Colorín colorado este cuento ha empezado

Érase una vez, en un lugar muy muy cercano, una dragona terrible que se llamaba oposición y que devoraba a príncipes y princesas sin el menor remordimiento. La presidenta de la comunidad había prometido plaza de funcionario a quien superase las pruebas que la temible dragona presentaba a todos los aspirantes. Hubo un tipo que pensó que ésta era su oportunidad, dejó su trabajo, tomó sus libros, su portátil y se encerró en la biblioteca… y el resto del cuento os lo ahorro porque ya está desperdigado por todo el blog. Esta vez el cuento acaba bien (me estoy metiendo un atracón de perdices y cervezas varias), aunque sé que soy un afortunado y que hay muchos otros para los que el final no es tan feliz.
Realmente admiro a todos los que siguen adelante después de uno o varios tropezones y no pierden la fe en sí mismos porque saben que la enseñanza es lo suyo: lo conseguirán más pronto que tarde.
Ayer salieron las notas y he estado dando botes hasta ahora: jamás soñé con que iba a sacar el número nueve de la oposición. A veces, la vida se convierte en cuento y te da estas sorpresas.
Pasado mañana tengo que elegir mi destino y, aunque parezca absurdo, casi estoy deseando que llegue septiembre y empezar. Lo mismo después, en septiembre, me entra la duda existencial de qué hace un tipo como yo en un sitio como ése.
El viaje ha sido largo y penoso, pero ha merecido la pena, no sólo por el puesto de funcionario, sino porque he tenido la suerte de encontrarme con gente realmente buena a lo largo del camino. De hecho, he salido de la oposición con algún que otro amigo nuevo cuando lo que me temía encontrar eran “trepas” rencorosos: de ésos no he visto a ninguno.
Cuando se me pase la euforia seguiré contando mi experiencia, por si a alguien le sirve (por lo menos debería servir para darse cuenta de que es posible sacarla sin necesidad de ser un genio, pues yo no lo soy, eso lo tengo muy claro).
Colorín colorado, este cuento ha empezado.

Oposiciones a la enseñanza secundaria: cómo presentarse y no morir en el intento (II)

¿De dónde sacar el temario?
El primer examen de las oposiciones consta de dos partes: una teórica y otra práctica. Se suelen realizar en días distintos, porque en un sólo día no hay neuronas que lo aguanten.
En Lengua Castellana y Literatura, la parte práctica consiste en tres comentarios de texto y la teórica en la exposición por escrito de un tema de los 72 del temario.
Cuando uno decide presentarse a las oposiciones de enseñanza secundaria piensa que lo más complicado es aprenderse el temario y, efectivamente, quizá sea lo más complicado. De hecho, es al temario a lo que he dedicado más horas, aunque después resulta que el temario supone tan sólo 4 puntos, de los 30 totales de la oposición. Claro, que si sacas menos de un punto en el temario ya no hay nada que hacer.
En las dos últimas convocatorias no se han incluido, afortunadamente, temas de impotable legislación educativa porque no había quien se aclarase con qué ley estaba o iba a estar vigente para el curso entrante.
El día del examen, de los 72 temas posibles se sacan dos bolas numeradas de una lotería de juguete y hay que elegir uno de los temas. En cada tribunal, por lo menos en Madrid, las bolas son distintas, porque los tribunales están en institutos muy dispares.
Lo habitual es que la gente se haga con temarios de alguna academia, aunque sólo sea para poder echar pestes. Por ejemplo, un amigo me dejó el temario de Magister (una de las academias más prestigiosas), pero era del año 94, porque fue ese año en el que se presentó. Pedí por correo electrónico un tema de muestra a la academia (todas las academias ofrecen algún tema de muestra) y cotejé el que me mandaron con lo que tenía: no sólo no estaba actualizada la bibliografía, sino que se mantenían intactas todas las erratas, que no eran pocas. Además, quien pasó a máquina esos temas en el pasado sería buen mecanógrafo, pero no sabía mucho de lengua ni entendía la letra de quien había elaborado los temas, lo que provoca con frecuencia errores pasmosos, sobre todo en nombres de autores (Maeztu, se había convertido en algo como Maento, por ejemplo).
Otro problema de los temarios de las academias es que piensan que cuanto más gordo el tema, mejor, y así abundan temas de cuarenta o cincuenta páginas, cuando en realidad el día del examen tienes tan sólo dos horas para escribir, lo que te da para unas diez u once caras de folio (depende de lo rápido y grande que escribas, claro está).
Una buena solución es utilizar los libros de texto de 1º y 2º de bachillerato de la editorial Akal, sobre todo para la parte de literatura. También es bueno, me parece, leer libros que sirvan para varios temas. Uno de los libros que más me ha ayudado a ponerme al día en la pragmática ha sido Pragmática para hispanistas, de José Portolés, publicado en 2005. Otro libro que me ha aportado mucho ha sido Semántica y pragmática del texto común: producción y comentario de textos, de Enrique del Teso y Rafael Núñez, de la editorial Cátedra (1996)…
A la hora de realizar el examen es interesante perder los diez primeros minutos en elaborar un esquema para que la exposición tenga cierto orden. Además, como después hay que leer el examen delante del tribunal, puede ser bueno empezar con un párrafo resumen de todo el tema, en el que se indique el orden que vamos a seguir y los aspectos que vamos a tratar. Después del tratamiento de los distintos aspectos del tema se puede hacer una referencia al papel de ese tema dentro del currículo de secundaria y a la bibliografía, sin olvidar las páginas de Internet. Y hablando de páginas, hay varias que ofrecen de forma gratuita temas más o menos resumidos y que también pueden ayudar para tener un esquema de lo que hay que decir. Habrá muchas, pero yo he utilizado tres principalmente: Iberletras, Proyecto Aula y Educajob.
Y hasta aquí por hoy que se me han acabado las pilas. El lunes saldrá la nota definitiva y empiezo a volver a obsesionarme con la oposición después de una semana bastante relajada y tranquilita.

Oposiciones a la enseñanza secundaria: cómo presentarse y no morir en el intento (I)

En un comentario a la anterior entrada, Juan Diego, que ha terminado periodismo, se pregunta si compensa emprender el largo camino a la enseñanza pública. Y aunque sea vender la piel antes de matar el oso (todavía no sé si tendré la plaza) y que probablemente haya gente mucho más experimentada en estas lides, aquí van algunos consejos para quien se plantee prepararse unas oposiciones a la enseñanza secundaria.
Efectivamente, las condiciones si consigues sacar plaza son muy buenas: jornada de mañana, puesto de funcionario (que de momento es para siempre), menos horas de clase que en un privado o un concertado, buen sueldo,… pero las condiciones no lo son todo. Esto de la enseñanza tiene bastante de vocación… y de masoquismo. No hay más que leer los artículos que de vez en cuando salen en periódicos y revistas sobre la violencia en las aulas, la falta de autoridad del profesor que está atado de pies y manos para imponer la disciplina, el pasotismo generalizado, las abundantes bajas por depresión…
Claro que las situaciones malas no tienden a cambiar por sí solas y algo habrá que hacer, además de lamentarse. Es decir, que si lo único que uno quiere son buenas condiciones económicas y de horario quizá hay soluciones más asequibles. Pero si uno está un poco mal de la azotea y sigue creyendo en el ser humano, debería por lo menos intentarlo.
Una de las claves es la paciencia. Tal y como son ahora las oposiciones, hay tres notas: examen teórico-práctico sobre la materia; defensa de una programación didáctica y exposición de una unidad didáctica; y la fase de concurso, es decir, los méritos. Cada nota es un tercio de la nota final, por eso me parece importante presentarse cuando uno haya conseguido buena nota en la fase de concurso (para lo que se requiere tiempo).
En los méritos cuenta la experiencia docente (es buena idea empezar a dar clase en un colegio privado o concertado: cuenta la mitad que si lo haces en uno público, pero vas adquiriendo experiencia y dominio de la materia). El máximo de años de experiencia es cinco. También se tiene en cuenta para los méritos el expediente académico: 1 punto o, si se tiene más de 7,5 de media en la carrera, punto y medio; el doctorado es otro punto y otras carreras o cursos en la escuela de idiomas también puntúan (hasta un máximo de cinco puntos). Por último, se valoran los cursos de formación que uno haya hecho: cursos aprobados por el ministerio o la comunidad que ofrezcan créditos (normalmente, cada diez horas es un crédito y cada crédito supone 0,1 para la nota final, hasta un máximo de dos puntos). Los cursos no reconocidos se pueden incluir en “otros méritos”, hasta un máximo de 0,5 puntos. La puntuación de la fase de concurso es de 10 puntos como máximo (aunque en teoría se puedan conseguir hasta 12) y creo que habría que tener un mínimo de 6 ó 7 para afrontar las oposiciones con algunas garantías: esto lo confirmaré el lunes…
En fin, mañana sigo, que estoy convirtiendo esta entrada en ladrillo infumable y me empiezan a entrar las náuseas de pensar otra vez en todo lo pasado. Ánimo, Juan Diego, pero primero cúrtete en la agencia y si puedes dar clase en algún colegio, hazlo, antes de lanzarte definitivamente a la aventura (una aventura apasionante, eso sí, como todas las que merezcan tal nombre).

SANSACABÓ

Alea iacta est, que diría aquél. Hoy he puesto punto, espero que final, a 10 meses de lo más intenso.
He de reconocer que ayer estaba bastante atacado y que no las tenía todas conmigo: me acosté a la una ajustando detalles de última hora y me he levantado a las 6.20 porque a las 8.00 tenía que estar en Fuenlabrada, a pesar de ser el quinto en el orden de actuación.
He cargado todos los bártulos: portátil, cañón, cuatro o cinco libros de texto, programación, folios en blanco… y pantalla, porque en el instituto sólo proporcionaban tiza, y me he ido con Braulio para allá (Braulio es el nombre de mi coche, un tipo de lo más majo, coreano él, pero no se le nota nada el acento).
De los cinco que nos encerrábamos hoy para la última fase de la oposición, ha habido uno que le ha dicho a la presidenta del tribunal que no se iba a presentar. La presidenta y otra de las vocales han intentado convencerle para que se presentase e hiciese lo que pudiese… Con un tribunal así, la verdad es que da gusto. Nuestro hombre se ha quedado un rato más pensándoselo, pero al final nos ha pedido que informáramos al tribunal de que se iba. Han sido inútiles nuestros ruegos y amenazas para que desistiese y da mucha pena ver cómo alguien se da por vencido justo cuando está a pocos pasos de la meta.
Cuando me ha tocado el turno, una vez más he tenido “suerte” y me ha tocado exponer la unidad didáctica 2, que es de la que más ejercicios y bibliografía tenía preparados… Para empezar, les he dicho que me sentía como quien va a vender miel al colmenero, con el agravante de que el colmenero ya está harto de tanta miel y que por eso les había traído también un poco de queso… Y les he contado el cuento de Alas, que ya puse en otra entrada. No tenía mucho qué ver con el tema, pero era una forma de romper el saque y el hielo y espero que haya funcionado… Así que he salido contento.
Después me he ido a comer a casa de un amigo que vive en Fuenlabrada y que se presentaba a las de griego (¡qué envidia!): él también se había encerrado hoy, pero no estaba muy contento, a pesar de que fue la mejor nota en el anterior examen. De todas formas, estoy seguro de que lo sacará.
Ahora toca esperar hasta el jueves o viernes de la semana que viene, pero uno siente cierto vacío y se pregunta qué va a hacer mañana, si no tiene que estudiar ni programar.

El largo camino a la enseñanza pública

Me he pasado toda la semana conteniendo la respiración y con la respiración se ve que contenía también la escritura. Nunca había tenido tan abandonado el blog y al final pasa lo de siempre: en cuanto uno se desengancha y pierde la rutina resulta mucho más difícl recuperar el hábito.
El caso es que el viernes día 7 salieron las notas de Madrid y no me puedo quejar: de los 125 de cada tribunal han pasado unos 25 y yo soy uno de ellos y además con bastante buena nota (8,9796, no sé de dónde habrán sacado tanto decimal), aunque hubo un campeón que sacó un 10, como en las películas.
Todo tiene muy buena pinta, pero ando un tanto agobiado acabando de preparar la “encerrona” que tendré el miércoles. Último escollo del largo camino a la enseñanza pública.
El examen consiste en la defensa de una Programación Didáctica (PD para los amigos) y la exposición de una Unidad Didáctica (UD, lógicamente) de entre las que aparecen en tu programación. También cabe la posibilidad de defender una Unidad Didáctica de entre los 72 temas de la oposición, pero no sé si habrá algún osado que decida probar suerte con ese método, en lugar de tener que defender una de sus 15 unidades (ése es el mínimo, yo, por chulo y por tonto, he preparado, o mejor dicho, estoy preparando 18).
Cada día hay cuatro personas que hacen el examen. Sacan tres bolas de entre las que eligen la unidad que van a exponer y tienen una hora para preparársela con todo el material que quieran, encerrados en un aula (de ahí, quizá, el nombre de encerrona). Cada día se examinan cuatro, menos el miércoles, que lo hacen cinco. Y es precisamente el miércoles cuando defiendo yo y soy el quinto: estoy citado a las ocho, pero haciendo cálculos me temo que actuaré más allá de las cuatro de la tarde.
Me pongo en la piel del tribunal y me parece que no debe de ser muy agradable: llevan un par de semanas escuchando diariamente a ocho personas que les leen sus exámenes, ahora empieza otra semana en la que les van contando programaciones y unidades… Es para acabar harto. Así que estoy pensando en cómo hacer una buena captatio benevolentiae, para que no se me duerman, y creo que empezaré contándoles un cuento: no tiene mucho que ver con la programación, pero es mucho más entretenido.

Defensa de la carta misiva y la correspondencia epistolar

Ése es el título de uno de los ensayos de Pedro Salinas que aparecen en El Defensor: lo leí hace años y he de reconocer que ya no me acuerdo muy bien de qué iba, pero sí recuerdo que defendía apasionadamente la carta manuscrita frente a la carta escrita a máquina, porque en la primera se refleja mejor la personalidad del autor y porque siempre tiene un carácter más personal.
No sé si tuvo que ver esa lectura o no, el caso es que hace dos años decidí fundar la Asociación en Defensa de la Carta Manuscrita (ADCM: adeceme) y para informar de su existencia mandé un correo electrónico a mis amigos, porque no pretende ser una asociación retrógrada y antiprogreso: el correo electrónico es un grandísimo invento.
Simplemente pretende recuperar el sabor irrepetible de una carta manuscrita, en un mundo en el que al buzón sólo te llegan cartas del banco, folletos de publicidad y revistas que nunca lees.
No se puede decir que la Asociación haya tenido un éxito rotundo. Más bien ha sido lo contrario, aunque ese verano recibí y escribí más cartas que de costumbre. Este año vuelvo dispuesto a relanzar la Asociación a la cual puede pertenecer cualquiera que se comprometa a escribir una carta manuscrita a algún amigo, amiga, novia, novio, familiar, conocido… La pertenencia a la Asociación, de momento, es puramente personal: si uno decide pertenecer a ella es bienvenido y sabe que pertenece, sin necesidad de decírselo a nadie. Es decir, no se trata de una Asociación para que la gente que no se conoce de nada se escriba cartas manuscritas, no. Se trata de una Asociación para que la gente recupere el gusto de escribir cartas a mano a sus seres queridos y para eso basta saber que no eres el único loco del mundo al que le gusta escribir y que le escriban.
Es innegable que se trata de algo obsoleto y anacrónico, pero no hay nada como imaginarse que, cualquier día de éstos, uno es destinatario de una carta que le han escrito a él sólo (o a él solo), basta con recordar la alegría que a uno le ha producido leer en otro tiempo alguna carta manuscrita para animarse a tomar un boli y un folio (o quizá una postal para empezar) y mandar unas letras. Al principio no serán epístolas, sino fragmentos un tanto banales y tópicos: “te mando estas líneas desde XXXXX, me lo estoy pasando estupendamente y el tiempo es buenísimo. Ya te contaré”. Es así de sencillo, no hace falta más. Aunque también se pueden escribir en una carta manuscrita cosas que a uno le gustaría decir, pero que sabe que nunca se atreverá a hacerlo…
A quienes os animéis a pertenecer a la Asociación os doy mi más calurosa bienvenida y enhorabuena. Quizá con el tiempo podríamos conseguir una subvención especial de correos y mejores tarifas. Es cuestión de empezar. Hoy puede ser el primer día…
Yo, de momento, lo voy a dejar hasta que acabé el túnel-parto de las oposiciones (mal empezamos): leí el viernes y no me puedo quejar. Salí mucho más contento de lo que entré, pero eso es otra historia y habrá que contarla en otra ocasión.