27 de julio de 2004: Oporto-Barcelos-Ponte das Tabuas

No llegó a sonar Mozart: nos despertamos justo un minuto antes que el móvil y entonces sí que se encendió la alarma: M. ha sufrido durante la noche los efectos del prolongado viaje a Oporto, del adoquinado de la ciudad y del colchón para faquires. Una contractura casi olvidada que se hizo meses atrás en la espalda amenaza con arruinarnos el Camino antes de empezar, pero confiamos en sus 25 años y después de un rápido aseo nos dirigimos a escuchar misa a la Iglesia de La Lappa.
Son las nueve y cinco: la misa no ha empezado, a pesar de que el cartel de entrada anuncia que la misa es a las nueve y que la única vieja que hay en la iglesia nos confirma que efectivamente es a esa hora. Nos indignamos por la impuntualidad de los portugueses, buscamos al párroco por la iglesia para mostrarle nuestra impaciencia y tras un par de vueltas sin localizarlo le pedimos explicaciones a la vieja por si la primera vez no nos había entendido bien: ¿la misa es a las nueve? (acompañamos las palabras del número de dedos necesario) y la señora insiste con descaro en que, efectivamente, la misa es a las nueve… Presas de la sorpresa y la indignación le mostramos las 9.10 en nuestro reloj. Nos mira. “Españoles, ¿no?”. En Portugal es una hora menos: son las 8.10. Vaya, nosotros aquí y la cama allí, tan lejos.
Hemos decidido ir a desayunar y después de tomar un café y perfeccionar nuestro portugués leyendo el periódico (Carvalho al Chelsea) asistimos por fin a misa y conseguimos nuestro primer “carimbo” (sello) para la credencial. Salimos de la parroquia y nos dirigimos a la oficina de Informaçao, donde amablemente nos dan una fotocopia de las etapas y nos remiten a la Asociaçao de Amigos del Camino Portugués, unas calles más abajo (Rúa das Flores, 69. Gab. 14, 4050-265 Porto; 351 223 326 114).
Llegamos allí a las 10.05, hora portuguesa, por supuesto, y está cerrada. Aunque el cartel dice que está abierta desde las 10.00 no nos hemos atrevido a indignarnos. Tras esperar veinte minutos, bajábamos las escaleras a punto de abandonar y nos hemos cruzado con un hombre de unos cuarenta años, moreno, canas incipientes, bigote, figura atlética, que subía y que nos ha dicho que el responsable estaría al llegar porque había quedado con él.
Mientras esperábamos (tardó una hora más) pusimos en práctica nuestros conocimientos de portugañol y empezamos a tratar en animada conversación los temas típicos: nivel de vida en España y Portugal, terrorismo, fútbol, independencia catalana… aunque esta vez no nos sacó a relucir como el “carimbero” de La Lappa el tema del “atleti”, que después de varios malentendidos resultó ser la boda de la “Leti”. El hombre estaba sorprendido de que se pudiese entender tan bien con unos madrileños. Como es de suponer, también hablamos del Camino de Santiago: de hecho él venía para recoger sus credenciales: iba a partir el día 9 para hacer el mismo camino que nosotros, sólo que él pensaba hacerlo en cuatro días, a un ritmo de 70 km diarios, para lo que entrenaba recorriendo todos los días esa distancia, eso sí, con una mochila de 5 kilos, en lugar de la de 10 que llevaría en el camino.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que éramos unos afortunados. No teníamos en frente a un peregrino “normalito”, sino que habíamos tenido la oportunidad de conocer, ni más ni menos, al “superperegrino”. Tratamos de asimilar con la mejor sonrisa el duro golpe a nuestra moral: nos creíamos unos peregrinos aguerridos, que se atrevían a hacer el poco transitado Camino Portugués a un ritmo frenético de 30 km diarios… Por fin apareció el encargado de la Asociación, que nos facilitó una fotocopia tamaño DIN A3 encabezada con la bendición del peregrino y con una línea que separaba los distintos pueblos, indicaba los nombres de cada uno, los kilómetros de distancia entre ellos y los puntos en los que podríamos encontrar alojamiento.
Nos despedimos del “superperegrino” deseándole buen camino, volvimos por última vez al “hotel”, devolvimos las llaves y nos pusimos en camino hacia Barcelos, a 30 kilómetros, donde llegamos a la media hora… en coche, claro.

En Barcelos dimos varias vueltas a la ciudad, comimos y decidimos dejar a Braulio junto al parque de bomberos al otro lado del río, porque nos pareció un sitio seguro. Allí empezó el auténtico Camino después de resolver las acuciantes dudas de si una cantimplora o dos (mejor una, habrá muchas fuentes), de si llevar o dejar la tienda de campaña (mejor llevarla, por si las moscas, sólo son dos kilos y nos puede sacar de algún apuro); cogimos las credenciales, las mochilas, los gorros, el palo (M. tendrá que hacerse con uno cuanto antes), las gafas de sol, el balón de gomaespuma (sin dudarlo: era esencial), la cámara de fotos… En fin, cogimos todo y empezamos a andar en torno a las 16.30 de la tarde, no sin inmortalizarnos antes en una foto oficial que amablemente nos hizo una señora mayor que estaba allí hablando con sus amigas, a las que seguro dimos tema de conversación según nos alejábamos.
Cruzamos el puente, como a lo largo de la historia lo habrán hecho decenas de peregrinos (no olvidemos que éste es un camino desacostumbrado), subimos a la ciudad, visitamos brevemente el museo arqueológico (en lugar de llevar las piedras al museo han decidido poner el nombre de museo a unas piedras) y entramos en la oficina de Informaçao, donde una bella portuguesa nos puso nuestro primer “carimbo” de Barcelos.

Todavía sin salir de la ciudad, cerca de la oficina de Turismo, entramos en la Iglesia de la Cruz para saciar nuestra fiebre de “carimbo” y salimos con un “carimbo” en relieve, sin tinta, y con cinco o seis anécdotas del lugar que nos contó el sacristán junto con el deseo de que tuviésemos buen viaje… porque bandidos hay en todas partes, según dijo.
Íbamos ligeros, a pesar de las mochilas, contentos de empezar por fin a peregrinar, cuando E., por dar conversación, le preguntó a M. por los mapas de las etapas… Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que todo todo, no lo habíamos cogido. E. volvió al coche por los mapas, mientras M. se quedó a cargo de las mochilas, junto a la oficina de Información turística, donde no quiso entrar para no estorbar el trabajo de la bella portuguesa o para no estropear la primera impresión, aun a sabiendas de que es muy probable que más adelante se arrepentirá de no haber entrado.
En torno a las 17.00 hicimos la arrancada definitiva. Nos costó salir de Barcelos y nos entró una primera duda: los kilómetros que indican los mapas, ¿son hasta la entrada del pueblo, hasta el centro o hasta la salida? Más tarde nos daríamos cuenta de que se trataba de un dato sin importancia y de que el mapa tiene más bien una función ornamental. Siguiendo sus instrucciones llegamos a Lijo, pero a partir de ahí todo empezó a hacerse más confuso: el siguiente pueblo, a tan solo 2,5 km, no aparecía por ninguna parte una hora después; el Camino se puso a subir sin ningún tipo de consideración por carreteras semiasfaltadas, no encontrábamos fuentes y las iglesias a las que nos acercábamos para visitar y “carimbar” estaban religiosamente “fechadas”.
Empezó a avanzar la tarde y con ella un punto de desesperación: nuestro primer objetivo era hacer una etapa de 22,5 km (siempre según el mapa), pero después de tres horas no estábamos muy seguros de haber hecho ocho kilómetros y medio.
Tampoco abundaban paisanos a los que preguntar, apenas unos chavalillos que con descaro comentaban “son españolitos” (o sea…) y la muerte, que disfrazada de hombre, pero con su inconfundible guadaña, nos saludó cordialmente en medio de un prado. Por suerte iba en dirección contraria.
El Camino cuando no era empedrado era cuesta arriba u obligaba a ir vadeando un arroyo de piedra en piedra. A eso de las 20.00 comenzaron a asaltarnos pequeñas dudas existenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿dónde estamos?, ¿quién nos mandaría ser peregrinos de a pie con lo rápido que se hacen kilómetros en coche?
Además la falta de esperanza tampoco ayudaba mucho a aligerar el camino: veíamos que no íbamos a cumplir nuestro primer objetivo (y eso que nos lo habíamos puesto facilito), que no nos íbamos a poder duchar y que empezaba a peligrar la cena porque aquí, aunque tienen una hora menos, viven como si tuvieran una hora más y a las diez de la noche ya no es fácil encontrar un sitio abierto, y menos en mitad de un monte o en unas aldeas casi deshabitadas.
Fue entonces cuando en una aldea cuyo nombre desconocíamos preguntamos a una anciana de unos 80 años por un sitio donde cenar: ella no entendió nuestra pregunta o quizá sí, pero de lo que no hay duda es de que nosotros no entendimos su respuesta, pero no nos desanimamos y volvimos a preguntarle despacito… a la tercera vez sí que nos desanimamos y continuamos nuestra marcha. Pocos metros más adelante vimos detrás de una cerca a un hombre que trabajaba en su huerto, le preguntamos por un sitio donde “yantar”… y ocurrió el milagro, porque Santiago no se ha olvidado de los dos peregrinos que hacen el camino portugués (sabemos que ayer pasó por Barcelos un grupo y hemos visto de lejos otros dos en bicicleta, pero todavía no nos hemos encontrado con ninguno, quizá porque ya no sean horas de peregrinar).
Decíamos que ocurrió el milagro: el hombre, de pelo cano, mirada azul y penetrante, rostro curtido por el sol, pero no envejecido, nos situó con una sonrisa en nuestro plano (habíamos hecho en cuatro horas 16 km, cuando nuestra idea era hacer 24) y nos preguntó (debíamos de tener bastante cara de pena) si queríamos tomar un “sándwich”… Nos miramos con cara de sorpresa: ¿habríamos entendido bien?, nos repitió la oferta con más énfasis: era una proposición sincera, no de pura cortesía. No supimos decir que no. Pasamos a la parcela y mientras su hija nos preparaba algo de comer, él nos enseñó sus vacas y sus cerdos. E. le contó que se dedicaba a dar clases de latín y griego y M. que era ingeniero y estaba con una beca en la universidad. Le resumimos nuestra primera etapa del Camino, le preguntamos por otros peregrinos, saludamos a un chaval que nos miraba desde el tractor y no paraba de sonreír y, de pronto, el hombre nos preguntó si queríamos tomar una ducha. Tras unos instantes de duda y vacilación, ¿qué es esto?, ¿nos está vacilando?, respondimos que no, que muchísimas gracias, que no queríamos abusar de su confianza… Insistió en su propuesta, no era un mero formalismo, nos lo decía de corazón, no había ningún problema… Recordamos aquel lamento de una hora antes: “si por lo menos supiésemos que al final nos espera una ducha”… y no supimos decir que no. Ni siquiera dejó que utilizásemos nuestras toallas. Era realmente una sensación extraña ducharse en una casa desconocida, de una familia desconocida, en un país extranjero, como si fuese tu propia casa.
Después de la ducha empezamos a ver el mundo de otro color y nos dispusimos a comer los “sándwiches”. Nos pasó al salón de la casa y allí nos esperaban unos huevos revueltos, unas lonchas de jamón, queso, una ensalada de tomates y cebollas (de la misma huerta, por supuesto), un excelente vino de fabricación propia, mermelada, galletas, crema de cacahuete, melón… Mientras comíamos seguíamos charlando con él: se dedicaba principalmente al campo y tenía algunas tierras, también había creado una fundación para recoger fondos y ayudar a los chavales del pueblo a estudiar…
En un momento dado, Amândio (por no decir san Amândio) nos dejó despachando las viandas y salió del salón, mientras nosotros no salíamos de nuestro asombro y no acabábamos de creernos lo que estábamos viviendo, casi convencidos de que era un sueño, un espejismo de peregrino que ha caminado demasiadas horas al sol. Decidimos esperar a que volviera, darle las gracias y despedirnos, andar unos 200 metros y plantar la tienda en cualquier parte. Al cabo del rato Amândio regresó diciendo que había hablado con su mujer, a la que todavía no habíamos visto porque estaba ordeñando las vacas, y nos aseguró que no tenían ningún inconveniente en que si queríamos nos quedásemos a dormir allí mismo. Tuvimos que hacer grandes esfuerzos para que los ojos no se nos saliesen de las órbitas. Dudamos, evaluamos, rechazamos la idea por demasiado peregrina, nos miramos, nos negamos, le miramos, insistió, titubeamos, “estáis a voluntade”, no hay ningún problema… y no supimos ni quisimos decir que no. Y aunque quisimos tampoco pudimos decir que no a que nos diera sábanas, aunque insistimos en que nos bastaba el saco…
Durante la cena de la familia estuvimos también sentados con ellos a la mesa. La anciana a la que habíamos preguntado al entrar en la aldea resultó ser la tía Rosa. El chaval sonriente con cara de pícaro, que ordeña vacas y maneja a sus 14 años el tractor como Fernando Alonso, es Domingo, sobrino de Amândio, que pasa con ellos los veranos. La hija, que tampoco paraba de reír y que nos había preparado el suculento tentempié al que después se sumó un delicioso bollo del que dimos buena cuenta, es Cecilia, y el año que viene, cuando acabe el bachillerato, quiere ir a España a estudiar medicina. La mujer de Amândio, a la que estamos especialmente agradecidos porque nos acogió en su casa sin conocernos, es Angelina y también lograba sonreír a pesar de que se notaba que había soportado un duro día de trabajo y de que no la dejamos ver a gusto la serie de tv que está siguiendo. Todos, con sus risas y su cariño, nos hicieron sentir como en casa, o incluso un poco mejor, por lo inesperado.
Incrédulos aún, convencidos de que mañana despertaremos muertos de hambre en una tienda de campaña mal puesta, nos hemos ido a la cama, con la esperanza de que la foto que nos hemos hecho con toda la familia siga ahí, en la cámara, como garantía de que los sueños también se viven.

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