El monte de las ánimas

Creo que ya están aquí. Llegan sibilinos, como quien no quiere la cosa, seguros y pacientes, como lobos hambrientos: sabedores de que al final agotarán a la presa. Los nervios.
Y no sé si son nervios, pero el caso es que empiezo a pasarme todo el día pensando en el examen del viernes y en que mañana salen los tribunales. Y no soy capaz de concentrarme, ni sé por dónde hincar el diente a tanto temario (total para cuatro puntos de treinta) y organizo lo que tengo, me doy una vuelta, salto de aquí allá. Y de vez en cuando, el nudo en el estómago. Y la duda. Ser o no ser. Por qué no me habré presentado a latín o a griego que es lo mío (huele, ya de lejos, a excusa, por si las cosas se tuercen).
Ah, mísero de mí, ah infelice (con e paragógica), apurar cielos pretendo…
En fin, que iré por estos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré las fieras y pasaré los fuertes y fronteras.

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