Analfabetismo natural

El viernes pasado fui con unos amigos de excursión. Nuestro objetivo era llegar a un monasterio abandonado, situado junto al embalse de Bolarque, cerca de Sacedón, en Guadalajara y pasar allí la noche.
Fuimos en Braulio (mi coche) hasta el Salto de Bolarque y desde allí, con las mochilas a cuestas, emprendimos el camino con cierta prisa porque ya era un poco tarde.
Para llegar hasta el monasterio primero hay que subir un monte, bastante empinadito él, y después bajarlo. Coronamos cuando todavía quedaba algo de luz e iniciamos el descenso. Logramos
ver el monasterio, allá a lo lejos, pero tampoco parecía para tanto…
Sin embargo, el tiempo es imparable y cuando nos quisimos dar cuenta empezaba a ser noche cerrada. Hacía tiempo que, por la vegetación, habíamos dejado de divisar el monasterio y empezaron a surgir las primeras dudas: ¿no nos lo habremos pasado y lo habremos dejado a la derecha?, ¿vamos por aquí o por allí?
Y fuimos por aquí y por allí, enzarzándonos, arañándonos, desgajándonos y uno siente de pronto las grandes limitaciones de su analfabetismo natural y el no saber diferenciar un olmo de un madroño, un espino de una zarza, y no duele tanto el pincharse como el no saber con qué te estás pinchando. Creo que había bastante de acebo, por aquello que uno lo ha visto dibujado en las felicitaciones navideñas.
De los cuatro que íbamos sólo uno había estado con anterioridad, aunque no se cansó de asegurar que sabía llegar perfectamente… Pero ya se sabe que por la noche todos los gatos son pardos y todos los monasterios, junto con sus fantasmas, echan a correr de un lado para otro, eso sí siempre en
la misma margen del embalse y por eso creímos que lo mejor era bajar hasta la orilla y desde allí reemprender la búsqueda. Quién iba a decir que las orillas fuesen tan abruptas.
Empezó a cundir cierto desánimo y al final renunciamos a continuar la búsqueda, a pesar de que el monasterio, según nuestro guía, contaba con una praderita en la que se podía dormir
la mar de a gusto y que el trozo de montaña en el que estábamos sólo nos ofrecía una generosa pendiente y prometía bastante incomodidad.
Alguien sugirió, para elevar los ánimos, freír los huevos en un
hornillo que llevábamos, pero preferimos reservarlos para el desayuno del día siguiente. En vista de que el dormir iba a ser escaso, dos bajamos a la orilla del río a ver estrellas y allí sí me sentía más seguro tras tanta noche al raso: la noche era cerrada, la luna se había ido de paseo al otro lado del mundo, y entre árboles (¿pinos, cedros, almendros, álamos?) se vislumbraban Mizar y Alcor, las estrellas dobles de la Osa, Vega de Lira y Deneb del Cisne, aunque del Cisne sólo se veían tres estrellas más porque el resto estaba oculto por la montaña, Hércules…
Siempre me emociona contemplar las estrellas y recordar las historias que encierran. Después uno echa cuentas de la distancia y del tiempo que hace que salió la luz de allí para llegar hoy aquí y le entra cierto mareíllo y se pregunta si el hombre realmente se merece semejante regalo, pues mientras no se demuestre lo contrario, todo el cosmos parece un regalo con el hombre como principal destinatario.
Con un poco de poesía estelar en las venas, nos fuimos finalmente a dormir, tomando las precauciones necesarias para que un árbol nos detuviese en nuestro posible rodar hasta el abismo.
A la mañana siguiente, comprobamos para nuestra desolación que la bombona que llevábamos no se correspondía con el hornillo y que los huevos se iban a quedar con las ganas de ser tomados… Pero es que la aventura tiene estas cosas. Después de un desayuno aceptable, nos pusimos en marcha y, efectivamente, a los 15 minutos llegamos al monasterio (siempre nos quedará la duda de si por la noche habrían sido quince minutos o un par de horas) y allí palpé de nuevo el analfabetismo natural que padezco: ¿qué serían tantas flores amarillas? ¿a qué bicho corresponderían los trinos que nos salpicaban aquí y allá? ¿era la famosa hiedra lo que se asomaba por las ruinas? ¿cuántos tipos de cardos hay?
Así que he decidido ponerme un poco al día y empezar a estudiar
árboles, flores, pájaros y demás seres vivientes, para poder hacer
descripciones como Dios manda… Entre tanto pongo aquí una foto porque no sé qué hecho con las mil palabras que necesitaba para describirla.

4 comentarios en “Analfabetismo natural

  1. Qué envidia. No sólo el hecho de que hayas estado en un sitio tan espectacular, lo que realmente asombra es tu capacidad de disfrutar, la apertura hacia lo bello que posees. Enhorabuena porque con tu descripción consigues sugerir mucho más que si supieras todos los nombres de cardos y zarzas que te atacaron.

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  2. Te entiendo. Este año estoy trabajando en un pueblo en medio de la montaña, cerca de varios pantanos espectaculares. Cuando llegué aquí no distinguía un roble de un haya, ni había visto un ciervo en mi vida. El mundo aquí es espectacular. Tú saliste de los madriles para disfrutar un fin de semana. Pero estar aquí, en medio de tanta fauna, flora y personajes sencillotes que se ganan la vida en la montaña es una auténtica experiencia. Yo, de capi de toda la vida, cosmopolita más que la mejor de Sexo en Nueva York, estoy cautivada por algo tan simple como observar cómo el mundo se mueve con las estaciones, cómo el paisaje cambia de color, nacen nuevos “bichos” (tampoco conozco sus nombres), y la luz muestra todo de colores distintos. El aire suena diferente, la lluvia cambia mucho cuando golpea la tierra y no el asfalto, y… lo mejor, la nieve, porque simplemente se deja ver. Aquí el cielo es otro, quizá porque no tiene que competir con todo tipo de farolas y neones. El olor tiene su personalidad. El tiempo pasa de otra manera…
    Pronto cambiaré de destino. Ya sabemos cómo es esto de los traslados en esta profesión. Pero voy a echar mucho de menos toda esta paz (algunos días demasiada). Aun así, cambio mi Corte Inglés y mis alegres cafeterías del centro, el ruido y la vida tan potente de la ciudad, por el descanso y la magia de estos lugares. Un saludo.

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  3. Me alegro de que no llegarais de noche al monasterio. Todos en Sacedón sabemos que la muerte de Carla, entre sus mismas ruinas, no fue de casualidad.

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