200 alumnos y un destino

El otro día fuimos al cine. Todo 1º y 2º de ESO, es decir, cerca de doscientos alumnos. Íbamos al cine porque habíamos solicitado una actividad programada y a actividad programada otorgada no le mires el título. El caso es que era una película danesa, Cuenta hasta 100, que se inscribía en el festival de cine para la infancia y la juventud que se debe de estar celebrando estos días.
Después de cargar los cuatro autobuses, primera odisea, y desembarcar delante de la puerta de los cines, en el Palacio de Hielo de Arturo Soria, estuvimos unos quince minutos esperando a entrar, desconozco por qué razón. El caso es que unos pocos profesores hacíamos con nuestra mera presencia un cordón de seguridad, a unos 15 metros de las puertas de entrada, mientras pasaban otros institutos y, sobre todo, chavales de infantil o de primaria.
De forma apenas imperceptible los 15 metros iniciales se transformaron en 3 ó 4 porque la masa “alumnal” se iba desplazando siguiendo las raras leyes de la física de yo te empujo, tú me empujas y ahora estamos aquí, ahora allí. Por fin entramos. “¡¡¡En fila de dos!!!”, gritaba la encargada. Claro, lo normal, coloca a doscientos alumnos en fila de dos para que vayan entrando despacito y sin empujar y si no lo hacen es que son unos maleducados y unos gamberros.
Desde la puerta de entrada hasta la sala de proyección había que subir dos plantas, con sus correspondientes escaleras y sus correspondientes niños de Infantil que bajaban y con los que nos cruzábamos (hay que reconocer que hicimos un ceda el paso ejemplar).
Por fin llegamos a la sala, inmensa, a la que entramos ¡¡¡en fila de dos!!!, más o menos, y fuimos ocupando las butacas a nuestro buen entender.
Tardó la película en empezar, no se sabe por qué razones, “disculpad el retraso”. Antes de la película un corto, español, sugerente… Y tras el corto, con bastante retraso sobre el horario previsto, la película.
Cuando uno empieza a ver una película se espera cualquier cosa, nada le sorprende, sabe que acabará entendiendo todo a medida que transcurra la trama, y uno se espera más cualquier cosa si se trata de una película danesa… pero no dejaba de escamar que empezasen a hablar en danés. Para nuestra tranquilidad, la película estaba subtitulada… en inglés y, como era probable que los alumnos (y los profesores) no entendiesen ni el danés ni el inglés, la voz de un chico iba haciendo la traducción simultánea…
Pero cuando después del primer cambio de escena, resultó que lo que parecía una broma o despiste pesado, era una cruda realidad cundió en nuestras filas cierto desánimo y descontento. “¿Es todo el rato así?”
Pues sí, era todo el rato así: la película estaba en danés, subtitulada en inglés y traducida simultáneamente al castellano. Traducida simultáneamente quiere decir que todos los personajes, el chico protagonista, su madre, la chica guapa del instituto, el macarra, el padre psicópata, eran doblados por una voz de chico, que bien podría ser el encargado de la sala traduciendo sobre la marcha. Y, como es lógico, empezó a volar algún que otro papel de un lado a otro, hubo quien intentó dormir, quien se puso el MP3, quien se dedicaba a hablar con el más cercano o el más lejano. Por demás, la película era bastante previsible, más bien lenta y con una historia dramática que es difícil tomar como tal cuando la estás vendo en tres idiomas.
Habíamos empezado con retraso y cuando dieron las dos un par de profesoras fueron a avisar a los autobuses… No podían esperar más porque tenían otro servicio. Así que, a unos veinte minutos del final, con la sala a oscuras, tuvimos que empezar a desalojar el cine (apostaría lo que sea a que al padre psicópata se lo lleva un coche de policía mientras la madre lo ve alejarse, abrazada al casero “antipático” que le había alquilado la casa y del que pensaba que jamás se enamoraría, y junto a ella está su hijo rodeando con el brazo a la chica guapa del instituto a quien logra conquistar y arrebatar de las garras del cruel novio anterior). La verdad es que pocos se quejaron porque nos fuésemos sin ver acabar la película.
A la salida, una de mis alumnas iba emocionada porque le había dado dos besos al protagonista y yo al principio pensé que habría enloquecido con tanto idioma y habría besado un cartel anunciador, pero resulta que el actor protagonista, un chaval de unos dieciséis años, había entrado en la sala, a mitad de la proyección y se había sentado en una de las primeras filas a ver su película y la reacción del público español ante ella. Lo sentí de veras, y me invadió una lástima terrible por la sensación con la que se debió de quedar el pobre chico, al que alguien le explicó que nos íbamos porque los autobuses nos esperaban, pero se lo explicó en español, sin subtítulos en alemán ni nada, y lo mismo se pensó que no nos estaba gustando.
En fin, quizá el mejor resumen de lo ocurrido sea el que me puso Almudena en un comentario a mi página (respeto la ortografía original, que tampoco es tan terrible si tenemos en cuenta que nunca escriben palabras enteras en sus mensajes personales): “A mi no es que me haya gustado mucho la peli porque me he aburrido un poco pero bueno me lo he pasado muy bien en el viaje y esperando en la fila hasta que hemos entrado.”

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Un comentario en “200 alumnos y un destino

  1. Profe: es que ahí está la gracia de la película. Parece que no lo entendisteis. Incluso el irse antes de tiempo seguro que estaba previsto.
    Creo que si yo hubiera ido en el colegio a ver una película en esas condiciones jamás se me habría olvidado…
    Perdón por la ortografía y por los giros lingüísticos y por las perífrasis mal empleadas, pero es que en mi infancia no tuve un profe tan bueno como tú.

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