Con Braulio, de revisión

He estado en la revisión periódica con Braulio. Se ve que no le hacía mucha gracia y al principio se ha negado a ir, él que siempre está tan dispuesto para todo. Quizá todavía tenía malos recuerdos de la última vez.
Pero le he dicho que era lo mejor, que total tarde o temprano habría que pasar por ese trago y que seguro que un 20 de julio a las cuatro de la tarde, en un pueblo perdido de Alicante no tendríamos que esperar mucho. Y así ha sido. Hemos llegado y nos han hecho pasar inmediatamente.
Yo he sufrido todo en silencio, pero quizá más que él: mientras le están observando uno teme que le van a encontrar algo, a pesar de su aspecto saludable. Intentas extraer conclusiones de la cara del revisador, pero se ve que conoce bien su trabajo y sabe poner muy bien cara de póker que puede significar “no hay ningún problema” o “vaya, esto que tiene es bastante serio”.
Yo, mientras duraba la revisión, hacía que leía el diario de A. T. (así, con iniciales, como a él le gusta), pero era incapaz de concentrarme.
Al final, el veredicto ha sido “favorable” y no tendremos que volver hasta dentro de dos años. Braulio estará contento, es ya su segunda ITV y hasta ahora nunca ha tenido ningún problema para salir airoso de tan mal trago.

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Nuevo destino

Ayer salieron por fin los destinos, aunque todavía tienen carácter provisional.
Hasta última hora del día no pude mirarlos en Internet porque estuve de excursión con unos amigos, visitando Cartagena, y cuando volvíamos decidimos echar gasolina a uno de los coches que nos había dejado otro amigo para tal ocasión.
El conductor de ese coche salió bastante seguro y se dispuso a echarle gasolina sin plomo. Yo le pregunté si estaba seguro y me dijo que sí porque no se había encendido la resistencia al encender el coche… Cuando ya llevaba unos cuantos litros uno de los gasolineros le advirtió: “estás echando gasolina eurosuper…·. “Sí, ya lo sé, muchas gracias”. Cuando el depósito ya estaba casi lleno, el bueno del gasolinero volvió a preguntar: “¿estás seguro de que no es Diesel?”. Y entonces empezamos a no estar tan seguros. Y vimos en el maletero del coche que ponía bien clarito “HDi” y también vimos que en la propia boca del depósito una pequeña pegatina no dejaba lugar a dudas: “Diesel”.
Ante nuestra cara de compunción y desconcierto el gasolinero puso la suya de “vaya por Dios, estos listillos el trabajo que me van a dar”. Pero muy amablemente nos dijo que retirásemos el coche. Lo acercamos a los tanques de gasolina y allí con un aparato que tiene para este tipo de ocasiones, porque el mundo debe de estar lleno de listillos, fuimos vaciando los cuarentaicinco litros que le habíamos endiñado al pobre coche.
A todo esto yo me subía por las paredes y por un momento temí incendiar la gasolinera con lo encendido que estaba, temiéndome que la maldita burocracia también se equivocase conmigo y me pusiese del instituto que no era.
Recibí entonces un mensaje de un amigo que encontré el año pasado defendiendo su tema justo después de haberlo hecho yo: es de las mejores cosas que me ha dado la oposición y a lo largo de todo el curso hemos ido intercambiando experiencias y quedando de vez en cuando para arreglar el mundo. El caso es que como su apellido es el siguiente en la lista al mío me daba información de en qué instituto había acabado…
Claro que hasta que no lo comprobase con mis propios ojos, prefería no fiarme. Por fin, llenamos el coche del gasóleo correspondiente (los gasolineros fueron tan amables de cobrarnos sólo la segunda ronda) y acabamos la excursión.
Entre en Internet y… no funcionaba. Por suerte no se trataba de ningún problema técnico que excediese mis escasos conocimientos informáticos y en poco tiempo lo hube arreglado.
Miré las listas y di un bote de alegría: el curso que viene seguiré en el IES Valdebernardo. Pero la alegría no me duró mucho, porque después me puse a mirar la suerte de los que habían sido mis compañeros de fatigas de este año y vi, con dolor, que X no seguirá y que tampoco estará W, ni Z, ni Y, ni lo mejor del abecedario que tenía el instituto. Y a la alegría del principio se le mezcló una tristeza rara y empecé a echarlos a todos de menos ya antes de tiempo.
Así que, al final, ha sido una sensación agridulce. Claro que para animarme pensé en todos los demás que sí siguen y en los alumnos y en las familias y… me volvió la sonrisa. De todas formas, los amigos que he ganado espero no perderlos. Seguiremos arreglando el mundo, aunque ahora nos veamos más de tarde en tarde.
Sin ellos el instituto será distinto. En el fondo es como un nuevo destino.

Esperando sentencia

Llevo varios días en los que me paso por aquí, dispuesto a escribir alguna que otra cosa, leo y agradezco los últimos comentarios, descubro que tengo que cubrir alguna laguna en mi literatura juvenil como Los escarabajos vuelan al atardecer y quizá Harry Potter, introduzco la contraseña para escribir un nuevo artículo… pero después el barco se me aleja y miro el correo, dos o tres páginas más de Internet, y me voy por donde he venido, sin hacer ruido y sin escribir una sola línea, pensando que mañana estaré un poco más inspirado, que lo que quiero escribir requiere tiempo y calma y no sé cuántas excusas más.
Pero hoy no he aguantado más: mañana me dictan sentencia, si no me equivoco, y empiezo a estar en un sinvivir.
Mañana saldrá mi destino del curso que viene y aunque me gustaría seguir donde he estado este año no quiero hacerme demasiadas ilusiones para que después la desilusión no sea mayor. Además, quién sabe si acaso, por difícil que parezca (cerca de casa, buenos compañeros, buen ambiente de trabajo, buenos alumnos…), me espera un destino mejor. Dentro de nada saldré de dudas y ya os contaré…

Libros de literatura juvenil que me apasionaron

Hablaba en la entrada anterior de incluir una lista de recomendaciones de libros juveniles y pensaba buscarla por ahí y colgar la que me pareciese interesante, pero al final he optado por poner la lista de los libros que leí en mi infancia y adolescencia y recuerdo que me gustaron.

Por desgracia, de muchos de ellos he olvidado el autor o incluso el título, pero iré desperdigando por aquí y por allá los que se me vayan ocurriendo sobre la marcha.

Creo recordar que el primer libro que me leí y me enganchó fue Los hijos del capitán Grant, que me regaló tal vez mi abuela por mi cumpleaños (no sé qué cumpleaños, pongamos el décimo): el libro pertenecía a una colección de adaptaciones y después me ha dado rabia pensar que parte de lo que leí en mi infancia no eran obras auténticas, sino adaptadas, aunque quizá gracias a que eran adaptadas las leí y me enganché a la lectura: enfermedad de la que afortunadamente todavía no me he curado. La colección se llamaba “nuevo auriga” y de esa colección también recuerdo con cariño El último mohicano, Flecha negra

También recuerdo una colección de literatura juvenil, si no me equivoco de Austral, que incluía títulos como Los batautos hacen batautadas, Doneval, Historias de la Tía Tula,… y Aventuras de “La mano negra”, de esa misma colección, que era un libro en el que a cada historia le acompañaba un dibujo que escondía la pista que daba la clave para resolver el misterio que investigaban los jóvenes integrantes de “La mano negra”.

Por supuesto guardan un puesto de honor en mi memoria Los libros de los tres investigadores, de Alfred Hitckoch, que incluían historias de intriga y misterio: una, cuyo título no recuerdo, tuve que dejarla de leer durante un tiempo vivamente impresionado por una de las ilustraciones en las que un tío con cara de loco y empuñando un cuchillo amenazaba a los pobres investigadores. Y junto a los de Los tres investigadores, me vienen a la cabeza los libros de Los cinco, de Edith Blyton, cuyas aventuras reconstruía después con los “cliKs” de playmobil.

Leí muchos libros de Elige tu propia aventura, colección que no sé si ha desaparecido ya, pero que te permitía ir eligiendo entre distintas opciones y acudiendo a páginas diferentes de modo que la historia no siempre acababa bien.

Quizá fue un poco más adelante cuando disfruté leyendo El pequeño Nicolás y sus distintas aventuras, de Sempè y Goscînny (no sé si los acentos de los nombres de los autores son ésos). Otro gran descubrimiento fue Roald Dhal: Matilda, El Gran Gigante Bonachón, Las brujas y, un poco más adelante, Relatos de lo inesperado.

Libros que siempre que los recuerdo me arrancan una sonrisa son Fray Perico y su borrico, El Pampinoplas, El pirata Garrapata

Otros libros, más poéticos y más tiernos, fueron Mi planta de naranja-lima de J.M. Vasconcelos, o Bambi, de Federico Saltén, muy distinto a lo que uno se espera condicionado por Disney (lo mismo me pasó con Pinocho, de Collodi, y con Peter Pan de James Barrie).

Sin lugar a dudas disfruté también de algún clásico como La isla del Tesoro y El Doctor Jekill y Mr. Hyde, de Stevenson, o los de H.G. Wells, El hombre invisible, La máquina del tiempo, La guerra de los mundos.

De mi adolescencia, Jack London fue uno de los autores más leídos y queridos: La quimera del oro, conjunto de historias breves sobre los buscadores de oro en Alaska, La llamada de lo salvaje, Colmillo Blanco, El lobo de mar… Después, otros cuentos suyos de los mares del sur acabaron por decepcionarme. Ray Bradbury también me deslumbró con sus Crónicas marcianas, apasionante libros de relatos imprevisibles e ingeniosos, El vino del estío, memoria del último verano de un adolescente antes de convertirse en adulto, Farenheit 451, La feria de las tinieblas…, pero me agotó con algunos otros libros.

En el terreno de libros fantásticos, uno de mis mayores descubrimientos fue Alexander Lloyd, con sus Crónicas de Prydain, que incluye El libro de los tres, El caldero mágico y otros cuantos libros más. Llegué a él bastante antes que a Tolkien (El señor de los anillos me lo leí ya siendo universitario y me apasionó, a pesar de que lo empecé con unos cuantos prejuicios). También en literatura fantástica me sorprendió Un mago de Terramar, de Ursula K. Leguin, cuyas continuaciones me gustaron menos. Las crónicas de Narnia, de Lewis, por su parte, tuvieron su momento, mucho antes de que llegasen al cine. Con el que todavía no he empezado y de momento quiero esperar a que se le pase tanta fama es con Harry Potter (una de mis manías es no leer los libros que lee todo el mundo porque están de moda, aunque luego muchos de esos libros me los he leído y me han encantado).

Siguiendo con la lista, sin ningún orden concreto, recuerdo con gusto La guerra de los botones de no me acuerdo quién y Rebeldes de H. S. Hinton y La aparición del eterno femenino de Álvaro Pombo y Las aventuras de Hucklberry Finn de Mark Twain y Los ojos de Amy, de Richard Kennedy y…

Bueno, de momento vale como aperitivo que es la hora de la comida y me está entrando hambre.

Selección de libros para el verano

El verano siempre es una buena ocasión para dedicar algo más de tiempo a la lectura. A mí por lo menos lo que me gusta en verano es leer libros “tochos” que rebasen de largo las quinientas páginas. Ahora mismo estoy con El jardín de la pólvora, uno de los diarios de Andrés Trapiello (789 páginas) que nunca deja de sorprenderme por su prosa sencilla y certera, rica en vocabulario sin que resulte pedante (ayer aprendí varias palabras que desconocía: “peteretes”, “chirlata”, “barzonear”, “balduque”, pero que estaban en frases en las que parecía lo más adecuado que estuviesen…). También me sorprende de Trapiello su incansable capacidad para las comparaciones y las metáforas y lo leo con gusto, aunque de vez en cuando me lleve algún disgusto cuando deja la cotidianidad y saca el cuchillo de carnicero para destripar a algún crítico o enemigo.
Otros libros que tengo preparados son Moby Dick (sí, lo confieso, todavía no lo he leído) o El Molino del Floss, junto a alguno de poesía y también algún que otro ensayo.
Pero como tengo un amigo que es, entre otras muchas cosas, crítico literario y me ha pasado una lista de libros para este verano, como lo hiciera ya el verano pasado, pongo a continuación esa lista (la inmensa mayoría de los libros que aparcen no me los he leído, pero es un crítico fiable: me ha recomendado libros desde que tenía 15 años -yo, no él-, porque antes que amigo fue mi profesor de Literatura y uno de los principales culpables de que me dedique a lo que me dedico, y no recuerdo que ninguno de los libros recomendados me haya decepcionado). Basta ya de preámbulos. Aquí está la lista, a la que me gustaría añadirle algunos libros de literatura juvenil por si hay algún alumno desprevenido que se pasa por aquí y le entran unas ganas irresistibles de leer. Incluyo también el breve comentario redactado por el ilustre crítico para dar unas pinceladas sobre el contenido y el tema del libro:

Khlaled Hosseini, Cometas en el cielo. Ambientada en Afganistán y Estados Unidos, esta novela ya se ha publicado en más de treinta idiomas. Tiene un apasionante argumento, dosis de sano exotismo y una contagiosa humanidad. La trágica y reciente historia de Afganistán es el telón de fondo de un argumento basado en la ruptura de la amistad entre dos chavales, Amir y Hassan. Amir es el hijo de Baba, uno de los comerciantes más ricos de Kabul; Hassan es el hijo del criado de Baba, Alí. Años después, le surge a Amir, ya en Estados Unidos, la posibilidad de redimir su vida pasada. (Salamandra. 384 págs. 18,20 €.). (Nota del Copiador: se lo recomendé a un amigo que se lo regaló a su novia y a ésta le ha encantado, pero ha estado hecha polvo durante varios días, angustiada y con lágrimas, porque la historia es realmente fuerte).

Tom Holland, Fuego persa. Holland, guionista de cine e historiador británico de prestigio, sitúa esta novela en el siglo V antes de Cristo, en los planes de expansión del todopoderoso imperio persa, que se enfrentará a un enemigo en apariencia muy inferior, los hoplitas. Muy bien documentada, la novela sitúa la acción en el contexto de los pueblos helénicos de la época y explica también bastantes cosas sobre las relaciones entre Oriente y Occidente, tensas ya en aquellos tiempos. El rey persa Jerjes no está dispuesto a que unos pocos griegos frenen sus planes. (Planeta. 508 págs. 23 €.).

Paul Torday, La pesca del salmón en Yemen. “He llegado a la conclusión de que crear un río salmonero en Yemen sería en todos los sentidos una bendición para mi país”, afirma el jeque Mohamed ben Zahidi, uno de los protagonistas de esta entretenida novela, que también reflexiona sobre las relaciones entre Oriente y Occidente. La empresa, peregrina desde todos los puntos de vista, es bien acogida por los políticos británicos por sus posibilidades propagandísticas. El autor utiliza este insólito argumento para realizar una ingeniosa sátira de la escala de valores de Gran Bretaña y de su clase política. (Salamandra. 320 págs. 16,50 €.).

Arto Paasilinna, Delicioso suicidio en grupo. “El enemigo más poderoso de los finlandeses es la oscuridad, la apatía sin fin”, se lee al principio de esta divertida novela con la que el escritor Arto Paasilinna (1942), uno de los más leídos de la literatura contemporánea finlandesa, se enfrenta a una de las lacras de su país: el alto índice de suicidios. Pero Paasilinna huye de la tragedia y se enfrenta con los problemas contemporáneos con una actitud irónica repleta de un sano y benéfico humor, que transmite una contagiosa esperanza de vivir. La mejor manera de afrontar esta penosa realidad es con humor, buscando la carcajada y la sonrisa cómplice de unos lectores que asisten atónitos a las ocurrencias de unos personajes que supuestamente van a la deriva. (Anagrama. 271 págs. 18,50 €.).

Ian McEwan, En las nubes. Recupera Anagrama esta novela que, por su temática y estilo, se aparta de las habituales ficciones del escritor británico. El protagonista es Peter Fortune, un niño de diez años al que juzgan un poco difícil. Sus profesores, sus padres, su hermana pequeña y sus amigos observan que, con cierta frecuencia, Peter está con la cabeza “en las nubes”. Dejándose llevar por una imaginación desbordante, se mete tanto en sus ensueños que llega a experimentar verdaderas trasformaciones. Detrás de cada peripecia se esconde un aprendizaje moral: Peter no será el mismo después de cada una de estas extrañas experiencias y aprenderá a comprender a los demás y a juzgar su entorno con una nueva madurez. (Anagrama. 148 págs. 15 €.).

William Maxwell, Vinieron como golondrinas. Año 1918, una ciudad del Medio Oeste norteamericano, unas semanas en la vida del matrimonio Morison, James y Elisabeth, y sus hijos, Robert y Bunny, de trece y ocho años, respectivamente. Cuando Elisabeth está en las últimas semanas de su embarazo, una epidemia de gripe que asola el país afecta primero a Bunny y luego a ella. Con una prosa transparente y atención al detalle, con una intensidad emocional que también parece derivarse de los acentos autobiográficos que resuenan en la historia, se muestra el papel central de una mujer en su entorno familiar. (Libros del Asteroide. 210 págs. 15,95 €.).

Jack London, Martín Eden. Un suceso inesperado lleva al marinero Martín Eden a descubrir las ventajas de la vida burguesa y de manera especial los efectos benéficos de la cultura. De la mano de la joven Ruth Morse entra en el mundo de la sensibilidad estética. Desde entonces, Martín luchará con todas sus fuerzas para abrirse camino como escritor, superando los numerosos obstáculos y dificultades que aparecen en su camino. London se inspiró en su propia biografía para escribir una novela que, a pesar del pesimismo final, transmite pasión, acción y amor por la literatura. (Alba. 432 págs. 30 €.).

W. Somerset Maugham, El velo pintado. Publicada en 1925, se trata de una de las mejores novelas de este escritor británico. Artesano del melodrama moral, Maugham gusta de argumentos complejos que suelen pivotar sobre conflictos afectivos de notable barroquismo. El velo pintado (que ha vuelto a ser llevada al cine recientemente) cuenta el viaje –moral y geográfico- de dos ingleses, Walter y Kitty. La pareja ha contraído matrimonio casi sin haberse tratado y, al poco, se establecen en Shangai. La infidelidad de ella moverá al marido a ofrecerse voluntario para ir como médico a un pueblo del interior de China. A su pesar, Kitty se ve obligada a acompañarle. Muchas situaciones dramáticas tienen un ritmo estupendo, con diálogos muy bien escritos. (Bruguera. 288 págs. 15 €.).

John Steinbeck, La perla. Para conmemorar su sesenta aniversario, Edhasa ha reeditado un grupo de novelas de las más leídas a lo largo de su historia. Una de ellas es La perla, una de las mejores novelas del que fuera premio Nobel de Literatura 1962 John Steinbeck (1902-1968). Se trata de una historia que se centra en la vida de Kino, un pescador de perlas, casado con Juana y con un niño recién nacido, Coyotito. Un penoso incidente –a Coyotito le muerde un escorpión- lleva a la familia a darse de bruces con la injusticia. El descubrimiento de una descomunal perla puede ser la solución de todo… o puede desatar una tragedia. (Edhasa. 144 págs. 17 €.).

Fernando Aramburu, Los peces de la amargura. Aramburu cuenta con una sólida trayectoria literaria. Sus libros destacan por su entusiasta manejo del idioma y por la creación de unos personajes que viven sumergidos en un singular surrealismo. Sin embargo, estos relatos poco tienen que ver con el resto de su producción. Los argumentos se centran exclusivamente en las víctimas del terrorismo de ETA. Aramburu se muestra especialmente lúcido a la hora de describir el ambiente en el que viven las víctimas, abordado de diferentes maneras y perspectivas, sin caer en el melodrama. Estos relatos muestran dramas y situaciones auténticas y verosímiles, escritas con una mirada literaria. Aramburu ha escrito un meritorio libro, no un panfleto. (Tusquets. 242 págs. 16 €.).

Nancy Mitford, Amor en clima frío. Mitford, (1904-1973), londinense y primogénita del barón de Redesdale, retrata con aguda ironía las dificultades de la aristocrática familia Montdore para casar a su hija Polly, con un estilo parecido a su anterior novela, A la caza del amor. Mitford asume el papel de amiga y narradora de las fiestas, diversiones y asuntos amorosos como un torrente divertido, dicharachero y, a la vez, muy crítico con esa sociedad. Su sentido del humor, agudeza de ingenio y soltura narrativa, convierten su lectura en una verdadera diversión. (Libros del Asteroide. 332 págs. 18,95 €.).

Joseph Roth, Job. Esta novela cuenta la historia del judío Mendel Singer, un rabino de una pequeña localidad rusa. Casado, con cuatro hijos, Mendel es una persona sin muchas ambiciones que vive entregada a sus obligaciones religiosas. Cuando sus hijos son mayores, las cosas se le complican cuando el mayor decide huir a América. Un día reciben buenas noticias de él y se van a vivir a Nueva York. Se traslada toda la familia menos el pequeño, Menuchim, que había nacido tullido. Pero en América se tuercen las cosas. Roth centra su narración en la sencilla personalidad del rabino y en los duros sucesos que padece y que hacen tambalear su fe. Todo está descrito de una manera amable, cercana y familiar. (Acantilado. 224 págs. 17 €.).

Iréne Némirovsky, David Golder. Publicada en 1929, fue la novela que abrió a esta autora rusa las puertas del mundo literario francés. Se trata de un buen ejemplo de su literatura, pues aparecen temas que serán habituales, como el mundo de la oligarquía rusa y judía instalada en Francia y las siempre tensas relaciones entre padres e hijos. El ruso David Golder, el protagonista, es un banquero que vive por y para sus negocios. Mientras él viaja de un lado, su mujer y su hija dilapidan su dinero con todo tipo de
fiestas y amantes. Némirovsky novela las consecuencias de la desmedida pasión por el dinero en todos los personajes. (Salamandra. 158 págs. 11,90 €.).

Stefan Zweig, El candelabro enterrado. Novela con resonancias históricas y bíblicas que tiene como principal protagonista a la menorá, el candelabro sagrado de siete brazos que procede del Templo de Salomón. Al mando de Genserico, los vándalos entran a saco en la ciudad de Roma, apoderándose de todos sus bienes, entre ellos de la menorá, lo que conmociona a toda la comunidad judía. Un grupo de judíos ancianos deciden despedir la menorá en su forzado viaje a tierras africanas. Pensando en la posteridad, estos ancianos se llevan a Benjamín, un niño, para que sea testigo ante las siguientes generaciones de un suceso trágico y a la vez histórico. Con un estilo legendario, Zweig facilita que los lectores penetren en la simbología judía y en la idiosincrasia de un pueblo en continua peregrinación. (Acantilado. 139 págs. 14 €.).

Ernest Hemingway, Cuentos. Uno de los rasgos más sobresalientes de la narrativa de Hemingway es la fusión entre su vida y su literatura. Pocos escritores supieron sacarle tanto partido literario a sus aventuras personales, historias –y leyendas- con las que dio forma a su singular, romántica y primitiva visión de la existencia. A comienzos de la década de los años veinte publica un buen número de relatos, donde ya aparecen los temas habituales de su literatura. Hay cuentos ambientados en el mundo del toreo, la caza, la pesca, la guerra, el boxeo… Algunos relatos son emblemáticos a la hora de mostrar su concepción agónica de la existencia, donde lo importante es la lucha terrestre y vital. (Lumen. 596 págs. 24,90 €.).

John Boyne, El niño con el pijama a rayas. El protagonista de esta breve pero intensa y emotiva novela es Bruno, un niño de nueve años que es hijo de un comandante nazi. La novela comienza cuando el padre es trasladado de Berlín y destinado a un campo de concentración. Bruno no sabe nada de lo que es un campo de concentración y mucho menos de la cuestión judía. Un día, dando una vuelta por los alrededores, conoce a Schmuel, un niño polaco y judío que se encuentra al otro lado de la valla y con el que surge una escondida y peligrosa amistad. La novela tiene su trampa melodramática, pero el autor acierta con el ingenuo e infantil punto de vista, lo que da a toda la narración una perspectiva distinta, nueva, eficaz. (Salamandra. 224 págs. 12,50 €.).

Hisham Matar, Solo en el mundo. Solimán es un niño que vive en Trípoli en los primeros tiempos de Gaddafi. A medida que el objeto de sus pensamientos se desplaza de su propio yo hacia el mundo que le rodea, las inclemencias de una sociedad revolucionaria y el impacto que esta genera en la vida de su familia desatan en él la conciencia de la crueldad. Solo en el mundo es el testimonio de un paso traumático de la infancia a la juventud, un proceso exacerbado por culpa de un régimen infame. Relatada en primera persona por el propio Solimán, la narración reviste una estructura lineal y abarca desde la primera infancia del niño hasta que cumple -en su destierro en El Cairo- los 25 años. (Salamandra. 252 págs. 14,80).

John R. R. Tolkien, Los hijos de Húrin. En la Batalla de las Lágrimas Innumerables, mucho antes de lo que se cuenta en El Señor de los anillos, después de derrotar a los ejércitos de los hombres y de los elfos, Morgoth captura como prisionero a Húrin, uno de los jefes de los hombres, y lo deja con vida para que compruebe cómo se cumplirá la maldición que pronuncia sobre su descendencia. A partir de aquí, el protagonismo lo tendrá Túrin, el hijo de Húrin, de doce años y con un carácter orgulloso. Esta historia aparece ahora en una reconstrucción preparada por el hijo de Tolkien. Conviene advertir que se trata de un relato profundamente trágico y violento con resonancias míticas y en el que no hay cabida para el humor. La novela tiene la magia narrativa propia de Tolkien. (Minotauro. 282 págs. 19,95 €.).

Orhan Pamuk, Estambul. La relación con Estambul es el hilo conductor de este nuevo libro del último premio Nobel, el turco Pamuk, que combina lo memorialístico con la descripción del alma de una ciudad con la que ha estado en permanente contacto. Pamuk cuenta sus recuerdos de infancia y juventud, y recorre el Bósforo, los barrios populares y las zonas de tiendas, para descubrir una ciudad destartalada en proceso de transformación. (Mondadori. 432 págs. 22 €.).

Miguel Delibes, Viejas historias y cuentos completos. Este volumen reúne toda la narrativa breve de este escritor vallisoletano. No son textos de menor calidad que sus novelas más celebradas. Delibes practicó con asiduidad un género para el que estaba especialmente dotado, sobre todo en su vertiente costumbrista. Hay magníficos relatos, como La partida o La mortaja y excelentes narraciones no tan conocidas que merece la pena descubrir, como Viejas historias de Castilla la Vieja y La caza de la perdiz roja. Delibes es un maestro en retratar una Castilla en vías de extinción que, en sus páginas e historias, se convierte en un territorio vivo e inmortal. (Menoscuarto. 536 págs. 21 €.).

William Saroyan, Las aventuras de Wesley Jackson. Acantilado continúa con la reedición de las obras más importantes de este escritor norteamericano (1908-1981). Ya han publicado La comedia humana, El joven audaz sobre el trapecio volante y Me llamo Aram. Esta nueva novela comienza cuando el narrador, el joven Wesley Jackson, es llamado a filas. La guerra ya está muy avanzada y Wesley sabe que su destino será luchar contra las tropas alemanas. Mientras tanto, cuenta su vida como militar, las amistades que hace en el ejército y, a la vez, cuenta retazos de una vida nada fácil. Wesley intenta hacer realidad el consejo más importante que ha recibido de su padre: “No hay verdad, ni belleza, ni bien, ni cielo, ni Dios sin amor”. (Acantilado. 390 págs. 21 €.).

Arturo Pérez-Reverte, Corsarios de Levante. Sexta novela de “Las aventuras del capitán Alatriste”. En esta ocasión, el joven Iñigo Balboa, ya con diecisiete años, y el capitán Alatriste se embarcan en una galera, la Mulata, que recorre diferentes puertos del mediterráneo, desde Melilla y Orán hasta Malta y Nápoles. La aventuras se suceden a buen ritmo, con los turcos y algunos piratas como feroces enemigos. Pérez-Reverte acompaña la acción con digresiones sobre la historia, el ambiente y el lenguaje de la España del siglo XVII. (Alfaguara. 356 pág. 20 €.).

Susanna Tamaro, Escucha mi voz. Ya hace más de diez años que esta escritora italiana consiguió un espectacular éxito con Donde el corazón te lleve, de la que lleva vendidos más de trece millones de ejemplares. La novela era el relato de la singular relación entre una abuela y su nieta, ausente de Trieste y residente en Estados Unidos. Ahora retoma los mismos personajes. Las relaciones entre la abuela y la nieta no son buenas y los enfrentamientos son continuos. A la vez, la abuela enferma gravemente. Es en ese momento cuando Marta descubre algunos papeles que hablan de su madre y de su padre. La novela es el proceso de indagación y reflexión sobre esos dos personajes. Al hilo de estas vivencias, la protagonista se replantea su vida y la búsqueda de un sentido. (Seix Barral. 224 págs. 15 €.).

Dorothy Sayers, Cinco pistas falsas. El argumento se centra en la resolución de un asesinato en la localidad escocesa de Galloway, donde el aristócrata y ocioso Lord Peter Wimsey pasa sus vacaciones. El pueblo es la sede de una curiosa colonia de pintores y pescadores. Uno de ellos, Campbell, impopular por su carácter arisco, aparece muerto una mañana. Los posibles culpables del asesinato son todos vecinos de la localidad, personajes curiosos y aficionados a la pesca y a la pintura. Sayers es una de las más importantes autoras de novela negra del siglo XX. (Lumen. 454 págs. 21,90 €.).

Julio Llamazares, El río del olvido. En 2006 se cumplieron veinticinco años del viaje que Llamazares realizó por el río Curueño, del que surgiría este libro. Ahora lo reedita Alfaguara, lo mismo que ha hecho con Escenas de cine mudo, otra de sus mejores obras. El relato de su recorrido por ese río leonés y por los lugares donde transcurrió su infancia tiene, además, un valor testimonial, pues podemos apreciar cómo han cambiado las cosas por aquellas tierras, aunque en esencia el paisaje y las gentes siguen siendo los mismos. Interesante y ameno viaje por la nostalgia y la memoria que es también una elegía a un pasado que nunca volverá. (Alfaguara. 226 págs. 17,50 €.).

Flannery O’Connor, Un encuentro tardío con el enemigo. De brevísima vida a causa de una enfermedad degenerativa (1925-1964), O’Connor está considerada como una de las principales voces de la narrativa breve americana. En sus personajes e historias se palpa un realismo que contempla lo peor y lo mejor de las personas, lo más banal y lo inaudito. A partir de situaciones reales, se muestran al lector un conjunto de intuiciones que señalan esas verdades profundas que siempre han conmovido al hombre. Y todo ello a partir de acontecimientos muy desconcertantes de la vida profesional o familiar de los protagonistas. (Encuentro. 344 págs. 24 €.).

Heinrich von Kleist , Michael Kohlhaas. Von Kleist (1777-1811) describe la tragedia de un hombre anclado en el temor de Dios y en la pasión por el trabajo que se transforma en bandido por su inflexible sentido de la justicia. La causa del cambio no es, aparentemente, muy grave: al protagonista, Michael Kohlhaas, una autoridad local le usurpa unos caballos de forma despótica y cruel. Pero las consecuencias trastocan la escala de valores del protagonista. Kohlhaas simboliza la rebelión justa contra los que vulneran los derechos fundamentales. Para Kohlhaas, la búsqueda de la autenticidad humana requiere héroes y este tipo de sacrificios personales. (Nórdica. 172 págs. 13 €.).

Javier García Sánchez, K2. El autor también escribió El Alpe D’Huez, una novela dedicada al mundo del ciclismo. Ahora realiza un personal homenaje al alpinismo de élite, la narración de una ascensión a la cumbre más importante del Himalaya. El hecho en sí tiene suficientes ingredientes llamativos (aventura, reto, situaciones físicas extremas, obsesión, miedos, dolor, muerte, compañerismo, técnica, etc.) para despertar el interés de cualquier lector, también del más profano. El esfuerzo del escritor en no caer en la guía de viajes le lleva a alargarse a través de su narrador en disquisiciones metafísicas prescindibles. Lo mismo que el relato de su amor obsesivo por Julia, que se quiere relacionar artificiosamente con la relación no menos obsesiva que tiene con esa montaña. (Planeta. 464 págs. 21 €.).

Jane Austen, Juicio y sentimiento. Esta novela, la primera de la autora, presenta el contraste sentimental y de carácter que existe entre dos hermanas, Elinor y Marianne. La descripción de sus sentimientos da pie para ofrecer un amplio fresco de la aristocracia y la clase media adinerada inglesa. Todos los personajes, por su nivel social, viven sólo para las amistades, el cultivo de las artes, las tertulias diarias, las diversiones y el amor. Jane Austen muestra también los desvaríos e injusticias que pueden cometerse cuando se juzga a las personas sólo por su renta. El retrato psicológico, como era de esperar en Austen, resulta muy meritorio, además de su habilidad para describir hasta los más mínimos detalles de una clase social obsesionada por el respeto a las formas. (Alba. 467 págs. 23 €.).

Yasmina Khadra, El atentado. Yasmina Khadra es el seudónimo que el ex militar argelino Mohamed Moulesshoul ha utilizado para disfrazar su identidad y evitar la persecución de sus novelas. Aquí cuenta la historia de Amín, un cirujano israelí de origen palestino que trabaja en Tel Aviv. Su vida apacible se resquebraja el día en que su mujer, Sihem, muere en un atentado. Amín pierde por completo el rumbo cuando descubre que su esposa fue la terrorista suicida. La novela indaga en las motivaciones del fundamentalismo islámico, en cómo puede germinar en un ambiente educado y culto y pasar desapercibido a los ojos más atentos. También critica la política israelí, el caldo de cultivo en que florece el resentimiento de los oprimidos. (Alianza. 220 págs. 16 €.).

Amélie Nothomb, Ácido sulfúrico. Un buen día, se producen redadas al azar y a los detenidos se les amontona en vagones de ganado. Es la preparación de un nuevo programa de televisión, Concentración, que reproduce el ambiente de los campos nazis de prisioneros. En medio de este sinsentido, Nothomb centra su atención en dos jóvenes, la kapo Zdena y la heroína sufriente Pannonique, que desempeñan papeles bien distintos. La novela es, entre otras cosas, un golpe a la esencia de los programas espectáculo, al morbo del espectador por inmiscuirse en intimidades ajenas hasta el punto de sufrir y gozar en medio de la abyección. (Anagrama. 166 págs. 15 €.).

Manuel Chaves Nogales, El maestro Juan Martínez que estaba allí. Tras el éxito de sus relatos sobre la guerra civil, A sangre y fuego, se recupera ahora una novela publicada en 1934 que describe la revolución soviética en la ciudad de Kiev. En los años treinta, el autor conoció a un personaje real, que le contó sus peripecias por la Europa de la Primera Guerra Mundial, que le cogió en Estambul. De allí se fue a Rusia para ganar en tranquilidad. Pero en Rusia estalló la revolución comunista, que Martínez vive en directo. Aunque la narración pretender ser aséptica, la sensación que se tiene es que en la revolución soviética se impuso el que más fuerza bruta empleó. (Libros del Asteroide. 288 págs. 17,95 €.).

Katherine Anne Porter, Cuentos completos. Nacida en Indian Creek (Texas) en 1890, contemporánea de Flannery O’Connor, toda su vida tuvo una especial relación con el Sur de Estados Unidos y también con México, país donde ambienta algunos de sus relatos. Vivió en Nueva York, México, París. Murió en 1980. Lo mejor de su literatura fueron los relatos, que ahora reúne Lumen en un magnífica edición. Aquí están sus libros de cuentos Judas en flor (1930), Pálido caballo, pálido jinete (1939) y La torre inclinada y otros cuentos (1943). Porter utiliza la literatura como espacio para la memoria, con unas ambientaciones que se repiten y donde tienen cabida recreaciones de sucesos personales. (Lumen. 720 págs. 27,90 €.).

Elisabeth Sanxay Holding, La pared vacía. Lucía Holley vive con dos hijos adolescentes y un padre anciano en una pequeña comunidad de Estados Unidos. Su marido lucha en la Segunda Guerra Mundial y Lucía tiene que afrentar sola los problemas de la economía de guerra. Inmersa en sus propias preocupaciones, descubre muy tarde que su hija se ve con un hombre peligroso varios años mayor que ella. Una noche en que la pareja va a encontrarse, el padre de Lucía se enfrenta al novio de su nieta. A la mañana siguiente, encuentran el cuerpo sin vida del hombre, lo que les involucrará en una maraña de acontecimientos. Elisabeth Sanxay Holding alcanzó notoriedad con el género de suspense, siendo elogiada por autores como Raymond Chandler y cineastas como Alfred Hitchcock. (Lumen. 272 págs. 17 €.).

José Jiménez Lozano, Advenimientos. A diferencia de otros escritores que también utilizan el diario para reflexionar sobre su vida y la literatura, deja Jiménez Lozano al lado los comentarios íntimos y las reflexiones sobre su propia literatura. Se trata de diarios más volcados hacia el exterior, aunque a través de sus opiniones literarias y las citas que entresaca de sus lecturas favoritas, penetramos abiertamente en su inteligencia y en su quehacer literario. Se nota que el autor no está en las nubes, ni es un escritor que viva cómodamente instalado en su torre de marfil. Jiménez Lozano conoce muy bien las cosas que pasan y, además, profundiza con sabiduría en sus valoraciones, nunca hirientes y siempre basadas en un higiénico sentido común que, además, incorpora la agradable apertura a la trascendencia. (Pre-Textos. 216 págs. 17 €.).

Andrés Trapiello, La cosa en sí. “La fatalidad de este diario es que está hecho de pocas cosas”. Sin embargo, precisamente es esa fidelidad y esa constancia a los mismos temas -y a la misma manera de contarlas- uno de los principales atractivos de Andrés Trapiello (1953). La cosa en sí hace el número catorce de unos diarios que comenzó a publicar en 1990. En estos diarios encontramos su realidad más doméstica e inmediata. Una vez más, está lo de siempre: sus estancias en Las Viñas, en Cáceres; sus expediciones al Rastro madrileño a la caza de libros viejos; su amistad y veneración por el pintor Ramón Gaya; sus comentarios literarios, por lo general muy acertados y a veces punzantes; sus relaciones familiares, sin tonterías; sus amigos y enemigos… Su principal atractivo es la construcción de un yo melancólico, escéptico, divertido, ilusionado con las buenas amistades, familiar, quisquilloso… (Pre-Textos. 729 págs. 35 €.).

Frederick Forsyth, El afgano. Forsyth ofrece otra de sus convincentes intrigas internacionales, esas cuyo interés reside tanto en la trama como en el ingrediente de reportaje de actualidad que todas ellas aportan. De hecho, El afgano tiene tanto de thriller como de documental sobre el terrorismo islámico. La ventura atrapa desde la primera página y los lectores ya saben qué es lo que se van a encontrar: acción al por mayor con un tema de rabiosa actualidad. Truculenta, irónica, sin concesiones a lo superfluo o a lo sentimental, con una mínima humanización de sus personajes y moviéndonos cinematográficamente de un escenario a otro, consigue la tensión requerida para este tipo de narraciones. (Plaza & Janés. 336 págs. 29 €.).

Robert Penn Warren, Todos los hombres del rey. Publicada en 1946, al año siguiente obtuvo el premio Pulitzer. Desde entonces, se trata de una obra muy leída y valorada, que refleja acertadamente las dos caras de la vida política norteamericana: el idealismo y la corrupción. La novela se basa en la vida del político Huey Pierce Long, que fue gobernador de Luisiana en la década de los treinta y que representa el prototipo de político populista y demagogo. En ella se cuenta el ascenso y caída de Willie Talos, un joven abogado con aspiraciones políticas. Willie, ingenuo, es víctima de la política utilitarista de sus adversarios y aprende rápido que el fin justifica los medios. Con una personalidad avasallante, consigue hacerse con el poder. La novela es un duro ajuste de cuentas con el pasado del narrador, uno de los hombres de confianza de Talos. (Anagrama. 770 págs. 20 €.).