Puedo escribir la entrada más triste esta noche…

Escribir, por ejemplo: “La oposi está llegada,
y tiritan, nerviosos, los dedos, al pensarlo.”

Pero tampoco vamos a ponernos trágicos, así que, aunque pudiera escribir la entrada más triste esta noche no lo voy a hacer, que la vida ni acaba ni empieza mañana. Lo que necesito es una entrada bienhumorada para ir a la oposición con una sonrisa. Y para sonreír nada mejor que un cuento. Es una vez más el de Caperucita Roja, pero en la versión del lobo, porque ya está bien de que la historia la escriban siempre los vencedores que decía el amigo de William Wallace.
Desconozco quién es el autor (aparte del lobo, que es claro narrador homodiegético e intradiegético que diría Genette -mañana esto lo clavo como sea-) porque el cuento me lo pasó un amigo. El original estaba en catalán y aquí ofrezco mi traducción que espero no haya traicionado mucho al texto, a pesar de mi madrileñismo profundo.

EL LOBO FEROZ Y CAPERUCITA ROJA
El bosque era mi casa. Yo allí vivía feliz y contento, me preocupaba por las plantas, por mantenerlo todo limpio y ordenado, y velaba por el bienestar de los animales, que eran mis amigos y con los que me gustaba conversar de todas las cosas hermosas que tiene la naturaleza.
Un día soleado, cuando estaba recogiendo unos detalles “olvidados” por unos excursionistas, oí gritos y mucho jaleo. A la carrera me escondí, porque no tenía ni idea de qué podía producir todo aquel alboroto. Con precaución observé desde mi escondite y vi venir a una niña, vestida de una manera muy extraña, toda de rojo y con una capucha en la cabeza, que de forma alegre y despreocupada destrozaba las flores, chafaba la hierba y tiraba al suelo los papeles de los caramelos y de las chucherías que engullía casi sin masticar.
Después de un rato, salí y le pregunté quién era y adónde iba, ya que no la había visto nunca por el bosque y siempre es agradable hacer nuevas amistades. Me contestó que iba a llevar una cestita con miel a su abuela y que no tenía tiempo de pararse a hablar conmigo. Y todo eso me lo dijo sin dejar de tirar “papelitos” al suelo. Era una niña maja, pero un poco irresponsable en lo que se refiere a cómo se tienen que tratar el bosque y sus habitantes.
Por cierto, yo conocía a la abuela. Era una viejecita muy simpática que vivía en un claro del bosque y eso me hizo pensar que tendría que ir a visitarla para decirle el poco respeto que mostraba su nieta por nuestro querido bosque. Y como fui allí por el camino recto llegué el primero… ¡Vete a saber que no estaría haciendo aquella niña!
La abuela, al conocer cuál era el comportamiento de su nieta, no se lo pensó dos veces y decidió marchar, en ese mismo momento, a casa de su hija para explicarle todo lo que pasaba. Me pidió que esperase a la niña y le dijese que dejase la cestita con miel y que se volviese enseguida a su casa.
Pero como el día era frío y la abuela todavía no había encendido la chimenea, me puse su ropa y me metí en su cama. Pasado un buen rato, oí unos fuertes golpes en la puerta y suponiendo que era la niña, la invité a entrar. La niña, sin decir ni buenos días, nada más verme me dijo no sé qué, muy desagradable, en relación con mis orejas. Como ya he sido insultado en otras ocasiones, no le hice ni caso y le dije que eran así para poder escucharla mejor.
No os creáis, la niña me caía bien, pero volvió a hacer otra observación desagradable e insultante en relación con mis ojos tan salidos. Comprenderéis que ya me empezaba a sentir un poco incómodo y a encontrar a aquella niña bastante antipática, pero como no me quería enfadar, seguí con la broma y le dije que eran así para poder verla mejor.
Pero la niña no tenía bastante, le divertía meterse con los demás, y tocó precisamente mi punto flaco: los dientes. Siempre he tenido problemas con mis dientes, tan largos y afilados. He estado siempre acomplejado por este motivo y ese comentario me pareció muy ofensivo. Sé que tendría que haberme controlado, pero salté sobre ella para atemorizarla y le dije que eran para comerla mejor.
Seamos serios: ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero aquella niña estrafalaria y mal educada comenzó a correr y a gritar. Yo, sorprendido, corría detrás de ella para calmarla, pero como la ropa de la abuela me molestaba, me la arranqué y eso fue todavía peor, porque la niña se asustó y gritó todavía mucho más.
De repente, la puerta de la casa se abrió y apareció un cazador con una escopeta. Sin preguntar lo que pasaba, comenzó a disparar a diestro y siniestro, aunque, por suerte, tenía tan poca puntería que me pude escapar por la ventana sin recibir ninguna herida.
Me gustaría decir que éste fue el final de la historia, pero no es así. La abuela, para que no se supiese que su nieta era una niña malcriada e insensible, no quiso decir nunca la verdad de lo que había pasado, cosa que provocó que rápidamente se extendiese el rumor de que yo era un animal feroz, devorador de niños, que estaba mal de la cabeza y en quien no se podía confiar. Todo el mundo comenzó a huir de mí, a evitarme, a ponerme malas caras.
Yo no sé que le pasaría a aquella niña estrafalaria y antipática, pero yo ahora estoy siempre solo y no soy nada feliz. ¡Nada feliz!

Un comentario en “Puedo escribir la entrada más triste esta noche…

  1. Me ha encantado el cuento; es como la vida misma: todo son versiones… y siempre hay que escuchar la de la otra parte. Hay gente que es capaz de hacer ver blanco lo que es negro… aunque también es verdad que a veces las cosas no son de un solo color (“… nada es verdad ni es mentira… todo es según en color… ¿no?)

    Suerte con tu segunda parte.

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