Primer día con alumnos

Ojalá todos los días fuesen el primer día.
A las diez de la mañana se han ido juntando en el patio los alumnos de 1º de ESO, muchos acompañados de sus padres o, mejor dicho, de sus madres que iban allí a despedirlos como si no les fuesen a volver a ver. Quizá lo que despedían era la infancia de su hijo y se habrán vuelto a casa o al trabajo pensando en la adolescencia que se avecina, rebelde e incomprensible.
El director, desde la puerta de entrada del edificio, ante la mirada callada y algo dolorida de las madres, iba llamando a los nuevos alumnos que eran fagocitados por el instituto y marchaban, acompañados del tutor, rumbo a lo desconocido.
Ojalá todos los días fuesen el primer día. He subido con mi tutoría a clase (1º E) y allí, quietos y en silencio, se han ido sentando donde les iba indicando, sin protestar, como si hacer caso al profesor a la primera fuese lo más normal del mundo (yo he tratado de disimular para que no se me notase la emoción: ojalá todos los días fuesen el primer día).
Una vez sentados, les he explicado algunas normas básicas de funcionamiento, les he dado el horario de hoy, mañana y pasado (días raros, sin clases normales, con horas para pruebas de nivel, explicación de normas, consejos para convertirse en estudiantes modelos, etc.) y han salido al recreo.
Después del recreo han llegado puntuales (ojalá todos los días…) y hemos hecho la prueba de lengua. Todos callados, en sus sitios, atentos a las indicaciones.
De todas formas, no sé si consciente o inconscientemente te van probando: “Levanta la mano antes de hablar”, “¿puedo ir al servicio? Espérate que ya sólo quedan 15 minutos”, “en clase no se come chicle”, “por favor, siéntate bien”…
Después de la prueba de lengua han tenido otro recreo y a última hora estaba previsto hacer unas dinámicas de grupo para conocerse.
Les he contado mi vida, brevemente, y después me he encargado de una primera presentación de todo el grupo: ante su sorpresa, he ido diciendo el nombre y apellido de cada uno sin mirar en la lista… Sólo se me ha olvidado un apellido. Se han quedado casi boquiabiertos, pero les he confesado que tenía truco: me he estudiado la lista de clase y cuando uno estudia las cosas se las aprende (¿habrán pillado el mensaje?).
Ayer por la tarde, asistí a la reunión con padres nuevos. Fui el único tutor que estaba allí y, de hecho, cuando por la mañana le había dicho al director que lo mismo me pasaba por la reunión, me miró más sorprendido que agradecido y me dijo “sería estupendo, pero que sepas que corre de tu cuenta”. Luego añadió, quizá para que me entrase algún remordimiento de conciencia y no fuese: “en fin, si tienes tiempo y ganas”. Y la verdad es que de tiempo y ganas andaba escaso, pero creo que los padres son los primeros educadores y que si no se llega a los padres es muy difícil construir nada. El caso es que, después de la reunión, me dieron la lista de mi tutoría, con 20 nombres y aprovechando que tras la oposición todavía tengo las neuronas entrenadas, me aprendí todos los nombres. A lo largo de la mañana he ido juntando el nombre con la cara y a última hora ya les conocía.
De todas formas, tampoco he querido engañarles y les he advertido de que las apariencias con frecuencia engañan y que yo no soy tan majo como parezco. Sin embargo, aunque sé que me estoy engañando, creo que ellos sí que son majos. Ojalá todos los días fuesen el primer día.

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