Últimas impresiones

Yo que pensaba que después de la representación teatral del pasado 20 de junio se multiplicaría mi tiempo y me podría dedicar a escribir tranquilamente en el blog… Y ha pasado más de una semana y tengo la sensación de haber salido de un túnel. Además he salido del túnel dejando unas cuantas cosas pendientes, pero han sido varios días de estar hasta las tantas de la noche (y bastante tantas) haciendo la revista del instituto, preparando una presentación de fotos para los profes el último día… y también han sido días de comidas y celebraciones varias.
Hoy, después de un claustro de apenas dos horas con pocas discusiones (de hecho lo único que se ha votado se aprobado con tan solo un voto en contra y cinco abstenciones: eso sí, antes de la votación hemos pedaleado lo que no está escrito) y muchos agradecimientos y buenos propósitos, todo ha empezado a sonar a despedida, con la incertidumbre que da el no saber muchos de nosotros cuál será nuestro destino el curso que viene. Pero, por lo menos, teníamos el consuelo de que en septiembre nos volveremos a ver y hasta entonces podemos retrasar la amargura de las despedidas definitivas.
Ayer fue el último día con los alumnos y, afortunadamente, acabamos con prisas porque nos enrollamos viendo parte de lo que estaba grabado de El Pirata Timoteo (a ver si consigo hacer el montaje durante el verano)… Digo afortunadamente porque con el atolondramiento del “me voy que llego tarde” y las prisas que nos fueron entrando a todos (a mí también porque teníamos comida de profes) no nos dio tiempo a ponernos nostálgicos y cada uno se fue como si fuese un día más, como si después del fin de semana hubiese que volver a clase, sin ser muy conscientes de que lo mismo ya no nos vemos más, de que probablemente no nos volverá a tocar compartir clase, de que quizá cambiemos de compañeros… y no sigo que se me hace el nudo y tampoco vamos a ponernos muy trágicos que a lo mejor el curso que viene continúo en el Instituto y esta entrada se me queda exagerada y ridícula.
Hace unos cuantos meses escribí en el blog mis primeras impresiones del Instituto, bastante positivas, y el tiempo no ha hecho más que confirmar esas impresiones y aumentarlas. Creo que tardaré en olvidar este curso, porque me lo he pasado estupendamente o, mejor dicho, nos lo hemos pasado estupendamente y no sé si los alumnos habrán aprendido mucha lengua, pero yo sí he aprendido mucha humanidad, gracias a ellos, a sus familias, al equipo de profesores y a todo el personal del centro. Gracias a ellos la escuela pública no es tan terrible como la pintan.
Basta ya que me está dando una grima terrible escribir estas cursiladas que además no logran expresar todo lo que me gustaría decir.
Por supuesto estáis invitados a pasaros por la página de la revista del Instituto.

Lástima que terminó…

Llevo diez días sin escribir ni una entrada y es una pena, justo ahora que había conseguido algunos lectores que se animaban a ir dejando comentarios y que incluso esperaban una entrada nueva: ya se sabe que en Internet lo que no se mueve, desaparece. Pero todo aquel que se dedique a la enseñanza sabrá que no es fácil sacar tiempo los diez últimos días de curso para escribir unas líneas: corrección de exámenes, pruebas finales, corrección de cuadernos, corrección de trabajos, profe porfaporfa apruébame que el año que viene sí que voy a estudiar en serio desde el primer día, entrevistas con padres… Y si a todo eso se le suman los ensayos de una obra de teatro se entenderá, aunque tampoco sirva de excusa, que esto haya estado tan parado últimamente.
Ayer los alumnos de mi tutoría representaron El pirata Timoteo en el Centro Cultural del barrio para los alumnos de 1º y 2º de ESO del Instituto y para los familiares de los actores (el aforo era limitado, como ocurre siempre): fue una experiencia que recordaremos por muchos años que pasen.
Desde poco antes de Semana Santa hemos utilizado una de las cinco clases de Lengua que tenemos a la semana para ensayar la obra: primero fue la lectura, el reparto de papeles, los consejos básicos sobre cómo actuar… y después se han ido afinando detalles.
Han sido muchas horas de ensayo en las que los alumnos han podido descubrir todo lo que soy capaz de gritar y los tacos terribles que sé: en esta última semana podría haber escrito, sin grandes problemas “ensayo sobre la locura”. Pero el esfuerzo ha merecido la pena. Además no ha sido “mi” esfuerzo, sino que ha sido un cúmulo de esfuerzos: un total de 26 alumnos se aprendieron el papel a la perfección hasta el punto de que uno faltó por enfermedad y le pudimos sustituir sin problemas, aunque le echamos mucho de menos; las madres han hecho unos disfraces cuidados hasta el último detalle; Miguel me prestó unos decorados espléndidos; Concha, la profesora de Educación Física, hizo las coreografías para las canciones y las ensayó con ellos hasta la extenuación; Jesús se encargó de los programas y las tarjetas de invitación; Ole vino prácticamente sin dormir para hacer de técnico; Jesús y Carlos (y un hermano suyo al que “engañó”) se quedaron hasta las seis de la mañana en el Instituto para acabar los decorados (sí, sí, desde las 8.30 am del día anterior: les he propuesto que lo presenten a récord “guiness”: dos funcionarios públicos trabajan 22 horas seguidas sin ninguna retribución adicional… para que luego los de siempre hagan los chistes de siempre). En fin, la lista sería interminable y además las listas siempre tienen el problema de que te olvidas de alguien importantísimo: quien se sienta olvidado que me perdone, todavía no he recuperado la plenitud de mis condiciones mentales.
El pirata Timoteo es una obra en verso, en tres actos, que escribí junto a un amigo hace unos cuantos años y que me ha dado ya unas cuantas alegrías (tantas como representaciones). Además es una obra viva, de la que existen ya varias versiones, porque se la he regalado a algún amigo que se la ha regalado a algún amigo que… Y también va sufriendo variaciones y añadidos de unos y otros. Yo mismo he hecho una nueva adaptación para la que representamos ayer.
Como tuvimos algunos problemillas para colgar el decorado y se nos estaba retrasando demasiado la hora de empezar, mientras acababan de colgarlos, salí delante del telón y estuve contando unos cuantos cuentos: nunca deja de sorprenderme la magia y el milagro de los cuentos: más de cien chavales de 1º y 2º de la ESO escuchando y disfrutando en silencio.
Creo que ha sido un colofón extraordinario a un año de cuento que empezó hace justo 365 días, cuando me presenté a las oposiciones de secundaria sin saber lo que me depararía la vida: de momento, lo que me ha deparado ha sido conocer a un grupo de profesores excepcionales no sólo en lo académico, sino también en lo humano y a un montón de familias preocupadas sinceramente por la educación de sus hijos. Sí, lo sé, no todo es tan bonito, también hay problemas y situaciones difíciles: aunque siga con mi lirio en la mano, no me chupo el dedo, pero quizá uno de los principales problemas sea precisamente que nos fijamos demasiado en los problemas y olvidamos que los problemas no son lo único.
Sé que soy un hombre afortunado y que el balance de este año es tremendamente positivo, por eso no puedo menos que entonar a pleno pulmón, con el amigo Porky, el “lástima que terminó…”.
Quizá el año que viene me toque ir a otro Instituto (no se pueden ni imaginar los alumnos lo que les voy a echar de menos), quizá me encuentre con otro ambiente más terrible, un ambiente más de puñalada trapera y trabaja tú si quieres que yo ya tengo bastante. No lo sé. Lo que sí sé es que existe un instituto en un pequeño barrio de Madrid del que siempre guardaré un grato recuerdo. Siempre me quedará Valdebernardo.
img {border: 0;}img.imgizqda {float: left; margin: 0 14px 6px 0;}img.imgdcha {float: right; margin: 6px 6px 6px 11px;}img.imgcen {margin: 0 50px 0px 50px;}object {display: block; width: 425px; height: 350px; background: #ffc; border: 1px dotted #ccc; margin: 0 auto;}p {margin:2px 0; padding:0;}xfals

Hace un año ya…

Hay que ver cómo pasa el tiempo. Sí, ya sé, ya sé. Este comentario es
más propio de un comienzo de conversación en el ascensor con el vecino
del sexto que nunca has sabido cómo se llama y que ahora viene con sus
dos churumbeles a ver a los abuelos, que de una entrada a un blog. El
caso es que ayer pensé que llevaba un tiempecillo escribiendo en este
rincón cibernético y que tendría que prepararme para celebrar el primer
año en la red: descubrí con sorpresa que el primer año ya se había
cumplido el 27 de mayo. Y yo que quería hacer una entrada de homenaje
al blog, como ocurre con cualquier blog que se precie (voy a dejar de
escribir la palabra blog que empieza a rascarme la garganta y el purismo lingüístico).

Ahora entiendo un poco mejor a uno de mis hermanos que se fue un
trimestre a Irlanda para perfeccionar su inglés y descubrió con horror
que se había olvidado de felicitarme por mi cumpleaños un par de meses
más tarde. Me mandó una emotiva y compungida carta manuscrita y la
verdad es que tampoco se lo tengo muy en cuenta y el asunto ya está
casi olvidado (de hecho cualquier día de éstos le llamo y volvemos a
hablarnos). Y yo entiendo que uno no puede dedicarse a servir pintas en
un pub irlandés, a comer pollo todos los días y encima acordarse de que
tiene hermanos que van cumpliendo años.

Pues lo dicho, que cómo pasa el tiempo, que a estas alturas el año
pasado ya debía de estar agobiadito con la inminente oposición a la que
ahora miro con tanto cariño por tantas alegrías como me ha dado y me
está dando…

Vaya, estaba aquí escribiendo esta entrada y mi hermana me acaba de
comunicar que está embarazada y que tendré que espabilar porque se me
empieza a acumular el trabajo. Tuve la feliz idea de dedicarle a J. el
primero de mis sobrinos una poesía por su nacimiento (de eso hace
apenas cuatro años) y fui escribiendo otra poesía por cada uno que iba
naciendo: a Jo., a C., a G., a R., M., a B.,… hasta que llegó Ju.,
precisamente el 14 de junio del año pasado y me pilló tan ocupado con
la oposición y con la musa tan lejos que he ido retrasando su poesía…
y la poesía de A., que llegó en agosto, y la de Ja., que vino en
noviembre, y la de Á., que apareció en abril. En fin, que ya se ve que
el tiempo efectivamente pasa rápido y que tendré que contratar los
servicios de un poeta para saldar tanta cuenta pendiente (porque
tampoco se me olvida que D. ya está en camino y tiene prevista su
llegada en septiembre).

Pues eso, que cómo pasa el tiempo y que tengo que dejar de escribir,
con lo bien que me lo estaba pasando, para acabar de preparar el examen
de evaluación de mañana de los de 2º de ESO.

¡Cambiazo!

Estaba corrigiendo exámenes (lo más aburrido y frustante que hay en la tarea del profesor porque simpre te quita un momento precioso para hacer algo de mayor provecho y porque descubres lo poco que has logrado transmitir).
A estas alturas de curso, ya hay pocas sorpresas, aunque de vez en cuando se sigue descubriendo a alguien que por fin ha decidido estudiar porque no quiere pasar un duro verano. Corregía, por tanto, con cadencia monótona, sin asustarme ya porque sólo uno sea capaz de ponerme la forma correcta de “satisfació” (a lo mejor es que la pregunta es más complicada de lo que me parece: se admiten respuestas) o porque otro diga que “el adverbio es el que sustituye al nombre” o alguno al hablar de la literatura de tradición escrita afirme que “la literatura se expresa mediante dibujos, música o imágenes. Se descubrió en el año 1492 en el descubrimiento de América. Se puede guardar en manuscritos” (me temo que me he comido las faltas de ortografía originales, ya lo siento por los puristas)… Pues eso, que corregía tranquilamente hasta que llegué al examen de X. y descubrí con sorpresa y un punto de indignación que una de las hojas de respuestas era un folio sin el membrete de las hojas de exámenes que siempre utilizamos.
En aquella hoja estaba respondida, a la perfección, una de las preguntas teóricas del examen y, a pesar de que uno no es muy avispado, saltaron las alarmas de intento de fraude. Le puse un 0 y una frase de esas que duelen: “X. si quieres te lo explico, pero la verdad es que no me esperaba esto de ti”.
Cuando repartí los exámenes, estuve atento a la reacción de X. En principio encajó el golpe con mudez absoluta y se volvió a su sitio. Allí se derrumbó y empezó a llorar, intentó decirme algo pero le paré las palabras y le dije que hablaríamos al final de la clase.
Cuando acabó el examen y los demás salieron al recreo, me quedé con X. que juraba y perjuraba que no había hecho el cambiazo, que le preguntase si quería que esta vez se lo había estudiado, que la hoja sin membrete se la di yo… Y aunque creo que su versión tenía bastantes puntos en contra: no llevo hojas en blanco a los exámenes (claro que siempre alguna se puede colar), en el examen no me avisó de que no le había dado una hoja con membrete, el resto del examen era bastante flojillo,… También es cierto que tenía algunos puntos a favor: sus lágrimas parecían sinceras, no es mala persona, la ingenuidad de alguna de sus excusas propias de quien no ha hecho nunca un cambiazo (“profe, pero si el resto de preguntas están mal”). Y yo, quizá una vez más lirio en mano, decidí creerla. De hecho, ya me temía desde el principio que la iba a creer y aunque no había hecho ninguna anotación en su examen, sí que se lo había corregido y me había apuntado en otra hoja la nota sacada en cada pregunta.
Por desgracia, a pesar de la brillantez de esa pregunta teórica, el resto del examen no daba mucho de sí, así que tampoco merecía la pena hacer ceros del árbol caído y aunque siempre me quedará la duda de si me dio el cambiazo o no, lo que espero es que no le hayan quedado muchas ganas de intentarlo en alguna próxima ocasión.

Me temo que me han “timao”

El martes pasado estaba en Alcalá de Henares con un amigo y justo cuando me montaba en el coche para volver a Madrid, a eso de las nueve de la noche, una chica joven nos abordó pidiendo por favor, por favor, dinero para poder comprar leche para su hermana pequeña de dos meses…
Habitualmente pongo la mejor de mis sonrisas, digo lo siento y ahí acaba la cosa. Pero insistía e insistía y al final decidimos darle algo. Pero no era suficiente: la leche valía tanto y ella nos pedía por favor por favor, tanto, que nadie le hacía caso, que ella no había comido, que… El caso es que se nos reblandecieron las entrañas, a pesar de que a veces las tenemos demasiado entrenadas para que eso no ocurra y decidí acompañar a la chica hasta la farmacia, que estaba allí al lado y comprarle efectivamente la leche. Mientras tanto, mi amigo se quedó a esperar en el coche, pues sería cosa de un momento…
La farmacia estaba cerrada: miramos cuál estaba de guardia y había una, no muy lejos, en la calle Mayor. Nos dirigimos hacia allí y en el trayecto me contó que era de Rumanía, que vivía en una habitación que le costaba 20 € al día, que no había comido, que en realidad la leche era para la hija de su hermana que en el fondo era como otra hermana para ella, que la leche tenía que ser de tal marca porque otra no le sentaba bien a la pobre niña, que le daba muchísima vergüenza estar quitándome mi tiempo, que tendría yo tanta prisa…
Llegamos a la farmacia y pedimos la leche en cuestión, pero de esa marca no tenían. El farmaceútico nos aseguró que esa leche la podríamos encontrar en el Carrefour o en algún supermercado.
Salimos de allí algo desanimados porque el Carrefour más cercano no estaba tan cercano y al final, no sé, entre las prisas, la conversación que habíamos mantenido, el haber entrado en una farmacia a pedir la leche sin éxito, el que mi amigo seguía esperando en el coche… me convencí de que aquella chica necesitaba la leche para su sobrina y le di el dinero que necesitaba seguro de que se lo gastaría en la leche dichosa (dichosa en ambos sentidos).
Volví al coche y excusé mi tardanza contando toda la peripecia: mi amigo estuvo de acuerdo conmigo en que habíamos hecho lo correcto. Sin embargo seguía teniendo una sombra de duda que acabó por disiparse cuando le conté lo sucedido a mi madre: “hijo mío, eres tonto, te han engañado de mala manera”. Y si me pongo a analizar las cosas fríamente, creo que lleva toda la razón:

  • La existencia de la niña pequeña sólo se fundaba en la palabra de la chica, además la niña había pasado de ser hermana a sobrina.
  • La primera farmacia a la que acudimos estaba cerrada, en la segunda no tenían ese tipo de leche que era, además, un tipo de leche que vendían en los supermercados: ¿por qué ponerse a pedir cerca de una farmacia, que no tiene esa leche, y no cerca del supermercado que sí la tiene?
  • La chica me recordó que probablemente yo tenía mucha prisa y no quería molestarme.

Claro que… parecía tan sincera, tan dispuesta a que fuésemos los dos hasta el supermercado, tan apesadumbrada, tan necesitada… que no sé que pensar y me gustaría imaginarme que todo fue verdad y que era cierto que necesitaba ese dinero para la leche y…
Lo peor de todo (o quizá lo mejor) es que sé que soy un ingenuo pertinaz y que sigo confiando ciegamente en el ser humano, así que me temo que en la próxima ocasión volverán a timarme, a pesar de los sabios consejos de mi madre (por cierto, hoy es su cumpleaños: ¡¡¡muchísimas felicidades, mami!!!).