29 de julio: Ponte de Lima-Tuy

Son las doce de la noche y por fin aparece, todavía a lo lejos, la catedral de Tuy, hacia la que ascendemos como autómatas que se habrían parado hace muchos kilómetros si no estuviesen convencidos de que quizá no eran capaces de andar cinco kilómetros, pero sí de dar un paso más.
Ya en la plaza de la catedral nos espera nuestro ángel de hoy: Cristina, que estaba tranquilamente sentada con su novio en las escaleras de piedra y que al vernos aparecer se ha acercado a nosotros. “Buscáis el albergue, ¿verdad? Venid por aquí”. Y nos lleva hasta el albergue que, como era de esperar, está cerrado a cal y canto. Ella no se desanima, saca su móvil y marca el número de protección civil para ver si pueden venir a abrirnos. Cristina es policía local y está acostumbrada a auxiliar peregrinos, pero esta vez no tenemos suerte: los de protección civil están de servicio y nos dicen que vayamos a la policía nacional: allí ya no queda nadie y poco a poco se esfuman las esperanzas. Como tampoco hay ningún sitio donde plantar la tienda (lástima, habría sido un consuelo, después de tantos kilómetros de cargar con ella, que sirviera para algo), Cristina y su novio nos buscan alguna pensioncilla y al segundo intento encontramos un sitio donde nos dejan una habitación, previo pago de su importe, claro está. Además, mientras hacemos las gestiones, el novio de Cristina consigue que en un bar cercano nos esperen para darnos algo de cenar. El matrimonio encargado del local nos recomienda sonriente unas hamburguesas, que son a las del Mc Donalds lo que una rueda de molino a una moneda de un euro.
Y mientras comemos y nos pringamos con las hamburguesas se empiezan a aclarar los detalles de un día que empezó hace ya mucho tiempo y muy lejos de aquí… Fue a las diez de la mañana cuando Andreia salió a despedirnos diciéndonos adiós con la mano desde la puerta de la Pousada da Xuventude (quizá M. ha roto un nuevo corazón) y emprendimos la marcha felices y descansados.
Al cruzar el puente medieval, intentamos “carimbar” en la iglesia que había allí, porque llevamos mal ritmo de “carimbos” si queremos rellenar la credencial, y en esto apareció el matrimonio de peregrinos brasileños: dos señores mayores, ya jubilados, que se iban a tomar el día de hoy de descanso. Estaban de acuerdo con nosotros en que los kilómetros desde Barcelos están mal contados: preguntaron cuánto les quedaba para Ponte da Lima y les dijeron que 10 km y al volver a preguntar un rato después resultaba que eran 13.

Lo que nos tiene admirados es nuestra facilidad para entender el portugués o el brasileño: ya se ve que las horas en casa de Amándio nos han dado mucha soltura en el idioma y hablamos el “portugañol” con gran fluidez.
Nos despedimos de los brasileños y reiniciamos la marcha esperando enfrentarnos en cualquier momento con la temible subida al puerto que culmina en el cruceiro “dos Mortos” (el nombre, desde luego, no es de lo más animante). Antes de la ascensión conseguimos encontrar una iglesia abierta, en Arcocelo, y llamamos a la casa parroquial: nos abrió un sacerdote anciano y simpático; le contamos que somos españoles, le preguntamos por otros peregrinos, por la distancia hasta el cruceiro “dos Mortos”… mientras nos sellaba las credenciales. Al principio parecía un hombre seco y reservado, pero al final se animó tanto que nos lanzó una parrafada de la que no entendimos ni palabra, aunque sonreíamos, y que nos bajó los humos con respecto a nuestro conocimiento de portugués.
El Camino se fue poco a poco empinando y abandonando lugares poblados hasta que entramos de lleno en el monte, bajo un sol de justicia, pero lo peor no fue la subida, sino la bajada, en la que ocurrió lo que tanto nos temíamos: M. se rompe, no por culpa de la espalda, sino de un tirón de hace unos 15 días en el muslo derecho que le dispara sin piedad durante el descenso. Además siente cómo las ampollas empiezan a tomar forma debajo de las zapatillas.
El camino hasta Rubiâes, la población más próxima que, según el mapa, cuenta con todo tipo de servicios y donde pensábamos comer, se nos hizo eterno como un internet sin ADSL. Poco antes de llegar al pueblo, el Camino abandonaba la carretera y tomaba una senda a la izquierda que hemos seguido, confiados en las flechas amarillas. Sin embargo, veíamos cómo íbamos dejando el pueblo demasiado a la derecha y cómo el camino se hacía cada vez más inextricable hasta convertirse en un pequeño arroyuelo que había que ir sorteando de piedra en piedra, cuando las había, o de barro en barro, consolándonos tontamente con las huellas de otros peregrinos desprevenidos. Cuando se ha acabado el arroyuelo hemos llegado a un puente romano que no podía ser otro que el puente de Piorado: un puente bonito, desde luego, pero que no nos ha hecho mucha gracia, porque hemos confirmado que efectivamente hemos dejado atrás Rubiâes y según el plano hasta dentro de 5 km no hay otro pueblo. Son cerca de las 15.30 de la tarde (lo que en Portugal es muy tarde). Para más INRI, al buscar información en los papeles que nos bajamos de internet, que hasta ahora no nos han sido de mucha ayuda porque el peregrino que se los curró debió de hacer un camino alternativo, no señalado con flechas amarillas, decíamos que al buscar información leemos con estupor “es imposible llegar al puente de Piorado por el antiguo camino, hoy transformado en río”. Pues imposible imposible ya se ve que no.

Nos ha dado el bajón del peregrino: no hemos comido, son más de las 15.30, hemos dejado atrás el pueblo y no estamos dispuestos a volver sobre nuestros pasos, nos hemos quedado sin agua, M. está ampollado y calambrado… así que tomamos una solución de emergencia: comernos cada uno dos de las barritas energéticas que la madre de M. se empeñó en que lleváramos y guardar la otra para un caso de extrema necesidad.
Algo repuestos, por lo menos psicológicamente, gracias a las barritas, nos ponemos de nuevo en marcha y nos acercamos a la única casa que hay a la vista, dispuestos a abusar una vez más de la hospitalidad de estas buenas gentes. Llamamos, nos abre una chica y le pedimos que nos llene la cantimplora, después ponemos nuestra mejor cara de pena (esta vez no es muy difícil) y le preguntamos dónde hay un sitio donde podamos comer algo… “Siguiendo por este camino, a 5 minutos hay un restaurante”. Nuestra cara de pena se transforma en cara de idiotas y “muito obrigados” nos despedimos de ella.
Efectivamente, habíamos estado a punto de morir de forma miserable a cinco minutos de nuestra salvación. Aunque ya no son horas de poner comidas, la dueña del restaurante nos hace un bacalao que nos da la vida. También tenemos la oportunidad de charlar con su hijo, de unos 15 años, que ha hecho el Camino y nos informa de que siguiendo por la carretera hasta san Bento podemos evitarnos un tramo de lodazal y zigzagueo. Ahora, cuando le decimos que queremos llegar a Tuy, nos mira con cara de “están locos estos hispanos”. Pero M. ha tenido una epifanía clara: tenemos que llegar a Tuy sea como sea, hay que volver a España y dormir en un albergue como cualquier peregrino que se precie. Así que, haciendo de tripas corazón, sacrificamos la siesta y ponemos modo superperegrino, dispuestos a devorar kilómetros con las fuerzas renovadas por el bacalao… y las barritas energéticas.

En cada bajada del Camino, M. se dedica a la astronomía por la cantidad de estrellas que ve y E. va estresado porque todavía no ha oído misa y parece poco probable que lleguemos a Tuy a una hora decente. Cerca de las 20.00, cuando nos acercábamos a Fontoura, han empezado a desgañitarse unas campanas que anunciaban la misa, pero como M. va con las fuerzas justas hemos acordado que él siguiese el camino y que E. trataría de alcanzarle. La misa ha sido rápida y a las 20.15 E. estaba con el cura para carimbar (carimbo de grabado, como decía el hombre de Barcelos que no volveríamos a encontrar otro en todo el Camino) y ya se disponía a salir disparado cuando ha entrado M. ¿Se ha lesionado? ¿se ha quedado a esperar?… No. Ha seguido el camino un buen trecho hasta que, mosqueado por la ausencia de flechas, ha preguntado a un paisano que le ha confirmado su equivocación y ha tenido que desandar lo andado… No le ha estampado con el palo a E., que es quien le había dicho por dónde seguía el camino, porque la flecha era ambigua (la única ambigua hasta ahora) y porque no hay que malgastar las fuerzas.
Paços, Tuído, Arâo… La noche ha ido cayendo y confiamos en la luna llena y en que parece que estamos ya cerca de zonas iluminadas para no acabar devorados por los lobos cada vez que el Camino se interna en algún bosquecillo.

Al salir de un pueblo y tomar la nacional que se dirige a Valença, ya noche cerrada, hemos visto un grupo de gente en torno a un todoterreno que se había estampado contra el quitamiedos de nuestro carril, lo que nos ha dado qué pensar sobre la prudencia de ir a estas horas por la carretera, pero la meta sigue estando clara: Tuy, sea como sea.
Hemos llegado a Valença en torno a las 22.45 y no nos hemos detenido más que un par de veces para confirmar que el Camino sigue todo recto. Al salir de Valença ha aparecido el Miño y a lo lejos, iluminada, la catedral de Tuy que parece un castillo.
Va repiqueteando el golpeteo de los palos en el suelo de metal del puente con ritmo rápido, sin embargo nunca hemos tardado tanto en recorrer tan poco: entramos en el puente de unos trescientos metros a las 23.00 y hemos salido a las 24.03. A pesar de la hora, el momento tiene algo de mágico, el reflejo de la ciudad en el Miño y la luna rielando en las aguas, tal como ocurre algunas veces en los poemas.
Hemos hecho algo grande, quizá demasiado grande y mañana paguemos los excesos, pero no importa: hemos cumplido el objetivo, hemos llegado a Tuy y nos hemos dado una ducha a las dos de la madrugada que nos ha hecho sentirnos como nuevos. Mañana, o mejor dicho, luego será otro día.

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