26 de julio de 2004: Madrid-Alcalá de Henares-Oporto

“El camino más largo comienza por un paso”, dice un viejo proverbio… hindú, por ejemplo. Pero lo que no dice es que probablemente ese paso es el más complicado y que antes de ese paso hay que hacer un montón de cosas. Ponernos en camino para hacer el Camino nos ha llevado más tiempo de lo previsto.
En torno a las 11.00, E. ha ido con su coche (Braulio) desde Madrid a Alcalá de Henares para recoger a M., que le esperaba en casa con la terrible duda de si llevarse las zapatillas recién compradas para la ocasión o las viejas. Al final M. ha optado por las viejas para evitar ampollas. Después nos hemos cargado de los buenos deseos y recomendaciones de la madre de M., que nos ha proporcionado cuatro barritas energéticas porque nunca se sabe lo que puede pasar, nos hemos montado en Braulio y hemos ido al Decathlon para que E. completara su atuendo de peregrino con unos pantalones cortos. Allí se nos ha antojado un balón de gomaespuma, ligero, que hemos acabado comprando pensando que puede dar mucho juego, y allí, a punto de hacer la salida definitiva, nos hemos dado cuenta de que nos habíamos olvidado un pequeño detalle en casa de M.: las credenciales del peregrino y la información de las etapas. Así que hemos vuelto a empezar: ¿se nos olvida algo? ¿las zapatillas nuevas o viejas? ¿la cantimplora de uno o dos litros? ¿gorra o sombrero? ¿más barritas energéticas?…
Después, cuando ya salíamos de Alcalá por la N-II, hemos ido “un momentito” al Corte Inglés, para buscar alguna guía sobre el Camino de Santiago Portugués y hemos acabado casi convencidos de que el Camino Portugués no existe o de que vamos a ser los primeros peregrinos en realizarlo (haremos una guía). Pero como uno no puede salir de un centro comercial sin haberse dado cuenta de lo imprescindible que resultaba algo, hemos comprado unas pilas pequeñas, recargables, para la linterna y para poder escuchar algo de música, sin pasarse, durante el Camino. Una hora más tarde salíamos del centro comercial.
El viaje en coche hasta Portugal no ha tenido demasiadas incidencias, pero nos hemos empezado a dar cuenta de lo difícil que es cumplir objetivos: habíamos decidido parar a comer en Tordesillas y nos hemos quedado con las ganas porque nos hemos pasado la entrada buena y hemos acabado unos kilómetros más allá, en Toro, en “El rey de la sepia”, que ha sido rico, barato y… sobre todo, rápido, porque era algo tarde, los dueños tenían prisa y ya acabando el primer plato nos han preguntado por el postre.
No es extraño que Zamora, que también existe, no se ganase en una hora porque hay que dar demasiadas vueltas para conseguir salir de la ciudad. Tenemos la sospecha de que las indicaciones hacia Portugal en realidad esconden un recorrido turístico por lo más significativo de la zona.
La entrada a Portugal: 18.30. Lo que en el mapa tiene color de autovía es una carretera de dos sentidos con carril de adelantamiento en las cuestas, eso sí, con las luces dadas. Por fin nos hemos metido en una autopista “portagem”, que resulta que significa peaje, no sin antes haber confirmado que en Portugal hay muchos incendios, pero pocas casas: desde el coche M. disparaba frenéticamente la cámara de fotos digital para conseguir una buena instantánea del flamante helicóptero apagaincendios.

Oporto, una ciudad demasiado industrial y demasiado empinada nos ha decepcionado un tanto. Quizá lo mejor que tenga es la niebla del Duero que le da un tono irreal. Y los puentes, unos más fantasmas que otros. Hemos aparcado junto a la iglesia de La Lappa y hemos empezado a buscar un sitio donde pernoctar: en un edificio viejo había un cartel en el que se ofrecían habitaciones y sin pensarlo mucho hemos llamado. Nos ha abierto una mujer joven con la cara envejecida por el cansancio y nos ha explicado que allí no le quedaban habitaciones, pero que tenía otras en otro edificio y nos ha acompañado unas calles más arriba (las cuestas del 25% nos han venido bien para entrenar) hasta un piso bajo en un edificio antiguo, con tres habitaciones, un cuarto de baño, una cocina y una sala de estar. Como nos había contado que en una de las habitaciones hay una señora y en la sala de estar hemos visto un periódico en chino, hemos deducido que una de las habitantes de aquel lugar es china (estamos hechos unos Holmes). Nos ha dado la llave del piso y de nuestra habitación y hemos reemprendido nuestro recorrido turístico buscando un sitio donde poder cenar. Providencialmente (el Apóstol se está portando), después de unas cuantas vueltas hemos encontrado el sitio adecuado y nos hemos pulido el presupuesto de dos días, porque hay que tomar fuerzas para los duros días que nos esperan…

Ahora estamos en nuestra habitación de Oporto: dos camas y dos medias almohadas. Cuando hemos llegado estaba la señora viendo la televisión en la sala de estar y ha resultado no ser china: ya se ve que es mejor no fiarse de las apariencias.
Después de saludar a la señora y de vuelta a nuestra habitación, M. se ha equivocado, ha abierto otra habitación habitada, ha pedido perdón y el inquilino le ha respondido “no pasa nada” en perfecto castellano,… tras unos momentos de duda hemos vuelto sobre nuestros pasos, animados por el palo entrevisto al fondo de la habitación (¿un peregrino?), y hemos llamado a su puerta. Efectivamente, era un peregrino, de Málaga,… pero estaba ya de vuelta y, además, había hecho el Camino francés. Nos ha convencido de que toda lucha contra las ampollas es inútil: mañana veremos, que ya es hora de aprovechar nuestras últimas sábanas. Nos hemos puesto el despertador del móvil con música de Mozart a las 8.00.

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