Y la barba, ¿qué?

El otro día unos amigos, a los que no veía desde hace tres años, mientras volvían de Tarragona a Alcalá de Henares se pasaron por Torreciudad para saludarme. Y de las primeras cosas que me dijo J. fue: “Y la barba, ¿qué?”. No ha sido el primero y seguro que no será el último.

Y quizá alguien esperaría un tema un poco más profundo a pocos días de la ordenación, pero como M. me confesó que “tenemos en la familia una pregunta de suma importancia: ¿Volverá la barba”; como D. afirmaba que le llamaba más la atención la falta de barba que la sotana; y como le prometí a A. que escribiría sobre ello (“yo no creo que debas quitarte tu mayor seña de identidad”, afirmaba muy categórico), aquí va esta entrada para tratar de dar una explicación, aun a riesgo de aumentar el desconcierto.

Yo soy el primero que cada vez que me veo en un espejo, me digo: “Y la barba, ¿qué?”. Y todavía me cuesta reconocerme al ver mi reflejo en los escaparates: “¿Quién será ese tipo tan extraño que me sigue?”. De hecho, creo que me sigo soñando con barba, porque esa era una de las conclusiones más firmes a las que llegué en mi vida hace unos dieciséis años: yo soy con barba.

Y eran dos los motivos fundamentales para el mantenimiento de la susodicha: la comodidad y la estética. La comodidad porque es fantástico ahorrarse cuatro minutos de afeitado cada mañana, que a primera vista no parecen muchos, pero que suponen casi media hora a la semana y, por tanto, dos horas al mes… Es decir, 24 horas al año, un día entero, que uno puede disfrutar haciendo otras cosas (dormir, por ejemplo). Y por estética, porque en mi familia siempre me han dicho que todo lo que me tapa me favorece… Además, ¡Jesucristo llevaba barba!

¿Y entonces?

Pues entonces se fueron juntando varios factores: la comodidad y la estética no han de ser dos de los principales motores de actuación de un sacerdote; a eso se le sumó que hace un año empezó a aparecer una calva en la barba o alopecia areata, si nos ponemos técnicos (algunos aseguran que del estrés, yo creo que debe de ser por alguna otra razón, pero doctores tiene la Iglesia…); y a todo esto se juntó la razón que me dio un sacerdote mayor y que fue la definitiva: al sumir el sanguis (el vino consagrado en la misa) es fácil que se queden algunas gotas en el bigote… Y el bigote no es precisamente el sitio más limpio del mundo.

Así que un buen día me armé de valor y cuchilla y tomé una de las decisiones más drásticas de mi vida. Pero es que, si nos ponemos, nos ponemos.

Dentro de dos semanas, cura

Si Dios quiere, dentro de quince días, el domingo 4 de septiembre, seré ordenado sacerdote en Torreciudad (por cierto, si vas a venir y todavía no me lo has confirmado, te agradecería que lo hicieses cuanto antes). Y hay tantos que me preguntan si estoy nervioso, que empiezo a ponerme nervioso porque quizá esté demasiado tranquilo. La verdad es que, de momento, más que nervios, tengo una ilusión tremenda por dar el esprint final para llegar a la línea de salida y empezar a cumplir aquello de “hazte cura y que sea lo que Dios quiera”.

El otro día, aprovechando que D. y J., antiguos compañeros de facultad, estaban de vacaciones cerca de Pamplona, organizamos una pequeña reunión de filólogos –uno de hispánicas, otro de semíticas y otro de clásicas– en la que no faltaron divertidos recuerdos de hace veinte años y sesudas discusiones sobre la necesidad o no de los emoticonos (o recursos gráficos para transmitir alguna emoción asociada al mensaje) en los mensajes de teléfono, o sobre la ausencia generalizada de signos de puntuación de apertura para interrogaciones y exclamaciones… Sí, reunión de filólogos, palabra muerta.

Después de la comida, D. se tuvo que marchar y nos quedamos J. y yo dando una vuelta por la ciudad, hablando de lo divino y de lo humano. En un momento dado, pasamos por casualidad por delante de la Iglesia de San Miguel, en la que nunca antes habíamos estado, y decidimos visitarla. En la iglesia había apenas diez personas, todas mayores, y alguien dirigía a través del micrófono unas oraciones. Apenas habíamos entrado, se oyó por los altavoces: “Oremos por los sacerdotes”. Y reconozco que me quedé un tanto de piedra, por la coincidencia (“providencial”, claro). Y más impactado todavía me dejó la oración que se recitó acto seguido. A mí me gustaría ser un sacerdote así.

Después, ya en casa, traté de buscar la oración por Internet, pero no daba con ella, hasta que se me ocurrió mirar en la página web de la parroquia de San Miguel y, efectivamente, allí la encontré. La copio aquí para tenerla a mano y para que, si te animas, la reces por todos los sacerdotes… Y por mí:

“Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que quisiste perpetuarte entre nosotros
por medio de tus sacerdotes,
haz que sus palabras sean solo las tuyas,
que sus gestos sean los tuyos,
que su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y hablen a los hombres de Dios.
Que no tengan miedo al servicio,
sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que sean hombres, testigos del Eterno en nuestro tiempo,
caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso
y haciendo el bien a todos.
Que sean fieles a sus compromisos,
celosos de su vocación y de su entrega,
claros espejos de la propia identidad
y que vivan con la alegría del don recibido.
Te lo pido por tu Madre Santa María:
Ella que estuvo presente en tu vida
estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes.
Amén

Punto de vista y otros microcuentos

Hace unos días se clausuró el Primer Festival Iberoamericano de Microficción, celebrado durante varias semanas de 2016. Y la clausura consistió en otorgar los Premios Líneas:

  • PREMIO IBEROAMERICANO EXTRAORDINARIO DE MICROFICCIÓN “LÍNEAS” / POR VIDA Y OBRA // FESTIMIFICC / EDICIONES COMOARTES.
  • PREMIO IBEROAMERICANO “LÍNEAS” A UN PRIMER LIBRO INÉDITO DE MICROFICCIÓN NARRATIVA // FESTIMIFICC / EDICIONES COMOARTES.

El primero ha sido otorgado a Armando José Sequera (Venezuela), a quien no tengo el gusto de conocer personalmente.

Y resulta que el otro de los premios ha sido para Eduardo Ares, al que no me queda más remedio que conocer personalmente.

El premio ha consistido en la edición digital del libro Punto de vista y otros microcuentos que recoge mis cincuenta mejores microcuentos y que se ha enviado a más de 23.000 direcciones de todo el mundo.

Punto de vista - portada

El premio por unos cuentos tan pequeños es un regalo inmenso que sé que debo, en gran parte, a la amistad que tengo con Francisco Garzón desde hace tantos años. Además de enseñarme a contar cuentos me ha enseñado tantas cosas esenciales sobre la vida. No sé cómo agradecerle el esfuerzo que ha puesto para sacar este proyecto adelante, después de haber sufrido una seria enfermedad de la que todavía se recupera y de la que espero que se restablezca pronto totalmente.

Los buenos regalos hay que compartirlos. Así que, por si no tenías lecturas para este verano, te puedes descargar el libro desde aquí. Muchos de los cuentos han aparecido ya en mis tuits, pero otros nunca habían salido de mi ordenador. Lo que les suelo decir a los amigos a quienes se los doy a leer es que, si después de leer uno de los cuentos piensan que aquello es una tontería o una tomadura de pelo, es, sin duda, porque han hecho una lectura superficial y no han sido capaces de extraer el sentido profundo del cuento en cuestión. Mi madre, cuya objetividad en este terreno está fuera de toda duda, dice que son fantásticos.

Un día como hoy, hace diez años

Me ha entrado esta mañana la ligera sospecha de que quizá era hoy el día. Y han ido pasando las horas mientras me decía que tendría que comprobarlo; que si efectivamente hoy era el día habría que celebrarlo de alguna forma.

Y ahora que ha caído la tarde y empieza a caer la noche, al fin me he animado a teclear la dirección y he comprobado que sí, que efectivamente hoy es el día… Y también he comprobado que tampoco sé muy bien cómo celebrarlo, porque no sé si hay con quién. El caso es que un día como hoy, hace exactamente diez años empezaba este blog, en “La Coctelera”, una plataforma que acabó por cerrar (y me temo que mi escasa cooperación ha podido tener algo que ver con ello).

Releo aquella entrada y me da hasta un poco de vergüenza de lo mala que es: “Queda menos de un mes para la Oposición de Lengua Castellana y Literatura…”. Cuando la escribía estaba ante una tesitura que podría cambiarme la vida. Si aprobaba aquella oposición me convertiría en funcionario público para siempre… Y la aprobé, pero, como la vida es cuento, ese “para siempre” solo ha durado siete años y ahora estoy en otra tesitura que sin duda va a cambiarme la vida y que esta vez sí que espero que sea para siempre. Incluso no he perdido la esperanza de pasarme de vez en cuando por aquí a contarlo. Más que nada para que, cuando pasen otros diez años, pueda perder alguna tarde releyendo y recordando retazos de vida y de cuentos que se han ido quedando en este rincón de la red y llenarme de nostalgia, de recuerdos y de risas. Creo que esta última debe de ser una de las frases que escrito más veces en el blog. Tendría que releerlo, efectivamente. Por lo menos para tratar de no repetirme tanto.

Un día con un diácono

Hoy hace una semana y un día que me ordené de diácono. Y, sin duda, muchas cosas han cambiado en mi vida, pero tantas otras no. Tal y como me temía, el traje no tiene superpoderes y me sigue costando dedicarle a Nono de Panópolis –el tipo sobre el que estoy haciendo la tesis, del que creo que todavía no he hablado aquí– todo el tiempo que se merece.

El cambio lo deben notar sobre todo los demás. Aunque no siempre: el otro día, de camino a la Biblioteca, me encontré con un investigador con el que he hablado tres o cuatro veces después de que nos presentara un amigo común. Me di cuenta de que no había notado los cambios cuando confluyeron nuestros caminos y nuestras miradas y siguió adelante como si tal cosa. Tanto no había notado el cambio que ni siquiera había podido imaginar que fuese yo. Entonces le saludé y le expliqué… Y me reconoció que, si no le llego a decir nada, nunca me habría reconocido.

Tampoco pudo notar ningún cambio, porque nunca me había visto antes, la joven colombiana que me paró el domingo pasado cerca de la Plaza de San Pedro.

–Padre…

Me volví porque supuse que aquello había sonado demasiado cerca y que era yo el destinatario, pero debí poner tal cara de extrañeza o de susto que a continuación me preguntó:

-¿Habla español?

Yo creo que la cara de extrañeza –o de susto– era porque hasta ahora nadie me había llamado “padre”. Cuando le aseguré que sí hablaba español, me pidió, con sonrisa de luna de miel, si les podía dar a ella y a su esposo la bendición. Y yo, después de advertirles de que a pesar de las apariencias era un novato en esas lides, les di la bendición, con sonrisa de quien lleva un día con un diácono.

Tacirupeca Jarro

Las versiones del cuento de Caperucita Roja son innumerables. Desde la versión original que publiqué ayer, a la versión “políticamente correcta” de James Finn Garner que se puede leer aquí, pasando por muchas otras… El blog donde he encontrado la de Finn Garner incluye otra buena ración de Caperucitas, aunque le falta, claro, la versión original, la Caperucita en latín: Lupus Ferocissimus y Caperucita Rubra. Y le falta también, creo, Tacirupeca Jarro.

Esta vez sí que fui yo quien fue en busca de la auténtica historia de Caperucita, que era justo justo al revés: es decir, con las sílabas de cada palabra en orden inverso. Había oído hablar alguna vez de su existencia y navegué por Internet en su busca. Encontré algunas versiones que no me acabaron de convencer y terminé por construir la mía, tomando cosas prestadas de aquí y allá y añadiendo otras de propia cosecha. El cuento fue tomando forma en el primer trimestre de 2006, mientras preparaba las oposiciones y recuerdo, por ejemplo, que un día mientras volvía a casa desde la Biblioteca, dando la vuelta a cuanta palabra se me ocurría, descubrí que “conozco” es una palabra capicúa.

Aquí dejo también mi versión de Tacirupeca Jarro para quien la quiera contar y compartir:

Serae nau vez nau ñani, nau ñani ñaquepe que se bamalla Tacirupeca, Tacirupeca Jarro. Un adi le jodi su drema:

-Tacirupeca, ve a la saca de la talibuea y valle la taces, que la talibuea taes muy talima, muy talima… Masílima.

-Leva –jodi Tacirupeca y moto la taces y se fue por el quebos dotancan: “Tarilaralatra, tarilaralatra…”.

Docuan de tepenre novi un bolo. Un bolo que jodi:

-¿Dedon vas, Tacirupeca Jarro?

-¡ÑOCO, EL BOLO! Un bolo que blaha -jodi Tacirupeca-. Voy a la saca de mi talibuea que taes muy talima, muy talima… ¡Masílima! Y la volle la taces con soque y un copo de zoricho y monja y temato… Y naszaman y sasfre y wiski… y kywhis…

-Ah Tacirupeca -jodi el bolo-, yo conozco (co-noz-co, co-noz-co… ¡Yava, nau bralapa acupica!). Yo conozco un nomica más torco: ve por llia.

-Chasmu ciasgra, bolo. Tahas golue.

Y Tacirupeca se fue por el nomica más golar… La muy taton, tan tatencon, dotancan: “Tarilaralatra, tarilaralatra…”.

Trasmien totan, el bolo fue a la saca de la talibuea y se la mioco de un docabo. Puesde, se sopu el sonmica de la talibuea y se tiome en la maca.

Y el potiem, sopa y sopa.

Por fin golle Tacirupeca que jodi:

-¿Moco vas, Talibuea? ¿Te jode… Te jode la taces en la same?

-Sí, sí -jodi el bolo-, rope sapa, sapa. Tú sapa…

-Talibuea, talibuea, ¡qué joso más desgran nestie!

-Son rapa tever jorme.

-Rope, talibuea, talibuea, ¡qué jasreo más desgran nestie!

-Son rapa techarcues jorme.

-Rope, talibuea, talibuea, ¡qué tesdien más desgran nestie!

-Son rapa temerco jorme… ¡Que te moco! ¡QUE TE MOCO!

Y Tacirupeca togri, togri, toGRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII. De tepenre, novi un dorzaca, un dorzaca a la saca, un dorzaca a la saca de la talibuea. Vio al bolo y a Tacirupeca y jodi:

-Rope, rope, rope, ¿se depue bersa qué sapa? Que no me jaisde mirdor la tasies.

-Pufff, qué gochun, qué gochun –jodi el bolo-. Yo jorme me voy. Mato a tu talibuea, Tacirupeca, y a marto por locu.

Y el bolo se fue a marto por locu… Y rinloco doraloco el tocuen se ha ter-mi-na-do.

Lupus Ferocissimus y Caperucita Rubra

Como los cuentos son mucho más importantes que quien los cuenta y como me gustaría que algunos no se dejasen de contar, regalo aquí para quien la quiera la versión original de Caperucita Roja, sin subtítulos, con la que he disfrutado tantos buenos momentos.

Es un cuento al que tengo un cariño especial porque me encontró él a mí más que yo a él. De hecho, me encontró cuando yo ni siquiera había oído hablar del mundo de los cuentos orales y, por tanto, ni se me había pasado por la cabeza que algún día podía contar cuentos sobre un escenario.

Fue un fin de semana, probablemente el puente de mayo, del 93 o el 94. Iba a pasar con unos amigos unos días en Valencia y paramos a comer en Segóbriga, donde se encuentran las ruinas de una antigua ciudad romana bastante bien conservadas y que, en aquel entonces, eran de libre acceso. Entre las ruinas, de lo mejor conservado es el teatro, al que han puesto un escenario de madera y donde se celebra todos los años el Festival de Teatro Clásico.

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Sin poderlo evitar, subí al escenario a contemplar desde allí el graderío y entonces, no sé por qué, a E. se le ocurrió una feliz idea:

–¡Cuéntanos un cuento!

Y entonces empecé a contar el cuento de Caperucita, que es el cuento que primero se le ocurre a uno cuando oye la palabra cuento. Pero, como requería la situación, empecé a contarlo en latín. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que, en el fondo, los cuentos permanecen allí donde se han contado hasta que encuentran a alguien que quiera contarlo de nuevo. Y he llegado al convencimiento, de que allí, en Segóbriga, hace unos cuantos siglos, en aquel teatro se contó el cuento del Lupus Ferocissimus y Caperucita Rubra ([Kaperukita] en pronunciación clásica) en un latín que ya empezaba a ser otra cosa. Y por eso tal vez la versión que reproduzco a continuación pueda escandalizar, tanto por la gramática como por el contenido, a algún purista. Pero me he limitado a respetar fielmente la primera versión, sin cambiar una coma y sin traducirla, para que no ocurra lo que ocurre en tantas novelas policíacas, en las que el asesino es el traductor.

Lo que no ha habido forma de mantener es todo lo demás: ademanes, entonación, voz… Te toca a ti ponerlo.

No obstante, para que nadie se pierda doy un pequeño glosario de los vocablos clave: domus, significa “casa”, lignator es “leñador”, Lupus Ferocissimus: Lobo Feroz y Caperucita Rubra… CAPERUCITA ROJA:

In illo tempore, vivebat puella una cum matre eius in domo apud silva. Puella ista habebat caperuzam rubram et apellata erat “Caperucita Rubra”. Uno die, dixit mater eius:

–Caperucita, Caperucita…

–Quid vis a me, matercula mea amantissima? –respondit Caperucita.

–Ego volo te portare –dixit mater– hanc cestitam cum chorizito et tarta frambuesae et whisky et cetera… ad abuelitam tuam, quae infirmissima est et vivit al otro lado del bosque.

–Bene est –dixit Caperucita contentissima–. Ego portabo hanc cestitam cum chorizito et tarta frambuesae et whisky et bomboncitibus et…

–SATIS, Caperucita –dixit mater aliquantulum torrata cum perorata puellae–. Cave lupum ferocissimum qui in silva deambulat et vult devorare puellas indefensas.

–Noli curare, matercula mea –respondit Caperucita–. Ego non timeo lupum ferocissimum –et tollens cestitam et caperuzam rubram vadit ad domum abuelitae suae canans et psallans: “Caperucita rubra sum, domum abuelitae eo! Caperucita rubra sum, domum abuelitae eo!”.

In eodem tempore, in silva, Lupus Ferocissimus apropinquabat canans: “Lupus Ferocissimus sum, morderem oculum tuum!”. Et repente:

–Quid audio? –dixit–. Caperucita sabrosissimam. Meriendam habemus… Lupe, carpe diem!!

Et cum magno salto se plantavit ante Caperucitam Rubram quae dedit gritum non minimum.

–Ave, Caperucita –salutavit Lupus Ferocissimus.

–Ave, Lupe Ferocissime, quam sustum mihi dedisti!

–Sentio multum. Caperucita, Caperucita, it is the questionem… Quoooo vadis?

–Ah, bene est –respondit Caperucita–. Maximum gaudium est mihi te respondere: ego vado ad domum abuelitae meae, quae infirmissima est et vivit in altera parte silvae et porto ei hanc cestitam tam repletam cum chorizito, et vino, et morcillitis burgalensibus et…

–SATIS, Caperucita –dixit Lupus, aliquantulum torratus cum perorata–. Puta Caperucita!

(En este punto, ante posibles mal interpretaciones, nos vemos obligados a hacer una breve aclaración. En latín existe el verbo puto, putas, putare, putavi, putatum, que significa “pensar” y que aquí el lobo emplea en su forma imperativa. Es decir, “piensa, Caperucita”. Una vez aclarado este extremo sigamos tranquilamente con la interesante conversación entre Caperucita y el Lobo).

–¡Puta Caperucita! ¡Puta et reputa! –dixit Lupus Ferocissimus cum secunda intentione–. Ego cognosco viam breviorem… Id est, atajum.

–Atajum? – preguntavit Caperucita–. Qualis est iste atajus?

–Bene est –continuavit Lupus–. Da millia pasuum recte, deinde quinque millia dextera, deinde centum sinistera, quattuor millia recte, et ibi erit domus abuelitae tuae.

–O, Lupe Ferocissime, thankium –et Caperucita vadit per “atajum” contentissima, canans et psallans: “Caperucita Rubra sum, domus abuelita eo!”.

Interea, Lupus Ferocissimus ridebat et ridebat cum magnis carcajadis et dicebat:

–Oh, oh, oh, infinitus est numerus stultorum… Via quam Caperucitae monstravit longioooorem est. Ego cognosco veram viam breviorem.

Hoc dicto, salivit corriendo sicut anima quae llevatur a diabolo et primus llegavit ante portam domi abuelitae. Et pulsavit: tocum, tocum.

–Quiiiiiiiiiiiis eeeeeeeeeeest? –dixit abuelita infirmissima atque oxidadissima cum voce acuta sicut cuchillum arrastratum in plato porcelanae.

–Caperucita sum –respondit Lupus Ferocissimus, vocem femeninam simulans.

–Intra, intra. Pooorta apeeeerta eeeeest –invitavit abuelita et haec fuerunt ultima verba sua, quia lupus ferocissimus intravit et abuelitam devoravit…

–Aliquantulum siccam –dixit Lupus in dentibus hurgandis.

Cum haec occurrebant, Caperucitam ibat canans et psallans: “Caperucita Rubra sum…” et cetera. Et se entretenebat cum floris itineris:

–Unam florem –dicebat cum voce suavissima–, alteram florem… COÑUM, UNUM CARDUM!!!!

Post unas quantas horas, llegavit Caperucita agotata et cum magno dolore in digito suo ante portam abuelitae et recuperavit sonrisam. “Tocum, tocum”, portam pulsavit. Repente, Lupus Ferocissimus, apuradissimus pensavit (aut melius dictum, putavit): “Quid facio? Caperucita Rubra hic est… Scio, in lecto me meto sicut si abuelita fuissem”. Et in lecto se metivit cum camisone abuelitae atque dixit:

–Quiiiis eeeest?

–Abuelita, ego sum, Caperucita Rubra, nieta tua quam tantum amas, et porto cestitam unam cum chorizito et vino et tarta frambuesae et aqua minerali et…

–SATIS, Caperucita –cortavit Lupus.

–Sed, abuelita, abuelita… Quam oculos magnos habes! –dixit puella cum vidit suam abuelitam.

–Bene est, filia mea, sunt… ad te videndum melius.

–Sed, abuelita, abuelita, quam auriculas magnas habes!!!!

–Sunt… ad te audiendum melius…

–Sed, abuelita, abuelita, –continuavit Caperucita escamata tantum– Quas fauces maximas habes!!!!!

–Sunt ad te devorandum melius, Caperucita, quia abuelita non sum, sed Lupus Ferocissimus –et saltavit ad devorandum pauperem puellam.

–Aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhggggggggggggggggggg –exclamavit Caperucita.

–AAAAAAAHHHHHHHRRRRRRRRRGGGGGGGGGGG– exclamavit Lupus relamiendo bigotes suos…

Sed, in eodem tempore, unus quidam deambulabat per silva et silbabat cancioncillam: “laralaram, laralam, laralaram, lararam, lam, lam”… Homo audax, homo fortis, homo habilis, homo… sapiens sapiens: lignator.

Lignator, audito chillido stentoreo Caperucitae, intravit cum falce (aut hacha) sua in domum abuelitae et vidit Caperucitam gritantem:

–Aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhggggggggggggggggggg.

Et simul Lupum Ferocissimum:

–AAAAAAAHHHHHHHRRRRRRRRRGGGGGGGGGGG.

Et dixit lignator:

–AJÁ

Lupus Ferocissimus posuit caram non rompere platum in tota vita sua et incepit dicere:

–Ave, lignator, ego hic sum, sed nihil mali facio. Stabat cum amicissima mea, Caperucita, potando cervisiam frigidam.

–Excusatio non petita, acusatio manifesta –dixit lignator cum dignitate et sapientia.

–Noli credere, lignator –exclamavit Caperucita–, Lupus Ferocissimus animal terribilissimus est et me volebat devorare et antea devoravit abuelitam meam quae infirmissima erat et ego portabam ei hanc cestitam cum chorizito, et aliquibus licoris et…

–SATIS!!! –dixit lignator, torratus cum perorata.

–Non satis –continuavit Caperucita emperrata–. Lupus Ferocissimus animal ferox et insanis et ego portabam hanc cestitam cum…

–SATIS!!!!!!!!!!!!!!!! –dixerunt lignator et Lupus.

–Non satis –prosequebat Caperucita dale que dale–, quia puella indefensa sum et Lupus Ferocissimus me timavit in silva et devoravit abuelitam meam…

–SSSSSAAAAAAAAAATTTTTTTTTTTTTIIIIIIIIIIIIISSSSSSSSSSSSSSS –dixit lignator–. Quousque tandem abutere, Caperucita, patientia nostra?

–Non satis quia…

Tunc, lignator, non posuit resistere et cum falce sua afiladissima…. CATACLUM… et Caperucita… Caperucita finita est. Et in finem, ambo duo, lignator et Lupus Ferocissimus, Caperucitam devoraverunt!!!

Et colorinem coloratum, hoc contum acabatum.

 

 

¿Colorín colorado?

Me encanta contar cuentos, porque los cuentos son vida y la vida es cuento. A finales de diciembre, el día 29 en concreto, organicé una función de cuentos para amigos y conocidos. Ha sido una de las contadas más maravillosas de mi vida.

En realidad, fue mi madre quien me insistió en que podía aprovechar mis días en Madrid para hacer un espectáculo. Yo tenía ciertos reparos, porque las fiestas navideñas suelen estar ya llenas de demasiados eventos, porque no era fácil conseguir un sitio, porque apenas había tiempo para anunciarlo… Sin embargo, al final me animé a intentarlo porque me moría de ganas por contar una vez más.

Conseguí que me dejaran el Salón de Actos de Tajamar, el colegio donde estudié y donde tanto aprendí, no solo en el aspecto académico. Lo de “conseguí que me dejaran” suena a arduas negociaciones, pero no es verdad: bastó un correo electrónico para que me dieran todas las facilidades y me abrieran todas las puertas.

Así que, una vez decidido el día y la hora, empecé a informar por Whatsapp a amigos y familiares:

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Y por Twitter al resto del planeta:

El problema era que el Salón de Actos de Tajamar es bastante grande. La zona en la que planeaba hacer la función, “el Cine”, cuenta con 180 butacas dispuestas en gradas, lo que se me antojaba un espacio demasiado inabarcable. Otro problema era la iluminación, que no está pensada para un eventos así, pero media hora antes de que comenzase la función apareció P., que el día anterior me había asegurado que iba a tener muy difícil venir (es decir, la forma elegante de decirte “me encantaría, pero no me es posible”) con un par de potentes focos portátiles.

Creo que todo el que se sube a un escenario lo hace dispuesto a hacerlo lo mejor posible independientemente del público que asista a la función. Pero siempre, en los minutos previos a que comience el espectáculo, trata de escuchar el rumor de la sala y busca algún resquicio para echar un ojo y averiguar hasta dónde se va llenando mientras intenta reconocer a algún amigo entre los que entran. Yo me metí en la cabina de proyección y a través de una pequeña ventana fui viendo a la gente que llegaba y comprendí que tendría que ahorrarme la conversación que había preparado para animar a la gente a que se sentase en las primeras filas y se olvidase del vacío circundante.

El aplauso que estalló cuando salí a escena fue otra conmoción. Y aproveché que era largo para ir mirando y descubriendo a las cerca de 150 personas que estaban allí y para ir desatando el nudo del estómago, el de la garganta y el del corazón. Y para disponerme a contar como si esa fuese a ser la última vez.

Empecé por fin a contar cuentos y por allí vinieron a acompañarme el Amor y la Locura, Tacirupeca Jarro, el hombre que daba vueltas para no marearse, aquel otro que llamaba a Teresa (que volvió a no aparecer), el lapón de la escalera de la cúpula, Blancaniev.es… Y por supuesto, Caperucita Rubra y el Lupus Ferocissimus. Pero cuando acabaron los cuentos empezó otro espectáculo no menos intenso, lleno de abrazos, saludos y sorpresas: mis padres, mis tíos, unos cuantos hermanos y sobrinos, algún primo, viejos amigos de infancia y adolescencia, antiguos alumnos de todos los sitios donde he dado clase, gente con la que he compartido campamentos, horas de estudio y aventuras en distintas asociaciones juveniles… Y otros a los que alguien les había animado a transformar una tarde del montón en una tarde de cuento.

A la salida, unos cuantos, escamados por lo de “para ir poniendo colorín colorado a tanto cuento”, me preguntaban si realmente pensaba dejar de contar cuentos cuando me ordenase y yo les tranquilizaba diciendo que, en el fondo, había sido un ardid publicitario. Pero me temo que no lo es, aunque todavía no lo tenga del todo claro.
Me encanta contar cuentos, ya lo he dicho. También me encanta dar clase. Y tantas otras cosas. Pero mi situación vital va a cambiar sustancialmente en un par de semanas. Y si nos ponemos, nos ponemos. No me veo, aunque lo de ir de negro lo tenga más fácil, contando cuentos encima de un escenario, porque me parece que un cura no pinta mucho en esas lides. Como tampoco tendría mucho sentido que me dedicase a dar clases de análisis sintáctico (nunca olvides que “analizar es fácil y divertido) o a enseñar la historia de la literatura española…

F., quien me enseñó a contar cuentos y a tratar de ser mejor persona, no se acaba de resignar con la idea de que yo deje de contar y me asegura que tendrá paciencia. Y me recuerda que Jesús también contaba historias, un argumento que me resulta, desde luego, bastante irrefutable. De hecho, no creo que pueda dejar de contar. Pero serán otras historias. Y en otros sitios.

Eneas eterno

Eneas ha vuelto a llamarme, quizá para recordarme lo que no he llegado a ser.

Hace unos días me llegó un mensaje en Facebook de A., a quien no conozco personalmente:

Hola, Edu: Tu Eneas es inmortal. ¿Puedes darme una dirección a la que enviar tu más reciente libro? Acaban de llegarme para repartir entre los autores.

Le di la dirección y, efectivamente, a los pocos días allí estaba, como si lo hubiese escrito ayer, la nueva edición de “Eneas en autobús”, del que ya he hablado en otras ocasiones: el cuento que escribí hace más de veinticinco años, con el que gané el concurso literario Miguel Hernández, del Colegio de Doctores y Licenciados, y que acabó publicado en la Colección Letra Grande de la Editorial Popular, donde todavía sigue disponible.

cuentos urbanícolas - portada

En aquella ocasión, compartía libro con escritores como Gómez de la Serna, Julio Cortázar, Camilo José Cela… Y en la pequeña biografía que aparecía al final del cuento (imagino que no habrá sido actualizada) apenas ponía mi nombre, se decía que había ganado con ese cuento el premio Miguel Hernández y, a falta de pasado, se metían a profetas, pero se guardaban las espaldas con una maldita condicional:

Le auguramos a Eduardo un buen viaje por el mundo mítico de las letras, si continúa con la calidad con que ha iniciado el trayecto.

Después el cuento apareció publicado en otro libro titulado Educación vial a través de la literatura, que también se puede comprar o, si se prefiere, descargar legalmente el PDF en la página de redined

educación vial a través de la literatura - portada

En esa ocasión, compartía de nuevo páginas con Julio Cortázar (seguro que habríamos llegado a ser grandes amigos) y con otros muchos: Julio Llamazares, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, John Irving, Arturo Pérez Reverte, Roald Dahl… Lo mejor del libro es que viene con guía para el profesor y ejercicios sobre los cuentos. Allí descubrí que “Eneas en autobús” dice mucho más de lo que yo me había imaginado y que se podía utilizar para trabajar sobre “la convivencia en los transportes públicos” o “las normas de comportamiento cívico-social”, además de “la mitología en la vida cotidiana”. Y se hace una magnífica sinopsis del cuento:

Un agobiante viaje en autobús se convierte en una forma de evasión para el protagonista, aficionado a la lectura de los autores clásicos. La mezcla de los pasajes de La Eneida, el libro que está leyendo, con la situación que vive, provoca un curioso paralelismo y un sorprendente giro que desestabiliza al lector.

Cuando recibí el mensaje de A. hace un par de semanas, supuse que se trataba de una nueva edición de La educación vial a través de la literatura, pero resulta que es un libro distinto, que lo único que comparte con el anterior es que lo edita la DGT. El libro se titula Tráfico de cuentos… Ahora mismo, al ir a buscar información sobre Tráfico de cuentos en Internet he descubierto que se había publicado en 2010… Y se me ha abierto una ventana en la memoria que no sé quién me había cerrado: me he ido corriendo a mi bandeja de correo electrónico (afortunadamente, no suelo borrar ningún correo) y he descubierto que sí que conozco a A. desde hace años, aunque solo sea de nombre. Me escribió un correo el 27 de marzo de 2009 en el que me invitaba a incluir a Eneas en una antología que estaba preparando:

Hola, Eduardo:
    Me dirijo a ti con miedo, si te propongo publicar OTRA VEZ el Eneas en bus.. ¿me mandarás a la m….?.
[…]
    Tú me dices si te interesa resucitar a Eneas o asesinarlo para siempre.
Y yo le respondí que estaba encantado de que Eneas volviese a darse una vuelta por el mundo, aunque eso acabase cavando mi tumba literaria. Y allí aparece de nuevo, esta vez junto a escritores como José María Merino, Medrardo Fraile, Daniel Moyano… Solo falta Cortázar.
Como en la web no he encontrado ni siquiera una foto de la portada, subo la que acabo de hacer con el libro ya entre mis manos. Además el cuento viene acompañado de una ilustración sensacional:
 tráfico de cuentos - portadatráfico de cuentos - interior
Pero, sin lugar a dudas, mi edición preferida de “Eneas en autobús” es la que hizo E. con alumnos de compensatoria del IES Anselmo Lorenzo para el Proyecto de Educación Vial Anselmo cruza el paso de cebra, con el que ganó un merecidísimo premio.
Como me decía A. en su último mensaje, “larga vida a Eneas”, aunque yo sienta, igual que al final del cuento, sus ojos clavados en mí mientras me dice llorando:
¿No me ha permitido la fortuna, ¡oh desdichado joven!, cuando ha llegado el triunfo, el que vieras mi reino y el devolverte triunfante al hogar paterno?

El trigésimo cuarto

Como no hay 33 sin 34, ya está aquí el trigésimo cuarto de mis sobrinos, el cuarto hijo de mi séptimo hermano. Santi, para los amigos. Santiago para cuando no recoja la habitación o deje la cama sin hacer.

Cuando le comento a algún amigo que tengo 34 sobrinos, primero me mira con incredulidad y después me pregunta si me sé el nombre de todos. Hasta ahora sí. Por suerte, hice durante bastante tiempo prácticas aprendiéndome las listas de los alumnos antes del primer día de clase.

Como seguro que he dicho ya en tantas otras ocasiones semejantes, a pesar de que el número empieza a ser respetable, uno no consigue acostumbrarse al milagro de la vida y a la alegría de que haya en el mundo alguien más a quien querer.

Ha nacido el 18 de enero, pero tendría que haber nacido el 20, para que hubiese ganado yo el famoso e imposible jamón que se lleva quien acierte día y peso (25 gramos arriba o abajo). Un jamón esta vez no tan imposible, porque sí ha habido ganador (si no recuerdo mal es la segunda vez que ocurre algo semejante en nuestra historia): mi cuñado J. ha sido el único que tenía puesto el día 18 y en el peso, que es lo más complicado, se ha quedado a tan solo once gramos de distancia.

Aunque lo realmente complicado, ahora que lo pienso, no es acertar el peso, sino educar a Santi para que sea no solo un tipo grande (4135 gr.), sino un gran tipo. Está en buenas manos. Y lo que es seguro es que se lo va a pasar en grande y que tendrá una increíble facilidad para aprenderse la lista de los reyes godos si consigue aprenderse el nombre de todos sus primos. Confío en que, además de ver las victorias de su padre a la Play en las noches de insomnio, escuche innumerables cuentos.

Con un poco de suerte, Santi y yo nos conoceremos en Roma dentro de poco más de un mes. Pero el bueno de Santiago nunca conseguirá hacerse a la idea de que hubo un tiempo en que yo no iba siempre de negro… Y tenía barba.

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