El dictado que lo haga su padre

Podría parecer, a quien lea de vez en cuando este blog, que la vida en el Instituto es un camino de rosas y que los alumnos son unos benditos… Y quizá sí tenga bastante de camino de rosas por aquello de las espinas. Mi espina es una de las clases de refuerzo de lengua en 1º de ESO. Son dos horas a la semana y se juntan en torno a 16 alumnos de tres grupos distintos, uno de los grupos que aporta más alumnos es el temido 1ºA de Compensatoria, que es una forma elegante de decir “haz lo que puedas que ellos van a hacer lo que quieran”.
Supongo que sobre el papel será fantástico imaginarse un grupo en el que se junta a alumnos con dificultades de aprendizaje para poder llevar un ritmo más adecuado a sus posibilidades y pensar que ese grupo irá subiendo su nivel hasta equipararse a los otros.
El caso es que la mitad llegan tarde (a veces uno piensa, ojalá que no lleguen), se van sentando, tira el chicle, levantando, guarda la coca-cola, gritando, palmeando, siéntate, por favor, cantando, sacad las hojas, gritando, imbécilsubnormal, tontodelculocarapedo, sacad los ejercicios, vuela un estuche, profe dile que me deje, siéntate por favor, tira el chicle, sacad los ejercicios, no los he traído, profe por dónde vamos, jo qué rollo, quetepires, siéntate bien, ¡cariñooooo, ya estoy en casa! (acaba de llegar Borja),… Y de vez en cuando das un par de gritos (20 segundos de silencio) y alguna que otra vez sacas un parte (hacen que no les importa, pero… sí les importa). Sin embargo, a veces, se produce el milagro.
Por ejemplo, Malika, una de las alumnas más agitadas que uno se pueda imaginar, lleva un par de días como la seda. Todo fue gracias a que le puse un parte recogiendo algunas de las lindezas que habían salido por su boca viperina. Hizo como que no le importaba, pero al final de la clase, cuando los demás ya se habían ido, me pidió por favor que no se lo pusiera, que ya se iba a portar bien, de verdad de verdad… Por supuesto, no la creí, pero rompí delante de sus ojos el parte en cuatro cachos y lo tiré a la basura. Me miró sonriente, me lo agradeció y hasta ahora ha mantenido una actitud ejemplar.
A veces se produce el milagro. Hoy ha habido pelea en el instituto y Melody, testigo presencial del hecho, ha llegado, tarde por supuesto, con unas ganas incontrolables de contarlo… Y al final hemos hecho clase de historias. Y María José ha contado una dura historia de su familia y, a ratos, han escuchado en silencio. También yo les he contado una historia y he disfrutado del momento: todos callados, bailando a mi son, sin perder detalle. Una vez más he disfrutado de la magia de la palabra y de las anécdotas. La verdad es que la historia lo merecía, pero eso es otra historia y habrá que contarla en otra ocasión.
Lo que creo que no va a ser posible, aparte de que tampoco serviría para mucho, es hacer un dictado. Así que, el dictado que lo haga su padre.

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