Viaje a Almagro

El viernes pasado tuve la suerte de hacer un viaje relámpago a Almagro junto con Francisco Garzón Céspedes y José Víctor Martínez Gil.
Fue relámpago porque fuimos y volvimos en el mismo día y Almagro está a unos 250 km de Madrid, pero también fue relámpago por lo luminoso.
Luis Molina, director general del CELCIT y amigo de hace muchos años de Francisco, lo había invitado para las cenas-coloquio (“Voces del Mundo”) que organiza una vez al mes el Ateneo de Almagro para que hablase de la Narración Oral Escénica y del Sistema Modular.
Llegamos a Almagro un poco más allá de las seis e hicimos la obligada visita al Corral de Comedias después de dar una rápida vuelta por la plaza del pueblo. Después nos dirigimos a la casa de Luis, una finca a las afueras de Almagro, llamada Don Quijote y que tiene toda la pinta de haber sido un trozo de paraíso que aterrizó allí cuando el paraíso explotó (tengo un amigo que sostiene la teoría de que el paraíso terrenal explotó y está ahora diseminado por multitud de rincones que hay que ir descubriendo).
Dentro de la finca vimos el recién reconstruido teatro La Veleta, que se le incendió hace un par de años… Luis comentaba orgulloso que era su octavo teatro. Entramos en la casa y estuvimos charlando amigablemente con Luis y con Elena, su esposa… En realidad, estuvieron charlando, porque yo me limitaba más bien a escuchar, con cierta sensación de intruso, mientras repasaban recuerdos y personas conocidas. Luis habla con la calma de quien ha viajado mucho y entrecierra los ojos como para no dejar de ver nunca el mundo que lleva dentro. De repente, uno siente que toca la cultura de cerca, que allí se respira otra atmósfera alejada de polémicas estériles y a la vez tan cercana a todo lo humano.
Antes de la hora de la cena coloquio, Luis nos dio otra vuelta por la ciudad, enseñándonos un rincón aquí y otro allí. Y en uno de esos rincones conocimos a Luz, una artesana que tiene una tienda cerca del centro y que nos regaló unas pequeñas estampas de Almagro pintadas por ella misma. Luego supe que Francisco sí le había pagado: le contó un cuento, en la tienda, a ella sola, aprovechando que nosotros ya habíamos salido.
La cena-coloquio presentaba algunas incógnitas: no sabíamos si asistirían cinco personas o veinte, si habría preguntas o no, si les resultaría interesante a los asistentes o aburrida… Y al final se llenó con unas veinte personas de las más diversas edades, desde los treinta a los setenta y la cena fue intensa y emocionante.
Nunca deja de sorprenderme el poder de la palabra hablada, de la conversación, para crear en poco tiempo todo un mundo de entendimientos y complicidades. De pronto, con cierto hálito mágico, sientes que el auditorio va sintonizando, que se van cayendo los muros de las prevenciones y las dudas con las que uno siempre asiste a un acto de este tipo.
Francisco contó cómo descubrió la narración oral, habló de sus últimos libros publicados, salpicó la cena de anécdotas aquí y allá y se fue produciendo el milagro de la comunicación.
No sé muy bien cómo salió a relucir en una de las preguntas la dificultad que existe para contar cuentos que respeten a todos y no ofendan a nadie, con independencia de sus ideas políticas o religiosas. Y es cierto que es difícil, pero Francisco puso como ejemplo nuestra relación de amistad que empieza a extenderse ya unos cuantos años. Somos muy distintos y pensamos de forma muy distinta, incluso opuesta, en muchos temas. Sin embargo, el milagro de la comunicación produce también muchas veces el milagro de la amistad. Una amistad que sabe saltar por encima de los veinticinco años de edad que nos separan a Francisco y a mí y por encima de nuestras ideas personales. Además, en realidad, estamos de acuerdo en las cosas fundamentales: la necesidad de respeto hacia el otro, la visión del proceso comunicativo como un acto de entrega y de amor, la diferencia entre libertad y libertinaje, autoridad y autoritarismo, individualidad e individualismo… Alguno de los asistentes no daba crédito a lo que estaban viendo y después de que Francisco manifestara sus posturas y yo las mías, me dijo realmente sorprendido: “es broma, ¿verdad?”. Pero no, afortunadamente no es broma: el entendimiento, cuando hay respeto y tolerancia, siempre es posible.
La cena también tuvo su parte “práctica” y Víctor y yo contamos unos cuentos breves. Francisco también contó alguno y acabó con el recitado de un poema, o mejor dicho de un conjunto de poemas, sobre el amor, que muy bien resumían lo que habíamos estado viviendo. Al final de la cena, se leyó el nombramiento de Francisco Garzón como Socio de Honor del Ateneo de Almagro.
Soy afortunado. Sé que la noche de Almagro la guardaré entre mis mejores recuerdos y que ese recuerdo vivirá compartido por cuantos estuvimos allí el viernes pasado.

Un comentario en “Viaje a Almagro

  1. Eduardo,

    Realmente una noche para recordar. A mi tambien me habria gustado tener ese privilegio.

    Acabo de ver tu contestacion, un poco tarde, pero asi es el “digital”.

    Seguimos vagando por el mundo. Ahora estamos pasando un tiempo en Bangkok (Tailandia), divertidos por las curiosidades de la cultura asiatica y sufriendo las dificultades linguisticas. Trabajamos en zonas pobres y zonas rurales. Es duro emocionalmente, pero de momento nos retorna tambien mucha energia.

    Yo te sigo en tu blog, el cual me encanta por el tremendo realismo que encierra.

    Un abrazo,
    Manuel.

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