Adiós, David

A veces uno escribe como si no supiese que un pobre loco ha matado a más de treinta estudiantes en Virginia o que en Bagdad mueren cien personas día sí y día también, pero de repente la
muerte llama a tu puerta o, mejor dicho, a la puerta de al lado y te derrumba la casa.

Ayer a las 22.00 recibí un confuso mensaje: David, trece años, sonrisa permantente y alma llena de granos, estaba grave. Un accidente en casa, coma profundo, ingreso en el hospital… A las 00.30 me despertaron del sueño, que entre oraciones y temores todavía no había podido conciliar, diciéndome que había fallecido.

Sientes que algo se ha derrumbado, pero no sabes muy bien qué. Ni siquiera te acuden las lágrimas a los ojos, quizá porque hace tanto de la última vez que ya no recuerdan el camino. Me vestí y bajé a la calle a esperar que me recogiesen mi hermana y mi cuñado para ir al Gregorio Marañón. Mientras esperaba, el peso
se iba haciendo más insoportable, ciertas ganas de vomitar, algunos golpes inútiles o patadas a las ruedas de los coches aparcados y una angustiosa búsqueda de recuerdos.

A David lo conocí, si no me equivoco, un verano en Galicia, cuando él apenas contaba con tres o cuatro años. Después he tratado mucho con él y con su familia y el año pasado compartimos juntos tantos planes en la asociación juvenil en la que colaboro por las tardes.

De pronto uno entiende mejor la elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, que ha recitado tantas veces y los versos duelen de veras: “(…) un manotazo duro, un golpe helado,/ un hachazo invisible y homicida,/ un empujón brutal te ha derribado./ No hay extensión más grande que mi herida,/ lloro mi desventura
y sus conjuntos/ y siento más tu muerte que mi vida./ Ando sobre rastrojos de difuntos/ y sin calor de nadie y sin consuelo/ voy de mi corazón a mis asuntos./ Temprano levantó la muerte el vuelo,/ temprano madrugó la madrugada,/ temprano estás rodando por el suelo (…)”. Sin embargo, a mí, a diferencia de a Miguel Hernández, me queda el recurso de la fe y rezo y protesto y me quejo y le preguntó a Dios por qué no ha hecho nada para evitar
que se corte el frágil hilo de la vida. Y me encaro con D. Pilé, un cura amigo que murió hace apenas dos semanas y al que le encomendaba el milagro. Porque creo en los milagros, aunque casi nunca se produzcan.

Ya en el hospital, mientras la familia entera, salvo la más pequeña, está reunida en alguna sala asimilando el mazazo, se mezclan muchas lágrimas y alguna sonrisa al reconocer a alguien que hacía tiempo no veíamos y entre susurros nos hacemos la estúpida pregunta de qué tal estás.

Por fin salen los padres y los seis hermanos, unos rotos, otros más enteros, y se me destroza el corazón cuando me abrazo al padre que, sereno, me agradece que haya ido y me pide que no me olvide de David y yo me pregunto cómo va a ser posible olvidarle, aunque sé que luego vendrá el tiempo y el olvido. Quizá por eso escribo esto ahora, para poder recordar.

Son cerca de las tres cuando regresamos a casa y es ya en la cama cuando, por fin, estallo en el llanto mal contenido desde tantas horas antes. De pronto recuerdo que David fue el protagonista del corto que grabamos el año pasado y con el que ganó el premio al mejor actor, recuerdo los partidos de fútbol o
paddle, las excursiones a la cabaña del pastor, las barcas del retiro, los campamentos…
Y recuerdo siempre su sonrisa. Cuando se muere alguien es como una novela que se acaba y precisamente a partir del final uno empieza a reconstruir todo el resto y a apreciar mejor cada pasaje leído. Y el pasaje más leído en David ha sido su sonrisa, su disponibilidad, su buen humor. Seguro que ha tenido muchas
meteduras de pata, pero da igual, se me han olvidado todas, como me imagino que le habrá pasado a Dios al verle llegar, tan de repente.

Esta tarde he estado en el Tanatorio de la M-30 y me he despedido de David: estaba repeinado, como a él le gustaba, y había a sus pies unas cuantas fotos familiares. Todos estamos convencidos de que él ahora está mejor, pero eso no quita para que se rompa el alma cada vez que uno piensa lo pronto que se ha ido, todo lo que hemos dejado de compartir y con David se muere también algo en cada uno de sus hermanos: complicidades, sonrisas, peleas; y algo de cada uno de sus amigos y de cuantos le hemos conocido. Su padre es capaz de decir con una sonrisa que David se va a encargar de ayudarles, que él ya está bien
colocado allá arriba… Me han dicho que cuando a la pequeña le han comunicado la terrible noticia ha respondido que ahora David será “el capitán de los ángeles”. Pues espero que como capitán empiece a mandar unos cuantos refuerzos con cargamentos de sonrisas de las suyas para todos los que nos hemos quedado.

Adiós, David. Volveremos a vernos. Tú tampoco te olvides de nosotros.

Rebuscando entre antiguas copias de seguridad he encontrado el cuento que escribí precisamente en aquel verano de Galicia del que hablaba al principio y que ahora reproduzco aquí, por malo que sea:

“Cuando le arranqué la nariz, su primera reacción fue la de siempre:
David empezó a reírse, igual que cuando yo me separaba las falanges del dedo pulgar. Sin dejar de reír, con sus ojos vivarachos y alegres y su sonrisa maliciosa, acercó su mano a mi cara y me arrancó la nariz.

Hasta aquí, todo entra dentro de la normalidad, pero las cosas tomaron un cariz muy distinto cuando, no contento con lo que había hecho, se la comió. El hecho en sí no tenía mucha explicación porque acabábamos de comer y no había dado la impresión de que se quedase con hambre, y menos con un hambre de narices. Ante mi cara de horror y espanto su reacción fue la de siempre: reírse a carcajada suelta.

Tuve que ponerme serio, intentar hacerle ver que aquello no estaba bien,
devolverle su nariz y pedirle, por favor, que me devolviera la mía. Se lo
estuvo pensando un buen rato, pero por fin, conmovido por mis súplicas, vomitó la nariz. Afortunadamente se la había tomado de un trago y la nariz todavía conservaba sus rasgos esenciales, con algo de baba y bilis.

Intentó ponérmela pero le rechacé porque siempre he sido un poco escrupuloso y porque me daba en la nariz (o en lo que quedaba de ella) que ni siquiera se había lavado los dientes. Siempre igual: si no estabas detrás de él a todas horas era incapaz de hacer nada.

Miró con cierto asombro mi rechazo, que no acababa de comprender: hacía sólo un momento que le había suplicado que me devolviese la nariz y efectivamente, la había devuelto y cuando pensaba devolvérmela, yo me negabarotundamente. Puso cara de que no había quien me entendiera.

La limpiamos con cuidado con una de las servilletas y, finalmente, me la puse. Me miraba con cara un tanto extraña. Quizá la nariz, después de toda la operación había quedado bastante roja y no cuadraba muy bien con el resto. Me seguía mirando con insistencia y empecé a temerme lo peor.

No me dio tiempo a reaccionar: antes de que me diese cuenta se había vuelto a tragar la nariz sin ninguna consideración y me miraba con muchas más carcajadas que antes. Nuevo forcejeo, nueva devolución, nueva limpieza de nariz, nueva colocación… y nuevo ataque despiadado, forcejeo, devolución, limpieza… Nos pasamos un buen rato con lo mismo y yo empezaba a estar hasta las narices de aquella dinámica imparable de pseudo canibalismo. Pero tenía que pasar lo que pasó: a la sexta o séptima vez, se me hincharon las narices, mordisqueadas de
vez en cuando, frotadas a conciencia y encajadas a la fuerza. La nariz ya no se parecía en nada a ella misma hacía un rato. Lo primero en cascar fue el tabique nasal. Aquello no tenía aparente remedio.

Menos mal que a David se le ocurrió que había una tienda de narices allí mismo y fue rápidamente a comprar una nueva. Me la dio muy serio, pero en cuanto me la puse empezó de nuevo a desternillarse: era una nariz demasiado chata y que me venía un poco pequeña.

Volvió a ir a la tienda, “no, David, no, ésta es de elefante”. Fue un desfile
envidiable: aguileña, de sapo, de serpiente, de perro (me estaba más o menos bien, pero los olores eran demasiado intensos e irrespirables, sobre todo el olor a…), de niño, de bruja (casi me lo como). Por fin, por narices, trajo una adecuada aunque resultó estar constipada y tener demasiados mocos.

Cuando ya estábamos los dos hasta las narices, me trajo la mía que la había mandado a arreglar, me la puso, me prometió que ya no me la comería más y me preguntó que por qué no nos íbamos al parque, a los columpios. Le monté a caballito y salimos corriendo, procurando no darnos con la puerta en las narices.”

8 comentarios en “Adiós, David

  1. En situaciones así uno se da cuenta de lo injusto que es todo. Mientras la vida nace en algún lugar remoto; en otro, se va apagando la de alguien injustamente.
    Sólo quiero decirte lo que muchos escritores y grandes sabios han dicho: la vida no se acaba con la muerte, sino con el recuerdo. Mientras sigas recordando a David, él seguirá aquí…

    Alba.

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  2. Para muchos como nosotros la muerte es el comienzo de la vida eterna, y cuando se muere una persona cercana a nosotros y que sabemos con certeza de que el Señor lo va a tener a su lado tenemos como un “pensamiento” de que sabemos que nos está vigilando, diciendo lo que debemos hacer y ayudándonos a hacerlo.

    Y tú hoy has dado un gran ejemplo de ello, no sé si habrá sido inconsciente o no, pero has seguido las palabras de su hermana pequeña y “El Gran Capitán de los Ángeles” ha mandado su sonrisa a mucha gente a través de tus palabras esta noche.

    A pesar, de su reciente y triste despedida, has estado con nosotros y eso es algo que el público y los organizadores te agradecemos de todo corazón, pero sobre todo David.

    Gracias por tu fortaleza en los momentos difíciles.

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  3. … lo siento un montón Eduardo. Me quedé sin palabras cuando leí tu blog. Me voy a acordar mucho de su familia (porque como ha dicho su hermana pequeña, él seguro que ya estará en el cielo capitaneando a los ángeles :D), que lo deben estar pasando…
    Un fuerte abrazo.

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  4. muchas gracias a todos, primero a “la vida es cuento” por todo lo que ha escrito y por todo lo que ha hecho y está haciendo, y después a todos los demás.

    No quiero que os quedeis con una historia “edulcorada”, quiero que entre en nuestro corazón la certeza de que David está en el Cielo de la mano de Nuestra Madre, asumiendo su nuevo papel de Capitán General de los Angeles, intercediendo por cada uno de nosotros, POR CADA UNO. POR TI TAMBIEN…!!!!!

    Quizá los que no cuentan con la gran ayuda de la FE piensan que “que suerte tenemos los cristianos por creer que la Vida empieza donde todos los demás suponen que acaba…”. Pero gracias a la intervención de David seguro que a muchos de los que entran en este maravilloso blog se les está empezando a plantear alguna duda….

    Muchas gracias a totos por la gran ayuda prestada en estos momentos tan difíciles.

    Muchas gracias “la vida es cuento”, por escribir cosas tan íntimas y tan “sentidas” y pensadas, (aunque ….no se que decir…) , sólo, otra vez muchas gracias.

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  5. Hola Eduardo, ¡soy la novia de Kike Esteban! jejeje! Marta! Nada, leí esto a través de Macarena y yo sé que David (o Mi Pepe, como yo le llamaba por la película de “amnesia”) nos está cuidando a todos; parecerá increíble pero noto su fuerza y su infinita paciencia… (me la está transmitiendo para aguantar al pobre Kike que está…)

    Nada más, bueno, a mí también me gusta mucho escribir y por supuesto… en estos casos… Mi Pepe no podía ser menos asique le dediqué una carta que te dejo a continuación. Espero que te gusta. Un abrazo

    TiERRA LLAMADO AL CiELO

    ¡Ay! Pepe, Pepe, ¿quién me iba a decir a mí que una de mis cartas iba a ser para el menor de los Esteban…? ¡Esto sólo era para tu hermano, pillín…! Pero bueno, como sé que alguna le leíste, ahora me toca escribirte a ti una para que la lea él.

    La verdad es que nunca sabría muy bien lo que decirte, lo que contarte, o lo que demostrarte, pero ya me ves, caminando hacia delante como a ti te gustaba…mientras tú, estás tan alegre en el cielo jugando con mi hermano a la play station.

    Vengo del oratorio, ya ves que he estado contigo un ratito. Hoy llueve, ¿sabes?, bueno si, ¡si que lo sabes! Al atravesar el patio podía ver la lluvia caer, los charcos solitarios y un par de palomas vagando entre las gotas… Mis ojos también llovían al darme cuenta de lo solo que has dejado esto; pero la lluvia sigue, no cesa, y no me puedo quedar mirándola…

    David… ya ves que te quería más de lo que ambos creíamos ¿eh? Ya has visto también que aunque Kike te pegase, te chinchase o te dijese…eras el mejor para él, su mejor, ¡su preferido! ¿Qué te voy a contar que no sepas…si desde allí arriba lo ves todo con un catalejo enorme? Desde hace ya varios días, envidio a los ángeles y a todos los que ya no están aquí… ¿y sabes por qué?, porque te ven sonreír a cada instante, ven tus ojitos color miel cada momento, ven tu cuerpecito espigado, ven tu vocecita cambiante, ven tu alegría desbordada y gozan de cada una de tus ilusiones de niño…niño que de repente quiso cambiar de escenario para cumplir así los sueños de todos sus hermanos.

    Hoy, una semana después de verte por última vez, sigo llorando… llorando por la pena que me da no volver a verte más después de casi 2 años conociéndote, pero sé que tu estás bien, que nos estás cuidando a todos desde allí arriba, que ahí estás mejor y lo ves todo genial. Recordando la primera vez que te vi, me emociono, coincidimos en el autobús de la excursión sin pensar la casualidad de nuestra coincidencia, justo ese mismo día, conocería también a tu hermano, hermano con el que llevo ya 15 meses. Pero todavía me asombra más la última vez que te vi; saliste tan guapo e inocente como cada tarde, para ir a tu casa. Me miraste. Te miré. -¡Hombre Pepe!-. Sonreíste. Sonreí. Seguiste caminando tras un hasta luego que me supo más a “hasta luego” que nunca, y te perdí en la distancia. Al día siguiente, bueno… ¿qué te voy a contar yo a ti?

    Te pido perdón por todos mis errores en estos días, que no habrán sido pocos, pero también te doy las gracias por habernos dejado ver que podemos seguir adelante con todo, que debemos apoyarnos en la gente, que tenemos que unirnos más que nunca, que podemos aprender de lo malo, que realmente lo mínimo es lo máximo y lo máximo no es para tanto…

    He intentado cuidar de Kike durante estos días, no sólo hacerle reír y hacerle ver que esto esconde un trasfondo bueno del que debemos aprender, sino también llorar con él o simplemente mirarle. Confío en ti. Confío en que vas a ayudar a todos para que puedan rellenar poco a poco ese vacío oscuro que nos has dejado. Te pido paciencia para saber comprender y aprender; y te doy gracias porque veo paso a paso que me la estás proporcionando. Sé que por ahí arriba ya haces de las tuyas y que ya estás haciendo tus primeros milagros… Me asombra y me alegra sentirte tan cerquita, me asombra porque todavía me parece increíble, y me alegra porque soy capaz de notar tu fuerza. ¡Sé…que te sientes orgulloso de mí!

    Gracias a tí, David, todos nos hemos acercado en estos días a María y a su hijo, claro reflejo de tu divertida familia, desde aquí te pido que continuemos todos así de unidos a ellos.

    ¡Pepe, no te imaginas lo afortunada que me siento de haberte conocido!… perdón… de conocerte; y compartir contigo tantos momentos de nuestras vidas… porque… ¡si que hemos vivido cosas! Tendríamos que haber vivido más sí, pero… ¡Dios estaba ansioso por gozar de ti! Hoy sé que tengo un angelito más en el cielo; que todos salimos ganando ya que tenemos un angelito más en el cielo… ¡nuestro angelito!

    Todo lo que te escribo me parece poco, llevo toda la clase de Filosofía escribiendo, y me faltan palabras para hablarte, me quedo corta al escribirte y me siento pequeña al contemplarte… Nada más, bueno sí… piensa un poquito en nosotros… aunque sea la mitad de lo que nosotros pensamos en ti. Y…otra cosita… espero que si al morir vamos al cielo (que ya verás como sí) estés tú ahí para darnos la bienvenida, el abrazo que no te pudimos dar y la frase que deseamos haberte dicho.

    Cuídate y cuídanos ¿¡eh Pepe!?

    Marta.

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