia de que M., que ha llegado hablador, ha quedado con ella, aunque diga después que no recuerda haberlo hecho, para que nos lleve a algún sitio a cenar.
Después de la cena, ya de vuelta en el albergue, hemos visto que existen más peregrinos, como una pareja de catalanes que ha decidido dormir en la sala de estar porque hay un peregrino roncador, cosa que hemos comprobado al subir a la habitación y hemos decidido trasladarnos a la de minusválidos, en vista de que no iba a ser utilizada por nadie.
Ya hemos hecho la mitad de los kilómetros y en los días que llevamos no hemos visto peregrinos en movimiento, pero es increíble la cantidad de gente buena, agradable, simpática o dulce (como Vossana en opinión de M…) con que nos hemos ido encontrando, aunque no todos puedan tener un lugar en este diario; por ejemplo, los innumerables benefactores que nos van rellenando la cantimplora.

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