29 de julio: Ponte de Lima-Tuy

Son las doce de la noche y por fin aparece, todavía a lo lejos, la catedral de Tuy, hacia la que ascendemos como autómatas que se habrían parado hace muchos kilómetros si no estuviesen convencidos de que quizá no eran capaces de andar cinco kilómetros, pero sí de dar un paso más.
Ya en la plaza de la catedral nos espera nuestro ángel de hoy: Cristina, que estaba tranquilamente sentada con su novio en las escaleras de piedra y que al vernos aparecer se ha acercado a nosotros. “Buscáis el albergue, ¿verdad? Venid por aquí”. Y nos lleva hasta el albergue que, como era de esperar, está cerrado a cal y canto. Ella no se desanima, saca su móvil y marca el número de protección civil para ver si pueden venir a abrirnos. Cristina es policía local y está acostumbrada a auxiliar peregrinos, pero esta vez no tenemos suerte: los de protección civil están de servicio y nos dicen que vayamos a la policía nacional: allí ya no queda nadie y poco a poco se esfuman las esperanzas. Como tampoco hay ningún sitio donde plantar la tienda (lástima, habría sido un consuelo, después de tantos kilómetros de cargar con ella, que sirviera para algo), Cristina y su novio nos buscan alguna pensioncilla y al segundo intento encontramos un sitio donde nos dejan una habitación, previo pago de su importe, claro está. Además, mientras hacemos las gestiones, el novio de Cristina consigue que en un bar cercano nos esperen para darnos algo de cenar. El matrimonio encargado del local nos recomienda sonriente unas hamburguesas, que son a las del Mc Donalds lo que una rueda de molino a una moneda de un euro.
Y mientras comemos y nos pringamos con las hamburguesas se empiezan a aclarar los detalles de un día que empezó hace ya mucho tiempo y muy lejos de aquí… Fue a las diez de la mañana cuando Andreia salió a despedirnos diciéndonos adiós con la mano desde la puerta de la Pousada da Xuventude (quizá M. ha roto un nuevo corazón) y emprendimos la marcha felices y descansados.
Al cruzar el puente medieval, intentamos “carimbar” en la iglesia que había allí, porque llevamos mal ritmo de “carimbos” si queremos rellenar la credencial, y en esto apareció el matrimonio de peregrinos brasileños: dos señores mayores, ya jubilados, que se iban a tomar el día de hoy de descanso. Estaban de acuerdo con nosotros en que los kilómetros desde Barcelos están mal contados: preguntaron cuánto les quedaba para Ponte da Lima y les dijeron que 10 km y al volver a preguntar un rato después resultaba que eran 13.

Lo que nos tiene admirados es nuestra facilidad para entender el portugués o el brasileño: ya se ve que las horas en casa de Amándio nos han dado mucha soltura en el idioma y hablamos el “portugañol” con gran fluidez.
Nos despedimos de los brasileños y reiniciamos la marcha esperando enfrentarnos en cualquier momento con la temible subida al puerto que culmina en el cruceiro “dos Mortos” (el nombre, desde luego, no es de lo más animante). Antes de la ascensión conseguimos encontrar una iglesia abierta, en Arcocelo, y llamamos a la casa parroquial: nos abrió un sacerdote anciano y simpático; le contamos que somos españoles, le preguntamos por otros peregrinos, por la distancia hasta el cruceiro “dos Mortos”… mientras nos sellaba las credenciales. Al principio parecía un hombre seco y reservado, pero al final se animó tanto que nos lanzó una parrafada de la que no entendimos ni palabra, aunque sonreíamos, y que nos bajó los humos con respecto a nuestro conocimiento de portugués.
El Camino se fue poco a poco empinando y abandonando lugares poblados hasta que entramos de lleno en el monte, bajo un sol de justicia, pero lo peor no fue la subida, sino la bajada, en la que ocurrió lo que tanto nos temíamos: M. se rompe, no por culpa de la espalda, sino de un tirón de hace unos 15 días en el muslo derecho que le dispara sin piedad durante el descenso. Además siente cómo las ampollas empiezan a tomar forma debajo de las zapatillas.
El camino hasta Rubiâes, la población más próxima que, según el mapa, cuenta con todo tipo de servicios y donde pensábamos comer, se nos hizo eterno como un internet sin ADSL. Poco antes de llegar al pueblo, el Camino abandonaba la carretera y tomaba una senda a la izquierda que hemos seguido, confiados en las flechas amarillas. Sin embargo, veíamos cómo íbamos dejando el pueblo demasiado a la derecha y cómo el camino se hacía cada vez más inextricable hasta convertirse en un pequeño arroyuelo que había que ir sorteando de piedra en piedra, cuando las había, o de barro en barro, consolándonos tontamente con las huellas de otros peregrinos desprevenidos. Cuando se ha acabado el arroyuelo hemos llegado a un puente romano que no podía ser otro que el puente de Piorado: un puente bonito, desde luego, pero que no nos ha hecho mucha gracia, porque hemos confirmado que efectivamente hemos dejado atrás Rubiâes y según el plano hasta dentro de 5 km no hay otro pueblo. Son cerca de las 15.30 de la tarde (lo que en Portugal es muy tarde). Para más INRI, al buscar información en los papeles que nos bajamos de internet, que hasta ahora no nos han sido de mucha ayuda porque el peregrino que se los curró debió de hacer un camino alternativo, no señalado con flechas amarillas, decíamos que al buscar información leemos con estupor “es imposible llegar al puente de Piorado por el antiguo camino, hoy transformado en río”. Pues imposible imposible ya se ve que no.

Nos ha dado el bajón del peregrino: no hemos comido, son más de las 15.30, hemos dejado atrás el pueblo y no estamos dispuestos a volver sobre nuestros pasos, nos hemos quedado sin agua, M. está ampollado y calambrado… así que tomamos una solución de emergencia: comernos cada uno dos de las barritas energéticas que la madre de M. se empeñó en que lleváramos y guardar la otra para un caso de extrema necesidad.
Algo repuestos, por lo menos psicológicamente, gracias a las barritas, nos ponemos de nuevo en marcha y nos acercamos a la única casa que hay a la vista, dispuestos a abusar una vez más de la hospitalidad de estas buenas gentes. Llamamos, nos abre una chica y le pedimos que nos llene la cantimplora, después ponemos nuestra mejor cara de pena (esta vez no es muy difícil) y le preguntamos dónde hay un sitio donde podamos comer algo… “Siguiendo por este camino, a 5 minutos hay un restaurante”. Nuestra cara de pena se transforma en cara de idiotas y “muito obrigados” nos despedimos de ella.
Efectivamente, habíamos estado a punto de morir de forma miserable a cinco minutos de nuestra salvación. Aunque ya no son horas de poner comidas, la dueña del restaurante nos hace un bacalao que nos da la vida. También tenemos la oportunidad de charlar con su hijo, de unos 15 años, que ha hecho el Camino y nos informa de que siguiendo por la carretera hasta san Bento podemos evitarnos un tramo de lodazal y zigzagueo. Ahora, cuando le decimos que queremos llegar a Tuy, nos mira con cara de “están locos estos hispanos”. Pero M. ha tenido una epifanía clara: tenemos que llegar a Tuy sea como sea, hay que volver a España y dormir en un albergue como cualquier peregrino que se precie. Así que, haciendo de tripas corazón, sacrificamos la siesta y ponemos modo superperegrino, dispuestos a devorar kilómetros con las fuerzas renovadas por el bacalao… y las barritas energéticas.

En cada bajada del Camino, M. se dedica a la astronomía por la cantidad de estrellas que ve y E. va estresado porque todavía no ha oído misa y parece poco probable que lleguemos a Tuy a una hora decente. Cerca de las 20.00, cuando nos acercábamos a Fontoura, han empezado a desgañitarse unas campanas que anunciaban la misa, pero como M. va con las fuerzas justas hemos acordado que él siguiese el camino y que E. trataría de alcanzarle. La misa ha sido rápida y a las 20.15 E. estaba con el cura para carimbar (carimbo de grabado, como decía el hombre de Barcelos que no volveríamos a encontrar otro en todo el Camino) y ya se disponía a salir disparado cuando ha entrado M. ¿Se ha lesionado? ¿se ha quedado a esperar?… No. Ha seguido el camino un buen trecho hasta que, mosqueado por la ausencia de flechas, ha preguntado a un paisano que le ha confirmado su equivocación y ha tenido que desandar lo andado… No le ha estampado con el palo a E., que es quien le había dicho por dónde seguía el camino, porque la flecha era ambigua (la única ambigua hasta ahora) y porque no hay que malgastar las fuerzas.
Paços, Tuído, Arâo… La noche ha ido cayendo y confiamos en la luna llena y en que parece que estamos ya cerca de zonas iluminadas para no acabar devorados por los lobos cada vez que el Camino se interna en algún bosquecillo.

Al salir de un pueblo y tomar la nacional que se dirige a Valença, ya noche cerrada, hemos visto un grupo de gente en torno a un todoterreno que se había estampado contra el quitamiedos de nuestro carril, lo que nos ha dado qué pensar sobre la prudencia de ir a estas horas por la carretera, pero la meta sigue estando clara: Tuy, sea como sea.
Hemos llegado a Valença en torno a las 22.45 y no nos hemos detenido más que un par de veces para confirmar que el Camino sigue todo recto. Al salir de Valença ha aparecido el Miño y a lo lejos, iluminada, la catedral de Tuy que parece un castillo.
Va repiqueteando el golpeteo de los palos en el suelo de metal del puente con ritmo rápido, sin embargo nunca hemos tardado tanto en recorrer tan poco: entramos en el puente de unos trescientos metros a las 23.00 y hemos salido a las 24.03. A pesar de la hora, el momento tiene algo de mágico, el reflejo de la ciudad en el Miño y la luna rielando en las aguas, tal como ocurre algunas veces en los poemas.
Hemos hecho algo grande, quizá demasiado grande y mañana paguemos los excesos, pero no importa: hemos cumplido el objetivo, hemos llegado a Tuy y nos hemos dado una ducha a las dos de la madrugada que nos ha hecho sentirnos como nuevos. Mañana, o mejor dicho, luego será otro día.

28 de julio: Ponte das Tabuas-Ponte da Lima

Hemos despertado a las 7.30, pero seguimos soñando: teníamos preparado un desayuno que nos puede dar energías para el resto del camino. Amândio y Domingo ya no estaban porque se habían ido a recoger patatas, Angelina se ha despedido de nosotros para llevar algo de comida a los trabajadores y después de desayunar como ya quisieran muchos reyes (zumo de naranja incluido) hemos dicho adiós a Cecilia, obrigadísimos, y hemos reemprendido el Camino deseando perdernos, dar vueltas y vueltas y acabar en el mismo sitio, junto al Ponte das Tabuas, en Aguiar, al lado de esa familia que al llamar a la puerta de su casa nos abrió la de su corazón. Les escribiremos desde Santiago, si es que llegamos.

La etapa iba a ser tranquila, porque hemos decidido modificar el plan inicial y llegar hoy a Ponte de Lima para afrontar mañana la etapa que nos han advertido que es la más dura. Sin embargo, como en el fútbol, ya no hay etapas asequibles. Es increíble lo bien y lo rápido que hacemos kilómetros sobre el papel al preparar las etapas: el final se nos ha hecho largo y cada vez estamos más convencidos de que el plano con las distancias y los pueblos es puramente orientativo: coincide el nombre de los principales pueblos, pero los kilómetros de aquí deben de ser de 1.500 metros cada uno.
Hemos llegado a Ponte de Lima junto a la ribera del río que baña la ciudad, siguiendo las flechas amarillas que van marcando, con gran exactitud, el Camino y después de recorrer cerca de un kilómetro (es decir, unos 1.500 metros) hemos preguntado por la Pousada da Xuventude, donde pensamos hospedarnos… y hemos tenido que deshacer lo andado en contra de la opinión de Machado (“la senda que nunca se ha de volver a pisar”) hasta llegar a la Pousada que habíamos dejado a la derecha del Camino. Nos han permitido dejar las cosas y darnos un baño, a pesar de no ser hora de recepción: se ve que sabemos poner muy bien carita de pena.

Tras recuperar fuerzas en una “Hamburgueria” (sic) hemos buscado el “locus amoenus” para la siesta, es decir, el lugar ameno que ha de reunir como principales condiciones la fresca hierba, la suave brisa, la dulce sombra y el arroyo de aguas cristalinas: en la ribera del Lima había un sitio que reunía bastante bien las condiciones, salvo por un par de pitidos de los camiones que pasaban por la carretera cercana y que no nos han dejado perder del todo el conocimiento.
A las 18.00 hemos vuelto a la Pousada a reservar definitivamente la habitación y nos hemos ido de excursión al pueblo. E., un tanto agobiado para encontrar una misa, al ver en un cartel que había una a las 18.30 ha puesto modo superperegrino, mientras M., que empieza a notar en algunas zonas delicadas los efectos de tantos kilómetros, ha mantenido el modo contemplativo. Después de la misa hemos entrado en una farmacia y hemos pedido al farmacéutico una crema que sirva para aliviar los escozores.
Hemos visitado rápidamente los dos o tres monumentos que tiene el lugar y hemos acabado en una cervecería con vistas al puente medieval que atraviesa el río y da nombre a la ciudad, dispuestos a continuar con este diario, pero la conversación ha ido tomando otros derroteros y nos hemos sumergido en temas más profundos: la libertad y el determinismo. Tras tomarnos “determinadas” cervezas, ya anocheciendo, hemos decidido buscar un sitio para cenar y, de una forma muy práctica, nos hemos dado cuenta de que sí que podíamos elegir y de que no estábamos determinados, sino condicionados. De hecho, hemos acabado en la misma hamburguesería que a mediodía, porque nos han tratado bien, era barata, nos pillaba de camino y, además, nos ha dado la gana.
Mientras saboreábamos la pizza (da la sensación de que cuando no estamos andando estamos comiendo y quizá sea así) seguíamos con atención los aspavientos y las argumentaciones futbolísticas de uno de los clientes, encantado de ser el centro de todas las miradas.
Ya de vuelta al albergue, M. se ha quedado un rato hablando con Andreia, la chica encargada, que le ha comentado que esa misma tarde ha llegado un matrimonio brasileño, también peregrinos: ¿será verdad que existen más peregrinos en el Camino Portugués? Hoy tampoco hemos visto a nadie. De momento nos vamos a dormir que mañana nos espera la madre de todas las etapas: Ponte da Lima-Tuy.

27 de julio de 2004: Oporto-Barcelos-Ponte das Tabuas

No llegó a sonar Mozart: nos despertamos justo un minuto antes que el móvil y entonces sí que se encendió la alarma: M. ha sufrido durante la noche los efectos del prolongado viaje a Oporto, del adoquinado de la ciudad y del colchón para faquires. Una contractura casi olvidada que se hizo meses atrás en la espalda amenaza con arruinarnos el Camino antes de empezar, pero confiamos en sus 25 años y después de un rápido aseo nos dirigimos a escuchar misa a la Iglesia de La Lappa.
Son las nueve y cinco: la misa no ha empezado, a pesar de que el cartel de entrada anuncia que la misa es a las nueve y que la única vieja que hay en la iglesia nos confirma que efectivamente es a esa hora. Nos indignamos por la impuntualidad de los portugueses, buscamos al párroco por la iglesia para mostrarle nuestra impaciencia y tras un par de vueltas sin localizarlo le pedimos explicaciones a la vieja por si la primera vez no nos había entendido bien: ¿la misa es a las nueve? (acompañamos las palabras del número de dedos necesario) y la señora insiste con descaro en que, efectivamente, la misa es a las nueve… Presas de la sorpresa y la indignación le mostramos las 9.10 en nuestro reloj. Nos mira. “Españoles, ¿no?”. En Portugal es una hora menos: son las 8.10. Vaya, nosotros aquí y la cama allí, tan lejos.
Hemos decidido ir a desayunar y después de tomar un café y perfeccionar nuestro portugués leyendo el periódico (Carvalho al Chelsea) asistimos por fin a misa y conseguimos nuestro primer “carimbo” (sello) para la credencial. Salimos de la parroquia y nos dirigimos a la oficina de Informaçao, donde amablemente nos dan una fotocopia de las etapas y nos remiten a la Asociaçao de Amigos del Camino Portugués, unas calles más abajo (Rúa das Flores, 69. Gab. 14, 4050-265 Porto; 351 223 326 114).
Llegamos allí a las 10.05, hora portuguesa, por supuesto, y está cerrada. Aunque el cartel dice que está abierta desde las 10.00 no nos hemos atrevido a indignarnos. Tras esperar veinte minutos, bajábamos las escaleras a punto de abandonar y nos hemos cruzado con un hombre de unos cuarenta años, moreno, canas incipientes, bigote, figura atlética, que subía y que nos ha dicho que el responsable estaría al llegar porque había quedado con él.
Mientras esperábamos (tardó una hora más) pusimos en práctica nuestros conocimientos de portugañol y empezamos a tratar en animada conversación los temas típicos: nivel de vida en España y Portugal, terrorismo, fútbol, independencia catalana… aunque esta vez no nos sacó a relucir como el “carimbero” de La Lappa el tema del “atleti”, que después de varios malentendidos resultó ser la boda de la “Leti”. El hombre estaba sorprendido de que se pudiese entender tan bien con unos madrileños. Como es de suponer, también hablamos del Camino de Santiago: de hecho él venía para recoger sus credenciales: iba a partir el día 9 para hacer el mismo camino que nosotros, sólo que él pensaba hacerlo en cuatro días, a un ritmo de 70 km diarios, para lo que entrenaba recorriendo todos los días esa distancia, eso sí, con una mochila de 5 kilos, en lugar de la de 10 que llevaría en el camino.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que éramos unos afortunados. No teníamos en frente a un peregrino “normalito”, sino que habíamos tenido la oportunidad de conocer, ni más ni menos, al “superperegrino”. Tratamos de asimilar con la mejor sonrisa el duro golpe a nuestra moral: nos creíamos unos peregrinos aguerridos, que se atrevían a hacer el poco transitado Camino Portugués a un ritmo frenético de 30 km diarios… Por fin apareció el encargado de la Asociación, que nos facilitó una fotocopia tamaño DIN A3 encabezada con la bendición del peregrino y con una línea que separaba los distintos pueblos, indicaba los nombres de cada uno, los kilómetros de distancia entre ellos y los puntos en los que podríamos encontrar alojamiento.
Nos despedimos del “superperegrino” deseándole buen camino, volvimos por última vez al “hotel”, devolvimos las llaves y nos pusimos en camino hacia Barcelos, a 30 kilómetros, donde llegamos a la media hora… en coche, claro.

En Barcelos dimos varias vueltas a la ciudad, comimos y decidimos dejar a Braulio junto al parque de bomberos al otro lado del río, porque nos pareció un sitio seguro. Allí empezó el auténtico Camino después de resolver las acuciantes dudas de si una cantimplora o dos (mejor una, habrá muchas fuentes), de si llevar o dejar la tienda de campaña (mejor llevarla, por si las moscas, sólo son dos kilos y nos puede sacar de algún apuro); cogimos las credenciales, las mochilas, los gorros, el palo (M. tendrá que hacerse con uno cuanto antes), las gafas de sol, el balón de gomaespuma (sin dudarlo: era esencial), la cámara de fotos… En fin, cogimos todo y empezamos a andar en torno a las 16.30 de la tarde, no sin inmortalizarnos antes en una foto oficial que amablemente nos hizo una señora mayor que estaba allí hablando con sus amigas, a las que seguro dimos tema de conversación según nos alejábamos.
Cruzamos el puente, como a lo largo de la historia lo habrán hecho decenas de peregrinos (no olvidemos que éste es un camino desacostumbrado), subimos a la ciudad, visitamos brevemente el museo arqueológico (en lugar de llevar las piedras al museo han decidido poner el nombre de museo a unas piedras) y entramos en la oficina de Informaçao, donde una bella portuguesa nos puso nuestro primer “carimbo” de Barcelos.

Todavía sin salir de la ciudad, cerca de la oficina de Turismo, entramos en la Iglesia de la Cruz para saciar nuestra fiebre de “carimbo” y salimos con un “carimbo” en relieve, sin tinta, y con cinco o seis anécdotas del lugar que nos contó el sacristán junto con el deseo de que tuviésemos buen viaje… porque bandidos hay en todas partes, según dijo.
Íbamos ligeros, a pesar de las mochilas, contentos de empezar por fin a peregrinar, cuando E., por dar conversación, le preguntó a M. por los mapas de las etapas… Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que todo todo, no lo habíamos cogido. E. volvió al coche por los mapas, mientras M. se quedó a cargo de las mochilas, junto a la oficina de Información turística, donde no quiso entrar para no estorbar el trabajo de la bella portuguesa o para no estropear la primera impresión, aun a sabiendas de que es muy probable que más adelante se arrepentirá de no haber entrado.
En torno a las 17.00 hicimos la arrancada definitiva. Nos costó salir de Barcelos y nos entró una primera duda: los kilómetros que indican los mapas, ¿son hasta la entrada del pueblo, hasta el centro o hasta la salida? Más tarde nos daríamos cuenta de que se trataba de un dato sin importancia y de que el mapa tiene más bien una función ornamental. Siguiendo sus instrucciones llegamos a Lijo, pero a partir de ahí todo empezó a hacerse más confuso: el siguiente pueblo, a tan solo 2,5 km, no aparecía por ninguna parte una hora después; el Camino se puso a subir sin ningún tipo de consideración por carreteras semiasfaltadas, no encontrábamos fuentes y las iglesias a las que nos acercábamos para visitar y “carimbar” estaban religiosamente “fechadas”.
Empezó a avanzar la tarde y con ella un punto de desesperación: nuestro primer objetivo era hacer una etapa de 22,5 km (siempre según el mapa), pero después de tres horas no estábamos muy seguros de haber hecho ocho kilómetros y medio.
Tampoco abundaban paisanos a los que preguntar, apenas unos chavalillos que con descaro comentaban “son españolitos” (o sea…) y la muerte, que disfrazada de hombre, pero con su inconfundible guadaña, nos saludó cordialmente en medio de un prado. Por suerte iba en dirección contraria.
El Camino cuando no era empedrado era cuesta arriba u obligaba a ir vadeando un arroyo de piedra en piedra. A eso de las 20.00 comenzaron a asaltarnos pequeñas dudas existenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿dónde estamos?, ¿quién nos mandaría ser peregrinos de a pie con lo rápido que se hacen kilómetros en coche?
Además la falta de esperanza tampoco ayudaba mucho a aligerar el camino: veíamos que no íbamos a cumplir nuestro primer objetivo (y eso que nos lo habíamos puesto facilito), que no nos íbamos a poder duchar y que empezaba a peligrar la cena porque aquí, aunque tienen una hora menos, viven como si tuvieran una hora más y a las diez de la noche ya no es fácil encontrar un sitio abierto, y menos en mitad de un monte o en unas aldeas casi deshabitadas.
Fue entonces cuando en una aldea cuyo nombre desconocíamos preguntamos a una anciana de unos 80 años por un sitio donde cenar: ella no entendió nuestra pregunta o quizá sí, pero de lo que no hay duda es de que nosotros no entendimos su respuesta, pero no nos desanimamos y volvimos a preguntarle despacito… a la tercera vez sí que nos desanimamos y continuamos nuestra marcha. Pocos metros más adelante vimos detrás de una cerca a un hombre que trabajaba en su huerto, le preguntamos por un sitio donde “yantar”… y ocurrió el milagro, porque Santiago no se ha olvidado de los dos peregrinos que hacen el camino portugués (sabemos que ayer pasó por Barcelos un grupo y hemos visto de lejos otros dos en bicicleta, pero todavía no nos hemos encontrado con ninguno, quizá porque ya no sean horas de peregrinar).
Decíamos que ocurrió el milagro: el hombre, de pelo cano, mirada azul y penetrante, rostro curtido por el sol, pero no envejecido, nos situó con una sonrisa en nuestro plano (habíamos hecho en cuatro horas 16 km, cuando nuestra idea era hacer 24) y nos preguntó (debíamos de tener bastante cara de pena) si queríamos tomar un “sándwich”… Nos miramos con cara de sorpresa: ¿habríamos entendido bien?, nos repitió la oferta con más énfasis: era una proposición sincera, no de pura cortesía. No supimos decir que no. Pasamos a la parcela y mientras su hija nos preparaba algo de comer, él nos enseñó sus vacas y sus cerdos. E. le contó que se dedicaba a dar clases de latín y griego y M. que era ingeniero y estaba con una beca en la universidad. Le resumimos nuestra primera etapa del Camino, le preguntamos por otros peregrinos, saludamos a un chaval que nos miraba desde el tractor y no paraba de sonreír y, de pronto, el hombre nos preguntó si queríamos tomar una ducha. Tras unos instantes de duda y vacilación, ¿qué es esto?, ¿nos está vacilando?, respondimos que no, que muchísimas gracias, que no queríamos abusar de su confianza… Insistió en su propuesta, no era un mero formalismo, nos lo decía de corazón, no había ningún problema… Recordamos aquel lamento de una hora antes: “si por lo menos supiésemos que al final nos espera una ducha”… y no supimos decir que no. Ni siquiera dejó que utilizásemos nuestras toallas. Era realmente una sensación extraña ducharse en una casa desconocida, de una familia desconocida, en un país extranjero, como si fuese tu propia casa.
Después de la ducha empezamos a ver el mundo de otro color y nos dispusimos a comer los “sándwiches”. Nos pasó al salón de la casa y allí nos esperaban unos huevos revueltos, unas lonchas de jamón, queso, una ensalada de tomates y cebollas (de la misma huerta, por supuesto), un excelente vino de fabricación propia, mermelada, galletas, crema de cacahuete, melón… Mientras comíamos seguíamos charlando con él: se dedicaba principalmente al campo y tenía algunas tierras, también había creado una fundación para recoger fondos y ayudar a los chavales del pueblo a estudiar…
En un momento dado, Amândio (por no decir san Amândio) nos dejó despachando las viandas y salió del salón, mientras nosotros no salíamos de nuestro asombro y no acabábamos de creernos lo que estábamos viviendo, casi convencidos de que era un sueño, un espejismo de peregrino que ha caminado demasiadas horas al sol. Decidimos esperar a que volviera, darle las gracias y despedirnos, andar unos 200 metros y plantar la tienda en cualquier parte. Al cabo del rato Amândio regresó diciendo que había hablado con su mujer, a la que todavía no habíamos visto porque estaba ordeñando las vacas, y nos aseguró que no tenían ningún inconveniente en que si queríamos nos quedásemos a dormir allí mismo. Tuvimos que hacer grandes esfuerzos para que los ojos no se nos saliesen de las órbitas. Dudamos, evaluamos, rechazamos la idea por demasiado peregrina, nos miramos, nos negamos, le miramos, insistió, titubeamos, “estáis a voluntade”, no hay ningún problema… y no supimos ni quisimos decir que no. Y aunque quisimos tampoco pudimos decir que no a que nos diera sábanas, aunque insistimos en que nos bastaba el saco…
Durante la cena de la familia estuvimos también sentados con ellos a la mesa. La anciana a la que habíamos preguntado al entrar en la aldea resultó ser la tía Rosa. El chaval sonriente con cara de pícaro, que ordeña vacas y maneja a sus 14 años el tractor como Fernando Alonso, es Domingo, sobrino de Amândio, que pasa con ellos los veranos. La hija, que tampoco paraba de reír y que nos había preparado el suculento tentempié al que después se sumó un delicioso bollo del que dimos buena cuenta, es Cecilia, y el año que viene, cuando acabe el bachillerato, quiere ir a España a estudiar medicina. La mujer de Amândio, a la que estamos especialmente agradecidos porque nos acogió en su casa sin conocernos, es Angelina y también lograba sonreír a pesar de que se notaba que había soportado un duro día de trabajo y de que no la dejamos ver a gusto la serie de tv que está siguiendo. Todos, con sus risas y su cariño, nos hicieron sentir como en casa, o incluso un poco mejor, por lo inesperado.
Incrédulos aún, convencidos de que mañana despertaremos muertos de hambre en una tienda de campaña mal puesta, nos hemos ido a la cama, con la esperanza de que la foto que nos hemos hecho con toda la familia siga ahí, en la cámara, como garantía de que los sueños también se viven.

26 de julio de 2004: Madrid-Alcalá de Henares-Oporto

“El camino más largo comienza por un paso”, dice un viejo proverbio… hindú, por ejemplo. Pero lo que no dice es que probablemente ese paso es el más complicado y que antes de ese paso hay que hacer un montón de cosas. Ponernos en camino para hacer el Camino nos ha llevado más tiempo de lo previsto.
En torno a las 11.00, E. ha ido con su coche (Braulio) desde Madrid a Alcalá de Henares para recoger a M., que le esperaba en casa con la terrible duda de si llevarse las zapatillas recién compradas para la ocasión o las viejas. Al final M. ha optado por las viejas para evitar ampollas. Después nos hemos cargado de los buenos deseos y recomendaciones de la madre de M., que nos ha proporcionado cuatro barritas energéticas porque nunca se sabe lo que puede pasar, nos hemos montado en Braulio y hemos ido al Decathlon para que E. completara su atuendo de peregrino con unos pantalones cortos. Allí se nos ha antojado un balón de gomaespuma, ligero, que hemos acabado comprando pensando que puede dar mucho juego, y allí, a punto de hacer la salida definitiva, nos hemos dado cuenta de que nos habíamos olvidado un pequeño detalle en casa de M.: las credenciales del peregrino y la información de las etapas. Así que hemos vuelto a empezar: ¿se nos olvida algo? ¿las zapatillas nuevas o viejas? ¿la cantimplora de uno o dos litros? ¿gorra o sombrero? ¿más barritas energéticas?…
Después, cuando ya salíamos de Alcalá por la N-II, hemos ido “un momentito” al Corte Inglés, para buscar alguna guía sobre el Camino de Santiago Portugués y hemos acabado casi convencidos de que el Camino Portugués no existe o de que vamos a ser los primeros peregrinos en realizarlo (haremos una guía). Pero como uno no puede salir de un centro comercial sin haberse dado cuenta de lo imprescindible que resultaba algo, hemos comprado unas pilas pequeñas, recargables, para la linterna y para poder escuchar algo de música, sin pasarse, durante el Camino. Una hora más tarde salíamos del centro comercial.
El viaje en coche hasta Portugal no ha tenido demasiadas incidencias, pero nos hemos empezado a dar cuenta de lo difícil que es cumplir objetivos: habíamos decidido parar a comer en Tordesillas y nos hemos quedado con las ganas porque nos hemos pasado la entrada buena y hemos acabado unos kilómetros más allá, en Toro, en “El rey de la sepia”, que ha sido rico, barato y… sobre todo, rápido, porque era algo tarde, los dueños tenían prisa y ya acabando el primer plato nos han preguntado por el postre.
No es extraño que Zamora, que también existe, no se ganase en una hora porque hay que dar demasiadas vueltas para conseguir salir de la ciudad. Tenemos la sospecha de que las indicaciones hacia Portugal en realidad esconden un recorrido turístico por lo más significativo de la zona.
La entrada a Portugal: 18.30. Lo que en el mapa tiene color de autovía es una carretera de dos sentidos con carril de adelantamiento en las cuestas, eso sí, con las luces dadas. Por fin nos hemos metido en una autopista “portagem”, que resulta que significa peaje, no sin antes haber confirmado que en Portugal hay muchos incendios, pero pocas casas: desde el coche M. disparaba frenéticamente la cámara de fotos digital para conseguir una buena instantánea del flamante helicóptero apagaincendios.

Oporto, una ciudad demasiado industrial y demasiado empinada nos ha decepcionado un tanto. Quizá lo mejor que tenga es la niebla del Duero que le da un tono irreal. Y los puentes, unos más fantasmas que otros. Hemos aparcado junto a la iglesia de La Lappa y hemos empezado a buscar un sitio donde pernoctar: en un edificio viejo había un cartel en el que se ofrecían habitaciones y sin pensarlo mucho hemos llamado. Nos ha abierto una mujer joven con la cara envejecida por el cansancio y nos ha explicado que allí no le quedaban habitaciones, pero que tenía otras en otro edificio y nos ha acompañado unas calles más arriba (las cuestas del 25% nos han venido bien para entrenar) hasta un piso bajo en un edificio antiguo, con tres habitaciones, un cuarto de baño, una cocina y una sala de estar. Como nos había contado que en una de las habitaciones hay una señora y en la sala de estar hemos visto un periódico en chino, hemos deducido que una de las habitantes de aquel lugar es china (estamos hechos unos Holmes). Nos ha dado la llave del piso y de nuestra habitación y hemos reemprendido nuestro recorrido turístico buscando un sitio donde poder cenar. Providencialmente (el Apóstol se está portando), después de unas cuantas vueltas hemos encontrado el sitio adecuado y nos hemos pulido el presupuesto de dos días, porque hay que tomar fuerzas para los duros días que nos esperan…

Ahora estamos en nuestra habitación de Oporto: dos camas y dos medias almohadas. Cuando hemos llegado estaba la señora viendo la televisión en la sala de estar y ha resultado no ser china: ya se ve que es mejor no fiarse de las apariencias.
Después de saludar a la señora y de vuelta a nuestra habitación, M. se ha equivocado, ha abierto otra habitación habitada, ha pedido perdón y el inquilino le ha respondido “no pasa nada” en perfecto castellano,… tras unos momentos de duda hemos vuelto sobre nuestros pasos, animados por el palo entrevisto al fondo de la habitación (¿un peregrino?), y hemos llamado a su puerta. Efectivamente, era un peregrino, de Málaga,… pero estaba ya de vuelta y, además, había hecho el Camino francés. Nos ha convencido de que toda lucha contra las ampollas es inútil: mañana veremos, que ya es hora de aprovechar nuestras últimas sábanas. Nos hemos puesto el despertador del móvil con música de Mozart a las 8.00.

Ultreia

Mañana hace justo tres años terminé de hacer el Camino de Santiago. No era la primera vez que lo hacía. De hecho, lo había caminado ya en otras dos ocasiones, ambas por el Camino francés, desde Villafranca del Bierzo. Esta vez, el tercer viaje, seguí el Camino portugués, desde Barcelos (creo recordar que unos 200 km) con Manolo, un amigo mucho más amigo desde entonces.
De todos los caminos guardo un especial recuerdo y creo, sin lugar a dudas, que los tres son los mejores planes que he hecho nunca. Sin embargo, de los dos primeros, aunque lo intenté, no fui capaz de llevar un diario. Del último, es decir, del de hace ahora tres años, sí que conseguí escribir el diario, más que nada porque en el albergue en que pernoctamos justo la noche antes de llegar a Santiago, encontramos un folleto que anunciaba un concurso de relatos sobre el Camino de Santiago y, no sé a los demás, pero a mí siempre me ha facilitado la inspiración el que hubiese un premio por medio y una fecha límite de entrega, aunque después no fuese a ganar.
Tampoco esta vez gané (a todo esto, no sé si aquí he contado que una vez, hace ya unos cuantos años, sí que gané y que, de momento, ese triunfo demasiado tempranero ha arruinado mi carrera de escritor: si no lo he contado, ya lo contaré porque tiene su gracia). Decía que tampoco esta vez gané, pero el relato quedó entre los 20 mejores, el sexto para ser más exactos, y fue publicado por la Xunta de Galicia en un libro titulado: Concurso Literario de Relato Curto: “Camiños de vida”. No sé cuántos ejemplares se hicieron, tal vez un par para cada uno de los autores publicados y otros quince o veinte para tenerlos en algún rincón.
El caso es que se me ha ocurrido que a lo mejor podía volver a publicarlo aquí, añadiendo algunas fotos de las que hicimos en esa ocasión, para revivir la historia. Y me hubiese gustado hacerlo publicando cada entrada en su día correspondiente, pero ya se me ha pasado el 26 de julio, que es cuando empezamos, y tampoco quiero esperar al año que viene, no vaya a ser que se me olvide.
He revisado el texto que escribí en aquel entonces y aunque hay cosas y formas de decir que no me acaban de convencer, he decidido dejarlo tal cual, no por el prurito del respeto histórico a lo escrito en su momento, sino porque no me veo con fuerzas para ir rehaciendo otra vez todo lo que escribí hace tres años.
Tampoco sé si seré capaz de publicar esto día a día, porque dentro de poco me voy de vacaciones a un lugar donde quizá no exista Internet y lo mismo me quedo a medio Camino.
Si uno no lee esta entrada, a lo mejor se puede hacer a la idea de que está leyendo lo que un peregrino escribe sobre la marcha, como una crónica de peregrinaje que le llega con unos días de retraso. O si uno ha leído esta entrada también se puede imaginar que es la crónica de un peregrino que está haciendo el Camino en este mismo instante, que para eso está la literatura.
Ah, una última cosa: el título del relato era “Ultreia”, que no sé muy bien lo que significa, pero queda muy gallego y muy peregrino y era una especie de grito de ánimo entre los que se encontraban en el Camino. Lo dicho. Ultreia.