Paseo con la Necesidad

Estaba paseando con mi hermano, mi cuñada y mis dos sobrinas cuando hemos pasado junto a una señora mayor… Hemos dado unos cuantos pasos más, pero algo extraño nos ha hecho volver la cabeza y entonces hemos reparado en que la señora llevaba en los brazos un paquete de cajas de galletas a punto de caerse e intentaba levantar del suelo una bolsa con varios botes.
Nos hemos mirado con ojos interrogadores: ¿qué le pasa?, ¿habrá que ayudarla? Y el primer impulso es pasar de largo y pensar que si está ahí con el paquete de cajas de galletas y la bolsa es porque le gustará ese tipo de ejercicios. En ese momento, mi sobrina de tres años ha hecho, en voz alta y clara, la pregunta clave: “¿por qué la señora no puede levantar la bolsa?”.
Creo que ha sido esa pregunta la que me ha decidido a acercarme.
-¿Quiere que la ayude?
Me ha respondido con una mirada de “si te empeñas no te voy a decir que no” y con un punto de resignación. Me he despedido de hermano, cuñada y sobrinas porque yo estaba cerca de casa y la dirección que me ha dicho la señora no me pillaba muy a desmano, y he tomado la caja con las galletas y la bolsa con un par de botes de leche en polvo y algunos paquetes de macarrones, lentejas y azúcar.
Me ha resultado un misterio de la naturaleza intentar comprender cómo la señora, que bastante tenía con llevarse a sí misma, había conseguido llevar todo eso hasta allí y desde dónde.
Hemos empezado a andar, en silencio, porque la señora no era de muchas palabras o porque prefería no malgastar las fuerzas. Camina a trompicones, arrastrando los pies, con la mirada fija en el banco más próximo. Y al llegar al banco hemos descansado.
Las galletas, la leche en polvo, los macarrones y todo lo demás se lo ha dado Cáritas, de hecho la señora estaba cerca de la parroquia y eso resolvía mi duda acerca de su lugar de procedencia. Lo primero que he pensado es que más que Cáritas es una faena recibir todo eso y no tener con qué llevarlo. Claro, que supongo que la señora habrá dicho “no se preocupen si yo sola puedo”… Se ve que la señora habría ido arrastrándose hasta su casa, porque un tesoro como aquel, en sus circunstacias, no es para desperdiciarlo.
Nadie. No tiene a nadie. Otras veces, más o menos una vez cada veinte días, hace lo mismo, pero con el carro de la compra. Pero hoy no lo ha traído. Tras descansar en dos bancos. “No se preocupe, tómese su tiempo, yo no tengo ninguna prisa”. Me he dado cuenta, hay que ser bruto para no haberse dado cuenta antes, de que buscaba apoyo en el seto de la acera y le he ofrecido mi brazo. Entonces era yo el que miraba de forma anhelante hacia el próximo banco, las galletas cargadas al hombro, la bolsa en la mano derecha, con el antebrazo levantado, en tensión, para que la Necesidad se fuese apoyando.
La dirección que tomábamos no coincidía con la que me había dicho al principio, pero no ha respondido a mis preguntas al respecto y yo me he dejado llevar, con cierta sensación de Hansel, sin importarme mucho que fuese una bruja, porque a veces hasta las brujas necesitan que les lleven las cosas a casa. Íbamos callados y renqueantes, de banco en banco, cruzando apenas algunas palabras o alguna mirada. Olía a pobreza y soledad y yo he empezado a oler a pena.
Me gustaría hacerle muchas preguntas a la señora, saber algo más de su vida, pero no quiero causarle inquietud. Me imagino que si estás sola y desamparada no debe de ser muy agradable que alguien quiera asegurarse de que efectivamente no tienes a nadie a quien acudir.
Hemos cruzado pocas palabras más. “Tengo reúma en la pierna izquierda” ha sido su único comentario no motivado por alguna de mis preguntas. Al final, en lugar de la dirección que me había dicho, nos hemos metido en otros portales. Unos pisos de realojo. El número del portal, el 6, sí que coincidía, lo que me hace pensar que la señora no sabe muy bien, ni le importa, el nombre de la calle en que malvive.
El ascensor estaba mugriento y lleno de papeles por el suelo. Hemos llegado a su casa, 5ºA, ha abierto la puerta y ha salido, como viento de Pandora, un caliente hedor a cerrado y a soledad y a pobreza. Le he dejado los paquetes de galletas y la bolsa con los botes de leche en polvo, los macarrones, las lentejas y el azúcar en la cocina, junto a más cajas de galletas y paquetes de azúcar, todo en caótico desorden.
-¡Bueno, señora, pues aquí tiene su pedido! -le he dicho con una sonrisa, a modo de despedida.
Y me ha mirado, y me ha sonreído por primera vez y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, ha dicho “gracias” y mientras bajaba en el ascensor he sentido una punzada de soledad y de pobreza y de cierta repugnancia, porque ya de vuelta a mi casa he pensado que tenía una buena historia para contar en un blog que llevaba varios días abandonado y aquí estoy, ahogando en bits mis remordimientos por no hacer más. Y no, no era una bruja. Seguro. Era un hada con mala suerte.

2 comentarios en “Paseo con la Necesidad

  1. Eres un poeta… Y un valiente.
    Es frecuente quejarse de lo mal que está el mundo, de qué mala es la guerra; pero pocos somos capaces de echar una mano cuando vemos una situación como ésta.

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