Leyenda gitana

El otro día tenía guardia en el (j)Aula de Estudio, donde van a parar todos los alumnos que, por distintos motivos, no se encuentran en condiciones de seguir la clase. Al poco de empezar, llegaron dos gitanas, alegres y sonrientes, sin sombra de culpabilidad y me explicaron que las habían echado porque habían llegado a clase sin ni siquiera un bolígrafo (hay veces que los profesores queremos que nos lo den todo hecho).
Por supuesto no traían tarea para hacer, pero como estamos procurando entre todos que el Aula de Estudio sea un sitio más o menos serio y que cambie el concepto de Aula de Estudio entre los alumnos (por lo visto, el año pasado los alumnos la llamaban la Discoteca y el pase era el “papelito” que necesitas para que el profesor de guardia te deje pasar) les he mandado que me escribieran algo. Después de ponerme el árbol familiar, sus posibles suegros y el nombre de cada uno de los hijos que piensan tener, una de ellas me ha escrito una típica historia de ésas que puedes cambiar los nombres y aplicar a cualquiera, pero que yo no conocía.
Me parece que tras su evidente sencillez, la historia esconde mucho de leyenda gitana y, posiblemente, sin que ellos lo sepan, de pena negra. Aquí la reproduzco, modificando lo imprescindible la ortografía y la expresión para que se entienda:

“Una pareja sale a pasear. A Manuel le da caché hablar:
-Sonia, si no me quieres dímelo.
-He visto uno mejor que tú.
Manuel se va a casa:
-Mamá, si viene Sonia no le dejes pasar y si pasa no le dejes ver mi cara.
A los tres días Manuel cae enfermo y a los siete muere.
Todos sus amigos van de negro, menos David, que va de rojo. En el cementerio se escuchan tres tiros. Es la Sonia diciendo:
-Manuel, me voy contigo.”

Errare humanum est

Errare humanum est, sobre todo en los exámenes. Todos los que se dedican a la enseñanza saben que quizá lo más desagradable de esta profesión sea corregir exámenes. Es desagradable y frustrante, porque uno se da cuenta de que muchos no se han enterado de nada, por muy calladitos que estuvieran durante la explicación.
Sin embargo, la corrección también tiene sus buenos momentos, momentos en los que es mejor echarse a reír que ponerse a llorar, que por otra parte sería lo propio, al descubrir disparates capaces de taladrarte las pupilas y las neuronas. Y uno comprueba cuánta razón tenía el amigo Cicerón con aquello de “Errare humanum est”. Aquí van unos ejemplos de los últimos exámenes que he estado corrigiendo (entre paréntesis y en cursiva el comentario del corrector):

-En el siglo XIII los romanos conquistaron España y el vasco es de los romanos (1400 años arriba o abajo no van a ninguna parte, con lo rápido que pasa el tiempo, lo más doloroso es que los pobres vascos creían que su lengua era reflejo de su origen milenario y resulta que el vasco no deja de ser un latín mal chapurreado).

-España es prurilingüe porque tiene varias lenguas: castellano, catalán, gallego, latín, vasco (la verdad es que la culpa es mía, por el “plurito” de insistir tanto en la importancia del latín… utinam in Hispania latine loqueremur!).

-Signos verbales: son los que al hablar haces señas con las manos, que se llaman paralingüísticos (más claro agua, ¿quién no va pronundiando palabras con sus manos, siempre y cuando “esos” manos sean “paralingüísticos”?).

-Romances son composiciones en versos. Romanceros son composiciones de muchos versos (y “romancereros” son composiciones de número casi infinito de versos).

-La adolescencia es una etapa de la vida muy mala: te salen granos y espinillas en la cara, cambias tu comportamiento, te cambia la voz, el cuerpo y te empiezan a gustar las chicas (lo que faltaba, la adolescencia no se conforma con destrozarte el cuerpo y el comportamiento, sino que, encima, te empiezan a gustar las chicas: verdaderamente terrible).

-Decidió: masculino. Comprar: femenino (lo malo no es que haya confundido unos pobres verbos con unos sustantivos y les haya plantado su género y todo, lo malo es que se ve que todavía perviven determinados clichés sexistas: “decidir” es masculino y “comprar”, femenino. Para más inri, la frase era “el campesino decidió comprar un regalo”).

-Sílaba: es una palabra que siempre lleva una vocal y la fuerza se pone en la sílaba tónica (sin lugar a dudas, la palabra “sílaba” lleva una vocal, incluso tres, y la fuerza de “sílaba” se pone en la sílaba tónica, a no ser que se trate de una sílaba de varias palabras tónicas).

-La realidad plurilingüe en España és que aparte del castellano se ablan otras lenguas como el Andalud, Gallego, Extremeño, etc (esto debe de estar escrito en “etc”, lengua hasta ahora despreciada por los filólogos que han confundido lenguas tan distintas como Andalud y castellano. “És” increíble).

Capítulo aparte merecen las faltas de ortografía. Hay algunos alumnos que son realmente unos cracks, capaces de cometer una falta ortográfica en el lugar más inesperado y en la palabra más sencilla. Sirvan éstas a modo de ejemplo: “diguiesemos, deecho, combersación, hoyentes, habeces, ballamos…”
Me temo que esta sección del blog continuará.

200 alumnos y un destino

El otro día fuimos al cine. Todo 1º y 2º de ESO, es decir, cerca de doscientos alumnos. Íbamos al cine porque habíamos solicitado una actividad programada y a actividad programada otorgada no le mires el título. El caso es que era una película danesa, Cuenta hasta 100, que se inscribía en el festival de cine para la infancia y la juventud que se debe de estar celebrando estos días.
Después de cargar los cuatro autobuses, primera odisea, y desembarcar delante de la puerta de los cines, en el Palacio de Hielo de Arturo Soria, estuvimos unos quince minutos esperando a entrar, desconozco por qué razón. El caso es que unos pocos profesores hacíamos con nuestra mera presencia un cordón de seguridad, a unos 15 metros de las puertas de entrada, mientras pasaban otros institutos y, sobre todo, chavales de infantil o de primaria.
De forma apenas imperceptible los 15 metros iniciales se transformaron en 3 ó 4 porque la masa “alumnal” se iba desplazando siguiendo las raras leyes de la física de yo te empujo, tú me empujas y ahora estamos aquí, ahora allí. Por fin entramos. “¡¡¡En fila de dos!!!”, gritaba la encargada. Claro, lo normal, coloca a doscientos alumnos en fila de dos para que vayan entrando despacito y sin empujar y si no lo hacen es que son unos maleducados y unos gamberros.
Desde la puerta de entrada hasta la sala de proyección había que subir dos plantas, con sus correspondientes escaleras y sus correspondientes niños de Infantil que bajaban y con los que nos cruzábamos (hay que reconocer que hicimos un ceda el paso ejemplar).
Por fin llegamos a la sala, inmensa, a la que entramos ¡¡¡en fila de dos!!!, más o menos, y fuimos ocupando las butacas a nuestro buen entender.
Tardó la película en empezar, no se sabe por qué razones, “disculpad el retraso”. Antes de la película un corto, español, sugerente… Y tras el corto, con bastante retraso sobre el horario previsto, la película.
Cuando uno empieza a ver una película se espera cualquier cosa, nada le sorprende, sabe que acabará entendiendo todo a medida que transcurra la trama, y uno se espera más cualquier cosa si se trata de una película danesa… pero no dejaba de escamar que empezasen a hablar en danés. Para nuestra tranquilidad, la película estaba subtitulada… en inglés y, como era probable que los alumnos (y los profesores) no entendiesen ni el danés ni el inglés, la voz de un chico iba haciendo la traducción simultánea…
Pero cuando después del primer cambio de escena, resultó que lo que parecía una broma o despiste pesado, era una cruda realidad cundió en nuestras filas cierto desánimo y descontento. “¿Es todo el rato así?”
Pues sí, era todo el rato así: la película estaba en danés, subtitulada en inglés y traducida simultáneamente al castellano. Traducida simultáneamente quiere decir que todos los personajes, el chico protagonista, su madre, la chica guapa del instituto, el macarra, el padre psicópata, eran doblados por una voz de chico, que bien podría ser el encargado de la sala traduciendo sobre la marcha. Y, como es lógico, empezó a volar algún que otro papel de un lado a otro, hubo quien intentó dormir, quien se puso el MP3, quien se dedicaba a hablar con el más cercano o el más lejano. Por demás, la película era bastante previsible, más bien lenta y con una historia dramática que es difícil tomar como tal cuando la estás vendo en tres idiomas.
Habíamos empezado con retraso y cuando dieron las dos un par de profesoras fueron a avisar a los autobuses… No podían esperar más porque tenían otro servicio. Así que, a unos veinte minutos del final, con la sala a oscuras, tuvimos que empezar a desalojar el cine (apostaría lo que sea a que al padre psicópata se lo lleva un coche de policía mientras la madre lo ve alejarse, abrazada al casero “antipático” que le había alquilado la casa y del que pensaba que jamás se enamoraría, y junto a ella está su hijo rodeando con el brazo a la chica guapa del instituto a quien logra conquistar y arrebatar de las garras del cruel novio anterior). La verdad es que pocos se quejaron porque nos fuésemos sin ver acabar la película.
A la salida, una de mis alumnas iba emocionada porque le había dado dos besos al protagonista y yo al principio pensé que habría enloquecido con tanto idioma y habría besado un cartel anunciador, pero resulta que el actor protagonista, un chaval de unos dieciséis años, había entrado en la sala, a mitad de la proyección y se había sentado en una de las primeras filas a ver su película y la reacción del público español ante ella. Lo sentí de veras, y me invadió una lástima terrible por la sensación con la que se debió de quedar el pobre chico, al que alguien le explicó que nos íbamos porque los autobuses nos esperaban, pero se lo explicó en español, sin subtítulos en alemán ni nada, y lo mismo se pensó que no nos estaba gustando.
En fin, quizá el mejor resumen de lo ocurrido sea el que me puso Almudena en un comentario a mi página (respeto la ortografía original, que tampoco es tan terrible si tenemos en cuenta que nunca escriben palabras enteras en sus mensajes personales): “A mi no es que me haya gustado mucho la peli porque me he aburrido un poco pero bueno me lo he pasado muy bien en el viaje y esperando en la fila hasta que hemos entrado.”

El dictado que lo haga su padre

Podría parecer, a quien lea de vez en cuando este blog, que la vida en el Instituto es un camino de rosas y que los alumnos son unos benditos… Y quizá sí tenga bastante de camino de rosas por aquello de las espinas. Mi espina es una de las clases de refuerzo de lengua en 1º de ESO. Son dos horas a la semana y se juntan en torno a 16 alumnos de tres grupos distintos, uno de los grupos que aporta más alumnos es el temido 1ºA de Compensatoria, que es una forma elegante de decir “haz lo que puedas que ellos van a hacer lo que quieran”.
Supongo que sobre el papel será fantástico imaginarse un grupo en el que se junta a alumnos con dificultades de aprendizaje para poder llevar un ritmo más adecuado a sus posibilidades y pensar que ese grupo irá subiendo su nivel hasta equipararse a los otros.
El caso es que la mitad llegan tarde (a veces uno piensa, ojalá que no lleguen), se van sentando, tira el chicle, levantando, guarda la coca-cola, gritando, palmeando, siéntate, por favor, cantando, sacad las hojas, gritando, imbécilsubnormal, tontodelculocarapedo, sacad los ejercicios, vuela un estuche, profe dile que me deje, siéntate por favor, tira el chicle, sacad los ejercicios, no los he traído, profe por dónde vamos, jo qué rollo, quetepires, siéntate bien, ¡cariñooooo, ya estoy en casa! (acaba de llegar Borja),… Y de vez en cuando das un par de gritos (20 segundos de silencio) y alguna que otra vez sacas un parte (hacen que no les importa, pero… sí les importa). Sin embargo, a veces, se produce el milagro.
Por ejemplo, Malika, una de las alumnas más agitadas que uno se pueda imaginar, lleva un par de días como la seda. Todo fue gracias a que le puse un parte recogiendo algunas de las lindezas que habían salido por su boca viperina. Hizo como que no le importaba, pero al final de la clase, cuando los demás ya se habían ido, me pidió por favor que no se lo pusiera, que ya se iba a portar bien, de verdad de verdad… Por supuesto, no la creí, pero rompí delante de sus ojos el parte en cuatro cachos y lo tiré a la basura. Me miró sonriente, me lo agradeció y hasta ahora ha mantenido una actitud ejemplar.
A veces se produce el milagro. Hoy ha habido pelea en el instituto y Melody, testigo presencial del hecho, ha llegado, tarde por supuesto, con unas ganas incontrolables de contarlo… Y al final hemos hecho clase de historias. Y María José ha contado una dura historia de su familia y, a ratos, han escuchado en silencio. También yo les he contado una historia y he disfrutado del momento: todos callados, bailando a mi son, sin perder detalle. Una vez más he disfrutado de la magia de la palabra y de las anécdotas. La verdad es que la historia lo merecía, pero eso es otra historia y habrá que contarla en otra ocasión.
Lo que creo que no va a ser posible, aparte de que tampoco serviría para mucho, es hacer un dictado. Así que, el dictado que lo haga su padre.

Página web del instituto

Parte de la culpa de que últimamente le haya dedicado poco tiempo a este blog la tiene el tiempo que le he dedicado (aunque por el resultado no lo parezca) a mi página web personal… Bueno, en realidad, no es propiamente mía. Está dentro de la web del instituto en el que doy clase, que no es una web cualquiera, es una wiki merengada, ay qué wiki tan salada, tolón, tolón.
Lo de la Wiki yo tampoco lo conocía hasta hace relativamente poco tiempo. Se trata de páginas colaborativas, organizadas de forma jerárquica, en las que es muy fácil editar, incluso para un analfabeto “hacheteemeleico” como yo.
La página va creciendo poco a poco y las posibilidades que tiene son muchas, entre otras cosas porque permite adjuntar archivos con gran facilidad. De momento soy uno de los administradores de la página de lengua, pero no he sido capaz de meterme a fondo con ella. También estoy pensando crear un espacio para el sufrido opositor en el que vaya subiendo el material que me ha ayudado durante la travesía.
En fin, que estáis invitados a pasearos por ella y, por supuesto, se agradecen sugerencias y críticas.

VIDA DE PI

Hace unos días me acabé un libro que me ha sorprendido, me ha emocionado y me ha hecho disfrutar de lo lindo: Vida de Pi, de Yann Martel. La verdad es que me lo habían recomendado varias veces, pero ni el título (¿será un libro matemático?) ni la portada, en la que aparece el dibujo de un bote salvavidas visto desde arriba, con un tigre repanchigado en la proa y un hombre acurrucado en la popa, me habían animado mucho. Me temía, además, que era un libro tierno y moralizante sobre la amistad de un niño con unos animales perdidos: en el principio de la contraportada pone algo así como “una solitaria barcaza de salvamento continúa flotando a la deriva con cinco tripulantes: Pi, una hiena, un orangután, una cebra herida y un enorme macho tigre”… En fin, que abrí el libro con mucho recelo, pero todos mis prejuicios empezaron a desaparecer desde la “Nota del autor” con que comienza el libro, en la que Martel cuenta que fue a la India en busca de una buena historia y cuando ya estaba convencido de que no la iba a encontrar y de que se tendría que volver a su país con las manos y la pluma vacías, en una taberna de mala muerte entabló conversación con un viejo y cuando llegó la hora de irse y tenía la mano levantada para pedir la cuenta, el viejo le dijo: “Tengo una historia que le hará creer en Dios”…
Y la verdad es que la historia es cuando menos sorprendente, porque el protagonista, hijo del dueño de un zoo, un chaval de dieciséis años, acaba efectivamente a la deriva en un amplio bote de salvamento después de que el buque en el que viajaba hacia Canadá con su familia y algunos animales que habían vendido a zoos de América se hundiese de forma fulminante. En el bote también acaban, por distintos motivos, varios animales, entre ellos un tigre de los de verdad.
Pi logra sobrevivir más de 9 meses en el océano Pacífico en compañía del tigre (leer para creer) que nunca deja de ser una serie amenaza.
Al final del libro, el autor incluye una conversación grabada de Pi con unos tipos del Ministerio de Transporte de Japón que querían saber más detalles sobre el naufragio, pues el barco hundido era japonés.
Pi les cuenta su historia que, por supuesto no terminan de creerse y los japoneses insisten hasta conseguir que les cuente otra historia que se ajuste más a sus expectativas. Cuando se empeñan los japoneses en que quieren saber qué ocurrió de verdad, Pi harto de la situación les espeta: “Quiero decir que el hecho de contar una historia, de emplear palabras, ¿no es en sí una invención? ¿El mero hecho de observar el mundo no es en sí una invención? A ver, el mundo no es sólo como lo vemos sino también como lo entendemos, ¿no? Y al entender una cosa, le añadimos algo, ¿no? ¿Eso no convierte a la vida en un cuento?”.
Y efectivamente, al acabar el libro he vuelto a convencerme de que la vida es cuento, un cuento muchas veces más sorprendente del que uno sería capaz de imaginar.